jueves, 28 de febrero de 2013

Científicos descubren molécula "apagafuegos" del asma

El asma no es otra cosa que una inflamación de los bronquios que impide el paso del aire con el consiguiente peligro para la persona que lo sufre. Es una enfermedad bastante común en la infancia y algo menos en la población adulta (la prevalencia se sitúa en torno al 10% y el 5% respectivamente). Debido, tanto a su gravedad como al alto índice de población que la padece, no debemos infravalorarla. Por tanto, además de procurar no contaminar el ambiente más de lo estrictamente necesario, limitar el consumo del tabaco por respeto a los que tienen problemas respiratorios etc. conviene prestar atención a estos adelantos sanitarios. Ellos contribuirán a aliviar a los actuales pacientes y a los nuevos, entre los que puedes estar tú mismo.

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Científicos descubren molécula "apaga fuego" del asma


Última actualización: Viernes, 1 de marzo de 2013
    Hombre con asma
Cuando ocurre un ataque de asma, las vías respiratorias se obstruyen, lo que limita el flujo del aire. Quien lo padece tiene una sensación de asfixia acompañada por una presión en el pecho y tos.
Científicos en Estados Unidos hicieron dos descubrimientos que podrían servir para "apagar" la inflamación en las vías respiratorias y desarrollar terapias sin esteroides contra el asma.
Según el estudio publicado en Science Translational Medicine, los investigadores identificaron una nueva función de las células inmunes, conocidas como células NK (por sus siglas en inglés natural killer, que en castellano sería "asesina natural") y por primera vez realizaron una descripción de las células innatas de linfocito tipo 2 en asma en humanos.
Estas células promueven la inflamación de las vías respiratorias con la segregación de moléculas.
"La nueva función (de las células NK) sería protectora. Ayuda a aliviar parte de la inflamación en el tejido", le explica a BBC Mundo el jefe del estudio Bruce Levy, del Departamento de Medicina Interna del Hospital Brigham and Women de Boston. "La segunda novedad es la regulación de estas células".
El especialista dijo que tanto las células NK como las tipo 2 son controladas por una molécula llamada lipoxin A4, que "mejora la habilidad de disminuir la inflamación del asma".

Baja producción

Trabajos anteriores demostraron que la gente con asma severa tiene problemas para generar lipoxin.
"Si el lipoxin A4 estuviera presente, en teoría podría regular estas células para ayudar a aliviar la inflamación en asma", explicó Levy.
Para obtener estos resultados, el equipo de especialistas estudió los pulmones y la sangre de 22 personas con asma suave y severa. Ellos observaron que el lipoxin A4 estimula las células NK para que disminuyan la inflamación.
Esta molécula también desestimula a las células tipo 2 en su función de promover la inflamación.

Bomberos

"Detener la inflamación de la vía respiratoria es muy similar a (combatir) un incendio forestal", dice Levy. "Los bomberos se enfrentan de dos maneras: empapando el fuego con agua y limpiando la zona de arbustos secos que podrían alimentar el fuego", explica.
"Lipoxin A4 hace exactamente eso para resolver la inflamación. Es un bombero de la inflamación de las vías respiratorias que hace el doble trabajo de mojar el sendero que enciende la inflamación, y al mismo tiempo elimina las células que producen la inflamación".
El especialista aclaró que actualmente no existen terapias contra el asma basadas en lipoxin.
"La terapia que se usa ahora para disminuir la inflamación en asma es en forma de esteroides. Y funciona distinto. De hecho, esta familia de células no responde realmente a esteroides".
"La mayoría de los pacientes con asma severa tienen inflamación crónica de las vías respiratorias que nunca son verdaderamente solucionadas. Esto puede producir síntomas que inhabilitan a la persona, a pesar de las terapias disponibles", señala el científico.
Actualmente unas 235 millones de personas sufren de asma en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Es la enfermedad crónica más común en niños.
Puedes leer esta noticia aquí.

martes, 26 de febrero de 2013

Flashback (1990)


Título original: Flashblack, Fecha de estreno: 1990, Nacionalidad: estadounidense, Género: Comedia de acción, Director: Franco Amurri, Reparto: Dennis Hopper, Kiefer Sutherland, Carol Kane, Paul Dooley, Cliff De Young, Richard Masur, Michael McKean, Kathleen York, TomO’Brien, Eric Lorentz, Jan Van Sickle, Jack Casperson, Dwayne Carrington, David Underwood, Bobby Price, Duración: 108 minutos.

El pasado determina lo que fuimos. No siempre para continuarlo, a veces lo que anhelamos es renegar de él, convertirnos en otros, borrar todas las huellas que nos lo puedan recordar o que desvelen quienes éramos entonces. No es un secreto que nuestros ideales cambian. O que un sacrificio excesivo, unido o no al hecho de ir a contracorriente demasiado tiempo los acaba volviendo aborrecibles. Pero este odio, a veces irracional, tampoco es muy saludable. Hay quienes siguen una trayectoria uniforme y quienes dan bandazos porque el extremismo, los fracasos, el éxito inesperado o la sensación de ser diferentes les agota. Por eso, y buscando una coherencia imposible de alcanzar, oscilan de un extremo a otro de la línea ideológica. Son los menos. La mayoría opta por adaptarse a las circunstancias. No es que permanezcan exactamente igual que antes, pero los cambios de estos individuos suelen ir acordes con el ritmo de los tiempos. Su vida es mucho más cómoda, no ponen nada en tela de juicio, hacen lo que todos, aunque eso suponga contradecir lo que fueron no hace mucho. Podrían compararse s marionetas pero ellos no lo sabrán nunca porque la mirada que se dirigen no llegará tan adentro.
Estas y otras reflexiones me ha provocado Flashback, la película que Franco Amurri dirigió en 1990 escogiendo como protagonistas a un magnífico dúo de actores: Dennis Hopper y Kiefer Sutherland. Su interpretación camaleónica resulta convincente en cada una de las fases que atraviesan con ser estas muy distintas, incluso opuestas entre sí. El espectador entiende los motivos de cada cambio de actitud y, a través de ellas y, sobre todo, de la enorme interpretación de los actores, comprende cada vuelta de tuerca, cada uno de los disparatados giros de esta comedia genial. Por supuesto, no estamos ante una de esas comedias americanas concebidas para provocar la carcajada sin mayores consecuencias para nuestra mente. Aquí, los continuos sobresaltos a que nos somete el guión –como puede deducirse del enrevesado párrafo anterior– hacen reflexionar y mucho.

En un primer momento, el personaje de Sutherland es un relamido agente del FBI a quien se recomienda la custodia de un disidente histórico, fugado de la  cárcel hace dos décadas, sin otros delitos que la alteración del orden y haber estimulado las corrientes contraculturales en tiempos de la guerra de Vietnam. La perspectiva de pasar juntos varias horas de tren no parece muy estimulante, pero ninguno conoce las habilidades del otro, ni siquiera se conocen demasiado a sí mismos, las sorpresas se suceden porque nadie es lo que parece. No lo es el delincuente pero tampoco el policía, ni el jefazo del FBI que está a cargo de la operación, ni siquiera el sheriff de la localidad que debe acoger al prófugo.

En esta inteligente y (sin embargo) divertida historia se cuenta que casi todo es relativo, que cada uno de nosotros guarda en su interior mucho más de lo que cree y que, si buscamos bien, quizá podamos proporcionarnos más de una sorpresa agradable.

domingo, 24 de febrero de 2013

La secuela del tabaco: Más vale prevenir

Es cierto que hay que adoptar una actitud positiva ante la vida, pero cuando se forma parte del grupo de riesgo (haber sido o ser gran fumador durante una década o más, acercarse o rebasar los 40 años, padecer toses matutinas, fatiga al subir escaleras etc.) practicar la técnica del avestruz puede traer muy malas consecuencias. No lo digo yo: escucha la opinión de los médicos.

CyL / enfermedad pulmonar

La secuela del tabaco

Día 22/02/2013
Más de 51.000 castellano y leoneses están afectados por esta patología, que es la cuarta causa de muerte en adultos de más de 40 años

En torno a 51.400 personas padecen Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) en Castilla y León, aunque esta cifra se corresponden con tan sólo un 35% de los casos diagnosticados. Se trata de una enfermedad altamente prevalente (10% de la población de más de 40 años) y con una incidencia importante en la calidad de vida de los pacientes. No obstante, los últimos datos sitúan a la EPOC como la cuarta causa de muerte en varones de más de 40 años.

La principal causa en el desarrollo de esta patología es el tabaquismo. «Aquellas personas que hayan fumado durante diez años una media de una cajetilla diaria, son susceptibles de desarrollar EPOC», explica el dotor Alfonso Romero, de la Sociedad Castellana y Leonesa de Medicina de Familia y Comunitaria (SocalemFYC).

El infradiagnóstico de esta enfermedad es una de las cuestiones que trae en jaque tanto a los responsable políticos de la región como a los diferentes profesionales sanitarios. «Nuestra Comunidad presenta datos similares a otras, pero somos conscientes de la necesidad de incrementar el diagnóstico precoz», asegura Siro Lleras, director técnico de Atención Primaria.

«Esta patología se caracteriza por presentar pocos síntomas en su estado inicial, lo que hace que el paciente tarde tiempo en acudir a la consulta del médico», añade Lleras.

Sin cura

La disnea, la fatiga y la limitación al ejercicio son los síntomas principales «de una enfermedad que no tiene cura pero que tratada correctamente puede permitir normalizar la vida del paciente», explica el doctor Romero.

«La mayor parte de las personas que llegan al hospital con un estado avanzado de la patología no han consultado de forma previa a su médico de familia», añade Siro Lleras.

La evolución del tratamiento de la EPOC ha pasado de determinar diferentes tipos de pacientes a homogeneizar la patología, «aunque en los últimos años los estudios nos avalan en la idea de que existen diferentes tipos de enfermos y con gravedades muy específicas», explica el neumólogo Marc Miravitlles, quien participó recientemente en las jornadas sobre EPOC «Suma aire, respira vida», organizadas por Novartis y la Sociedad Nacional de Neumología y Cirugía Torácida (Separ). Sin embargo, uno de los problemas para la detección precoz de esta patología es «la falta de equipos de enfermería bien formados en los centros de salud», explica Siro Lleras, mientras que el doctor salmantino Alfonso Romero añade «que es imprescindible potenciar la comunicación entre los diferentes niveles asitenciales», y asegura «eso, por el momento, es una realidad muy lejana en la práctica».

Siro apuesta por la formación y la experiencia, «de la mano de un responsable del equipo de Atención Primaria, aunque por el momento esto no es así». De hecho, según él mismo reconoce, «en ocasiones se realizan las pruebas y los resultados no son realmente exactos».

No obstante, explica que en los últimos años se han desarrollado diferentes talleras dirigidos a formar «principalmente a los profesionales de enfermería», y «a veces éstos rotan por el servicio de neumología de los hospitales de la región».

A pesar de las dificultades a las que se enfrentan los profesionales de Primaria, Siro Lleras reconoce que se está aplicando, en la medida de los posible, las recomendaciones de la estrategia nacional de EPOC.

«Estamos llevando a cabo una especie de cribado para disminuir el infradiagnóstico», explica Lleras. Así, a aquellos pacientes con más de 40 años y que presentan síntomas menores (tos durante más de dos meses) se les realiza una espirometría.

«En los últimos años podemos decir que hemos mejorado la detección precoz elevando el diagnóstico en cinco puntos», matiza este profesional.

6.000 ingresos al año

Una cifra importante si se tiene en cuanta que, según los datos aportados por Siro Lleras, el impacto de la EPOC dentro de la salud pública se traduce en más de 6.000 ingresos al año en los hospitales regionales, «con una media de estancia de 10 días», asegura, «lo que supone un consumo de recursos hospitalarios de casi el 5 por ciento».

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, las enfermedades respiratorias representan la tercera causa de muerte en España, afectando anualmente a más de un 20 por ciento de la población. En concreto, la EPOC afecta en España al 10,2 por ciento de la población adulta comprendida entre los 40 y los 80 años y causa 18.000 muertes al año. Además, se prevé que esta patología sea la tercera causa de muerte en el año 2030.

Una de las novedades con las que actualmente cuentan los profesionales para mejorar el diagnóstico temprano e individualizado de esta patología es la Guía GesEPOC, y su aplicación informática disponible para dispositivos como tablets y smartphone.

Según el doctor Marc Miravitlles, investigador del Servicio de Neumología del Hospital Vall d’Hebron, «esta guía posibilita la identificación en cuatro fenotipos diferentes a través de un cuestionario sin necesidad de pruebas clínicas, lo que facilita mucho la labor al médico». Además, cada fenotipo cuenta con otros cuatro diferentes niveles de gravedad lo que posibilita que los tratamientos sean más personalizados y dirigidos de forma más específica al problema.

Sintomatología

Los últimos estudios hablan de una sintomatología más importante durante las primeras horas del día, debido a un tono bronquial más alto y, por lo tanto, más dificultad para respirar; a la larga exposición en horizontal que acumula más secreciones pulmonares, así como al inicio de actividad derivado de las acciones cotidianas del inicio del día.

Tras ensayos en 1.996 pacientes con EPOC, recientemente se ha aprobado la aplicación de glicopirronio por su eficacia y seguridad, demostrando una mejora de la función pulmonar durante 24 horas y mayor tolerancia al ejercicio físico.

Puedes leer el artículo aquí 

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viernes, 22 de febrero de 2013

El exposoma: En salud, no todo es genética

En cuestiones de salud, se diría que los vaivenes de la moda consiguen que se ponga el acento en unos factores en detrimento de otros. En las últimas décadas, debido a los avances de la genética, parece que solo los rasgos heredados son determinantes en nuestra evolución. Sin embargo, el origen y desarrollo de muchas patologías,  en especial las respiratorias, están determinados por el ambiente. La limpieza del aire es fundamental: humos, productos químicos (disolventes, pinturas, ambientadores, desinfectantes) o pequeñas partículas como el polen y el polvo, penetran en los bronquios y los inflaman impidiendo el intercambio de O2 y CO2, también el calor, el frío excesivo, las corrientes de aire, la humedad, disgustos, sobresaltos. El aire que se respira en estos casos es tan importante para la salud, calidad de vida y hasta la supervivencia de los enfermos respiratorios como la comida para un diabético.
 Muy Interesante. es / Salud -  Preguntas y respuestas
7. Ago. 2012
¿Qué es el exposoma?

Lee el artículo aquí 

La idea del exposoma se le ocurrió en 2005 a Christopher P. Wild, epidemiólogo molecular y director de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de Estados Unidos, y hace referencia a la dieta, el estilo de vida, el uso (y abuso) de fármacos, la contaminación, el contacto con productos químicos, las infecciones que sufrimos, el estrés y todos los factores ambientales internos y externos a los que se expone una persona desde que nace.

Conocer el exposoma no solo resulta difícil porque es absolutamente diferente para cada individuo. Además, hay que tener en cuenta que cada molécula que entra en contacto con nosotros interactúa con muchas otras y, durante ese proceso, experimenta cambios. Por si fuera poco, el ambiente que nos rodea se modifica constantemente a lo largo de nuestra existencia. Sin olvidar que, en idénticas circunstancias, cada sujeto responde de manera distinta. Stephen M. Rappaport, de la Universidad de California en Berkeley (EE UU), usa una metáfora cinematográfica y asegura que para que la tarea no resulte inabarcable lo más sensato sería hacer un “tráiler de nuestra vida”, es decir, escoger solo “unos cuantos fotogramas”, los más importantes.

Por su parte, Bill Davenhall, de la empresa de Sistemas de Información Geográfica ESRI, en Estados Unidos, está convencido de que todos los sitios donde hemos vivido y viviremos, así como los lugares donde trabajamos o pasamos el tiempo de ocio, determinan de qué podemos enfermar. De hecho existe abundante información sobre las variaciones geográficas en la incidencia de muchas patologías. “Nuestra salud depende en gran medida de en qué lugares hemos vivido, aunque eso no aparece nunca en nuestro historial médico”, se lamenta Davenhall, si bien asegura que hay varios proyectos de investigación en marcha que podrían ponerle remedio en un futuro no muy lejano.



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miércoles, 20 de febrero de 2013

Don Rufo bufa: Tópicos y más tópicos

Más creatividad exijo. Que, por una vez, se ponga a funcionar el cerebro, esa azotea que llevamos incorporada de serie y cuya corteza solemos usar para peinarnos. Lo de dentro permanece, con el piloto encendido, en stand by. Él, muy diligente, dirige nuestras funciones de supervivencia, incluyendo la comunicación, el movimiento y los sentidos corporales.

Levanto la vista del magnífico libro, repleto de hallazgos verbales, de pensamientos novedosos, escucho la melodía que me transporta al infinito, contemplo el inmenso edificio, donde materia y espacio se alían para desafiar las leyes naturales, o el cuadro, o el algoritmo matemático, o el elixir milagroso que elimina algún mal tremebundo, y la duda surge. Esos genios ¿utilizaron el mismo magma cerebral que la gente que encuentro cada día y que parecen discos rallados, robots, humanoides, clones, autómatas, máquinas de no pensar?

TRABAJADOR TV: ¿Se arrepiente usted de algo que haya hecho en su vida?

PELEGATOS CONOCIDO: No. Yo jamás me arrepiento de nada.

Esa vez, para variar, habían encargado la redacción de las preguntas a alguien bastante más avispado que el que suele dar la cara. No como de costumbre, cuando parecen cortados por el mismo patrón, como un traje confeccionado en serie. Lo que era de prever no ocurrió. Al menos uno se salvaba. O dos, porque el entrevistador también parecía estar al quite. Vuelve a la carga, pues.

TTV: Bien. Cambiando de tema: si volviese a nacer, ¿modificaría algo?

PC: Sí, casi todo.

¡Acabáramos! Pues, precisamente eso, es lo que te acaban de preguntar. Repasemos el diccionario, aprendamos de nuevo el significado de la palabra arrepentirse. Alguien dijo una vez, antes o después de la famosa canción de Edith Piaf, que no hay que arrepentirse de nada, y todos como borregos obedientes, la vamos repitiendo un día tras otro. Una cosa es avergonzarse y otra muy distinta arrepentirse. Yo creo que, cuando niega con vehemencia el arrepentimiento, la mayor parte de las veces la gente se refiere a la vergüenza.

Non, rien de rien, non je ne regrette de rien, /Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal, tout ca m'est bien egal / Non, rien de rien, non je ne regrette de rien / C'est paye, balaye, oublie, je m'en fous de passe

Avec mes souvenirs, j'ai allume le feu, / Mes chagrins, mes plaisirs, je n'ai plus besoin d'eux / Balayes mes amours avec leurs tremolos, / Balayes pour toujours, je repars a zero

Non, rien de rien, non je ne regrette de rien, / Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal, tout ca m'est bien egal / Non, rien de rien, non je ne regrette de rien / Car ma vie, car mes joies, aujourdhui, ca commence avec toi!

El arrepentimiento ha adquirido mala prensa quizá porque  recuerda a la cobardía; y puede que a la debilidad. Pero nada más lejos de ellas. Arrepentirse de algo que hemos hecho significa que hemos aprendido de la experiencia, que tenemos la mente más clara, que conocemos mejor el camino. Puede que la culpa de todo la tengan sus resonancias religiosas, pero uno puede sencillamente cambiar de ruta sin temer ningún castigo divino ni tener que rendir cuentas a nadie. 

Todo el mundo opina lo mismo de casi todo. O repite lo que oye a aquellos que considera de su camarilla. Algunos se arriesgan a introducir ligeras variantes. Con el tiempo, imperceptiblemente, las opiniones van cambiando pero lo hacen en bloque, nadie disiente, somos como una cabeza enorme, como un alarmante caso de hidrocefalia social. Por culpa de esa estúpida costumbre de repetirlo todo como loritos (y de pensarlo, que es peor) seguimos estancados tiempo y tiempo, siempre flotando en la misma sopa de tópicos.

Probad a a pedir opinión a cualquiera de esas cabezas parlantes. Públicas o privadas,  amaestradas sin excepción. La identidad de la persona interrogada así como el asunto elegido son irrelevantes. Sexualidad, política, la propia muerte o la ajena, familia, amor, hijos, viajes, cocina, salud. Opinarán lo que se supone adecuado esa semana, mes, lustro, década. Intentarán ser ingeniosos de idéntica manera, contarán los mismos chistes, pondrán los mismos ejemplos, se rasgarán las vestiduras por los motivos convenientes, presumirán de originalidad de igual modo.

La televisión, como cualquier otro medio de masas, sirve únicamente de elemento comparativo pues pone a disposición de muchos un determinado episodio. Pero los medios se nutren de la vida cotidiana y es allí dónde se encuentra el filón. Trivialidades idénticas, o de parecido tenor, pueden escucharse en la oficina, el ascensor, la cola del supermercado, el café, el parlamento, el palacio, el sindicato o la bolsa. ¿Para qué molestarse en cavilar  cuando disponemos de  piloto automático? Ya se encarga la costumbre -el último comentario leído, lo que escuchamos habitualmente- de dictarnos lo que hemos de decir. Es innegable que el aparato de sacar conclusiones se va oxidando con el tiempo – igual que cualquier electrodoméstico o, sin ir más lejos, algún músculo -pero apenas se nota, incluso podemos pasar por ingeniosos. Sobre todo, cuando la mayoría de conciudadanos actúa exactamente igual.                                                                                                                                                         

lunes, 18 de febrero de 2013

El vendedor de baratijas

El pasado verano vinieron a visitarme Carla y Víctor. Él fue mi figura paternal de ese semestre, a Carla la conocía de más tiempo. Una holandesa que lo dejó todo para vivir con algún lugareño guapo en una comuna ochentera del que ahora es su pueblo de adopción. Se nos acababa de enamorar otra vez y quiso presentarnos al flamante novio, un italiano que empezaba a hacerse cargo de uno de tantos pubs que últimamente abarrotan el paseo marítimo. Al paso que va, no me extrañaría que reuniese otra vez sus cosas, descendiese de sus queridas alturas y se mudase a dos pasos de mi nuevo hogar. Nos sentamos en la terraza de uno de tantos chiringos que proliferan por allí. Mientras Luigi y ella dejaban caer la baba el uno por el otro sin enterarse de lo que ocurría en el mundo, Victor y yo descubrimos una escena de lo más chusca que se estaba desarrollando a nuestros pies. Escuchamos atentamente y nos lanzamos mensajes mudos. Por encima de los murmullos de la pareja, pudimos oír este diálogo:
-Señora… Pulseras, relojes, anillos. ¿Qué gusta? ¿Quiere mirar?
Ella era Sofía. En la zona es conocida por todos. Siempre que viene se aloja en el Carátula. Musculosa, adicta a los rayos UVA, con un buen castellano cuyo acento es un enigma, suele atravesar muy temprano el paseo marítimo, a toda velocidad, con una cinta en el pelo y la mínima expresión de unos shorts, a cualquier época del año y caiga lo que caiga. Estaba recostada en el césped, dos metros por debajo del mirador dónde nos habíamos instalado nosotros, sobre la esterilla y al pie de la palmera, con su biquini amarillo chillón. Tenía una revista en las manos y no parecía necesitar charla. Levantó la vista a medias y a través de las gafas de sol echó una ojeada al que vendía, un africano guapo con veinte años mal contados y un rostro angelical.
-No, muchas gracias.
Y siguió leyendo. Creímos que ahí acabaría todo, pero la vida, cuando atiza, suele ser implacable y el muchacho debía haber recibido palos a mansalva. Puede que creyese haber encontrado un filón. Ni corto ni perezoso, extendió el atadijo de abalorios a los pies de Sofía, casi rozando sus uñas pintadas de verde. Ella, que se estaba recostando otra vez, se agitó un poco debido a la sorpresa y le miró de nuevo. Él chaval la recibió sonriente, debía tener la situación muy medida. Alzó con brío dos pulseritas, muy delgadas y de colores muy vivos. Puro plástico.
-Regalo. – Y las acercó a la cara de Sofía.
A ella le enterneció verlo tan solícito. Las cogió, se las puso, no tuvo el valor de rechazarlas. El chaval se adivinaba indefenso: se ablandó, echó mano al bolso, revolvió un poco allá dentro.
-Espera, no te vayas.
El otro no tenía ninguna intención de marcharse. Se había quedado en cuclillas, con sus vaqueros grises, la camisa azulada y una media sonrisa de triunfo.
Mientras nuestros colegas seguían pelando la pava, Victor y yo –desde nuestra atalaya improvisada, medio ocultos por la baranda– no perdíamos detalle del asunto. El camarero se acercó a preguntar algo pero dejamos que Carla se encargase de él. No estábamos para atender a nadie.
Sofía sacó un monederito de rejilla, contempló enternecida sus pulseras, vi brillar una moneda de dos euros. Pero el chico aún no pensaba dejarla escapar.
-Toma. ¡Que te vaya bien! – y le alargó el dinero. Él ni siquiera se inmutó.
-Mujer simpática.
-Muchas gracias.
-Tú y yo amigos, ¿quieres? – Y su mano, como un rayo, atrapó la moneda.
Victor y yo nos miramos con gesto cómplice, habíamos entendido la jugada. Pero la buena de Sofía no supo reaccionar a tiempo.

-Hay ningún trabajo.
-Bueno, pero seguro que tienes suerte dentro de poco; te la mereces por ser majete y buen chico.
-No, no. – El muchacho endureció la voz y el gesto – Más gente no. Tú y yo solos.
Ella comprendió entonces. Retrocedió hasta la palmera, podíamos leer la consternación en la curva de sus labios. Era fácil adivinar por su aspecto a una mujer juiciosa cuyos hijos se habían emancipado pronto. Unos hijos, probablemente, de más edad que el bello y despistado buhonero. Atrapada en mitad del disparate, sin esperarlo ni merecerlo, alzó las gafas, se las puso de diadema y pudimos distinguir el gesto adusto, un parpadeo de rechazo, el brillo hostil de sus ojos, la furia manifiesta.
-¡Largo de aquí! ¡Vete!
Pero el chico había conseguido esfumarse antes, incluso, de que ella acabara de hablar. Ágil, veloz como un gamo, se había alejado a escape en cuanto pudo recoger los bártulos. El ademán de la mujer no admitía dudas. Antes que ella, habían hablado sus gestos.

Me fijé en cómo apartaba la revista, inhalaba aire y se miraba las puntas de los dedos. Estaba buscando la calma perdida. Se frotaba las pantorrillas. Volvía a suspirar.
-Vosotros, ¿qué? –dijo Carla– ¿Cómo va? ¿Os estáis aburriendo?
Su bohemio de camisa floreada apoyó un brazo en el respaldo y bebió un sorbo de mojito con toda la cachaza del mundo. Se apeaban de la nube los dos.
-Ni hablar. respondió Victor con una sonrisa Nosotros aburrirnos…
-Jamás. Antes muertos –completé yo.

Empezaba a refrescar. Sofía se había echado un pareo por los hombros, apoyó la espalda en la palmera, volvió a coger la revista.

sábado, 16 de febrero de 2013

Charlas con Paco Tella: El cuerpo también tiene memoria


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Vamos todos en tropel a celebrar el aniversario de Paco y Cristina. La casa parece estallar por sus costuras. Nos arremolinamos en el salón con vistas al parque dónde él ha paseado a sus hijos cuando eran pequeños, el que yo cruzaba todos los días hasta que me vine a vivir a las rocas. Hasta hace poco, al caer la tarde, era fácil adivinar su silueta en el bar que hay junto al mercado, apurando la copa de antes de la cena, discutiendo con su hablar recio, salpicando con puñetazos al tablero su discurso.

Escuchando sus risotadas de ahora, nadie diría –y menos que nadie sus viejos conocidos– que a veces no puede dar ni dos pasos. Todo ese músculo, la estatura, su pasión por la vida, el vigor aparente, se disuelven como aire, como ese mismo aire que no entra en sus pulmones porque se lo impide una obstrucción crónica. Paco, como sabemos de sobra los que estamos allí, respira mal, muy mal. A veces, le facilitan una bombona de oxígeno, otras sufre un ahogo súbito a causa de algún producto inhalado al albur. Su vida cotidiana, amenazada por esas eventualidades, necesariamente ha de parecerse a un infierno. Quizá ese es el mayor motivo para que su familia le mime tanto.

Los hijos abrazan mucho a Paco, a Cris un poco menos. Piensan que ella todavía les va a durar bastante, que ya habrá tiempo para carantoñas. Después. ¿Después de qué?

Paco ha competido como corredor, levantador de pesas, nadador, incluso ha boxeado un poco.

-Yo soy un "duro" bueno. – Suele decir.

Pero eso ya no es cierto. Ahora se ha convertido en un “blando” cascarrabias. Solo compite consigo mismo y es fácil que le venza la pereza. Como ha de pasar largas temporadas en reposo, luego le cuesta volver a la rutina del deporte. Pero los médicos son insobornables, quiera o no quiera ha de esforzarse todo lo posible. A alguien tan entrenado como él se le puede exigir más que al resto. Y, por encima de los médicos, está Cris. Ella es su enfermera y su sargento mayor. No le pasa ni una. ¡Qué te muevas, recórcholis! ¿Quieres hacer el favor de moverte?

Cris es algo injusta, porque Paco, con su exigua capacidad respiratoria, luchando contra ella, esforzándose por ampliarla todo lo que es capaz, monta en bici, va a nadar a una cala apartada cuando hace buen tiempo, acude diariamente al gimnasio. Salvo, claro está, en sus etapas difíciles, que, por desgracia, son bastante frecuentes.

También reconoce  las ventajas.

- El ejercicio de tantos años le ha salvado la vida, - asegura - sin él no sé dónde estaría ya, probablemente se hubiese ido al otro barrio.

En casos como este, es magnífico que el cuerpo tenga memoria, que registre lo que hicimos antes para poder beneficiarnos de ello. Pero también pasa factura de los errores que hemos cometido. Esa memoria del cuerpo ha tomado como rehén a Paco, a pesar de la rebeldía que brota de él y de que hace más de tres lustros que dejó de fumar.

Pero todo lo arropado que este hombretón se siente cuando se encuentra en familia, le llega en forma de burla y desprecio en cuanto abandona el cálido nido y sale al despiadado, inmisericorde, mundo exterior.

-¿Y a ti qué más te da? –tercia Cris, que nunca ha entendido esa susceptibilidad, insólita en su marido hasta hace poco.

Pasan de mano en mano los trozos de tarta. Veo miradas como rayos mortíferos en los ojos de ambos cónyuges. Puede que a Cris no le molesten las puyas porque no van dirigidas a ella, porque jamás se ha quedado sin aliento cuando más necesitaba defenderse.

-Me desquicia que sean insensibles nada más que por pura y simple estupidez. ¿Nadie se para a pensar un momento? Si no se extrañan porque la sangre pueda contener azúcar, porque el corazón se pare de pronto, porque unas cuantas células se vuelvan malignas y se pongan a proliferar ellas solas a sus anchas en cualquier lugar del cuerpo, porque unos bichos invisibles apodados bacterias ataquen a alguien infinitamente más grande que ellos y lo enfermen, porque algo tan aparentemente inofensivo como el polen pueda producir serios trastornos, ¿porqué les asombra tanto lo que me pasa a mí? ¿Qué importa que lo otro lo hayan escuchado antes y esto no? ¿Cada vez que oyen algo nuevo piensan que es falso? ¿Es que se creen que lo saben todo? ¡Ignorantes!

Amen, Paco Tella, amén.

jueves, 14 de febrero de 2013

Los árboles azules 10: Intemperie

La huída empezó con Auko confiscando el móvil de Agosto. Al poco, recibió una llamada y, como esperaba, eran los secuestradores del padre. La niña, Rosana, andaba cerca. Se dio cuenta de todo, pero antes de que pudiese avisar, ella ya corría hacia la verja. Protegida por el follaje, habló en susurros con el jefe de la banda, no solo para no ser oída por cualquier policía que merodease por allí o para que no la sorprendiesen los chicos, también para enmascarar su voz porque se estaba haciendo pasar por el chaval.
Creyendo que hablaba con el hijo del secuestrado, el mafioso la citó esa misma noche dentro de un taller mecánico, en una calle de las afueras. Auko me contaría luego que decidió no acudir a la cita y que le pareció preferible espiarles. Así la encontré a la puesta del sol, cuando se me ocurrió seguir a los agentes que a su vez encontraron su rastro gracias a la señal del teléfono. Se hallaba plantada como un ficus a la puerta de una tienda de modas. Habíamos logrado dar esquinazo a los polis que, si bien me habían llevado sin querer hasta la tienda, no habían conseguido dar con Auko. De los secuestradores ni rastro, el taller parecía en ruinas y desierto. Aunque nunca se sabe, puede que nos estuviesen observando con satisfacción –igual que nosotras a los de uniforme- por no haber podido dar con ellos habiendo llegado tan cerca. Pero aquello era peligroso, podíamos rondar pero tampoco era cuestión de meter las narices allá dentro. En caso de habernos reconocido, quién sabe lo que nos tendrían reservado a las dos.
Caminaba por la acera y la vi. Supe que era Auko convertida en muñeca de cera. Pocos hubiesen podido negar que no fuese un maniquí, tal como estaba, congelada en un movimiento, vestida con ropa de la tienda, vigilando. A la cabeza llevaba un foulard violeta, el vestido era de corte hippie con muchas margaritas bordadas. Un panel de cristal la protegía pero, en caso necesario, no hubiese sido difícil escapar de un salto. Me preguntaba si el material estaría blindado, me hacía muchas otras preguntas. De dónde sacaba el valor para aparentar ser una muñeca de plástico y, exhibiendo una piel de silicona, permanecer al otro lado de un incierto vidrio sin mover un solo  músculo. ¿Y el vaho de la respiración? Tenía la boca peligrosamente cerca, pero había sido previsora y el pañuelo le tapaba parte de los labios.
Me acerqué a la terraza del bar de enfrente. Sentada ante el velador, pedí un botellín de cerveza. La luz empezaba a descender como un gato por el perfil de las fachadas y los troncos, se instalaba en las raíces y en los bordes de las alcantarillas. Me quedé una media hora. Tuve que saltar bruscamente del asiento cuando el mesero, con muy malos modos, lo levanto con un solo bíceps mientras extendía el otro reclamando el importe. Retiró hasta el último taburete en un suspiro y desapareció al fondo de la cueva cargado con ellos a la espalda, luego cerró la puerta metálica desde dentro con un estruendo de mil demonios. Auko tenía que haberlo visto todo, pero seguía sin inmutarse, tan inmóvil como una muñeca. ¿O estaría yo delirando y sería realmente un maniquí? La acera había quedado desierta, un viento repentino empezó a helarme las orejas, a arrastrar unos botes de plástico. Solo quedaba abierta la tienda de ropa con su maniquí a la puerta. No se veía otra luz en toda la calle, mi presencia resultaba sospechosa o, al menos, inexplicable. No tuve más remedio que largarme de allí.


Ahora sé que no le resultó fácil, que pasó horas tiritando de frío y se esforzó en disimularlo mediante técnicas de control mental. Aquella noche a la intemperie vio algo pero luego no fue capaz de dar muchas pistas. Los malhechores aparcaron un coche a la puerta del taller con el motor en marcha, se distinguían linternas detrás de los cristales rotos y polvorientos. El falso camarero salió con cautela de su cuchitril y miró a través del escaparate, en plena noche, como un búho, con sus gafas de culo de vaso. Pensaba Auko que yo le había puesto sobre la pista al mirar con insistencia la tienda, lo que el otro no imaginaba es que al fondo no había un alma, que en quién tenía que fijarse era en el espantapájaros con bata de cola alzado en la plataforma. Cuando se cansó de romperse la vista, se volvió con cautela y, mirando a todos lados, cruzó la calle y entró en el taller. Ahora aumentaba el movimiento, algunos habían entrado en el coche, un hombre se había puesto al volante, había dos sombras contra la fachada. No pudo distinguir nada más.
Se entretuvo pensando en la víctima. El hombre flaco que empezaba a echar carnes muy lentamente, un canoso cuyo pelo raleaba ya. Esa relativa decadencia era lo que le atraía de él, por eso lo pasaba tan bien evocándola. Le gustaba ese semblante que exudaba bonhomía, los ademanes campechanos, la sonrisa algo irónica, aquellos ojos azul celeste que iluminaban la sombrerería, y sus manos morenas y grandes.

Cuando llevé a la policía hasta allí, todos habían desaparecido, del coche no quedaba ni rastro y el local estaba desierto. Auko había encontrado un chaquetón y una bufanda en el almacén de la tienda y esperaba sentada en un banco intentando hablar por teléfono. Temblaba de pies a cabeza y su barbilla amenazaba con descoyuntarse. Había aguantado tanto tiempo los nervios y el frío que se sentía incapaz de controlarlos.
Bernardo pagaba poco a sus empleados y exigía mucho, era algo huraño y no se merecía tanto amor, ni de Auko ni de nadie; tampoco que le hicieran daño. Pero así es cómo le vería yo después.
(Continuará)

martes, 12 de febrero de 2013

Los árboles azules 9. Como una anguila que se escurre

Auko volvió a desaparecer.
Antes de eso estuvimos reunidos en el parque. Los padres de Bernardo se alborotaban por momentos relatando las incidencias del día anterior, dónde estaban, cómo se enteraron, y toda suerte de detalles, como que su hijo había sido obligado a abrir la verja a punta de pistola. Pero ¿cómo podían saberlo? Se había encontrado un reloj con la correa rota, eso sí podía ser una prueba, quizá uno de aquellos individuos lo enganchó a un arbusto sin querer en el momento de abrir la portezuela y tuvo que apartar el brazo bruscamente, sin tiempo para agacharse a recogerlo. Mientras tanto anochecía. Disfrutábamos del aroma que lo impregnaba todo. Las hamacas del cenador disponían de cojines mullidos, los cócteles nos embrujaban con su endiablada mezcla de especias y frutas exóticas. A nuestro alrededor, decenas de árboles, desde su turbio cobijo, parecían dedicarse a espiar. Formas achaparradas y esbeltas, matorral y copas centenarias, hojas como anchas y finas palmas, extensos abanicos o extendidas orejas paquidermas coexistían con finísimas agujas exhibiendo un colorido digno de la paleta más sutil, del cuarzo rosa o el granate al verde negruzco de la obsidiana. Y a nuestra espalda, la gran mole de la casa, alentándonos y protegiéndonos.
 
Jacek Yerka - Strawberry garden
 A las diez en punto sonó la campana de una torre y, sin previo aviso, un bruñido último modelo estacionó en la explanada con la intención de recogerme. No tenía nada previsto, tampoco estaba en mis planes abandonar aquel paraíso tan pronto. Allí quedaron los hermanos, mi apenada amiga, los abuelos y la pareja de polis, cuyo ademán de despedida no ocultaba una sonrisa sardónica. Me lo estaban dejando bien claro: esta vez la intrusa era yo.
Me instalé en la azotea con la melancolía derramándose por mis hombros. Aquellos chicos no podrían salir de su jaula de oro hasta que apareciese su padre. Hasta Auko estaba arrestada con la excusa de que corría peligro. No niego la sensatez de la medida, pero aquella sensación de amenaza no cesaba de rondarme. Me parecía que limitaban sus movimientos pero que eso no les protegía en realidad, que al menos conmigo allá dentro hubiesen estado algo más seguros, no podía precisar por qué. Sin embargo, ¿cómo era posible vigilar toda aquella enorme extensión con solo dos agentes? La línea de la playa se había convertido una vez más en negra boca de lobo frente a mí. Cabizbaja, dejé de mirar a una balaustrada invisible sumida en oscuros presagios. No podía evitar sentirme culpable.
Mark Ryden . The meat train (2000)
Un cansancio insidioso puso plomo en mis brazos, me invadió un sopor repentino, olvidé que me había quedado sentada sobre las frías baldosas, rodeada de macetas, con Mancha reptando por mi cuello. Con la mayor de las alevosías, el teléfono volvió a aullar. Esta vez no tuve necesidad de descolgar: lo supe. Una voz, malhumorada hasta la impertinencia, preguntó si Auko estaba conmigo. “Acabo de dejarla bajo su protección, –repliqué– ¿qué clase de vigilantes son ustedes permitiendo que la secuestren delante de sus narices en menos de dos horas?”
Pero sabía que se había ido ella, no la imaginaba dejándose agarrar.
(Continuará)

domingo, 10 de febrero de 2013

Suite francesa, de Irène Némirovsky

Durante el largo trecho que supone la lectura de esta novela no he podido dejar de imaginar a su autora escribiendo frenéticamente, en mitad de un combate feroz en la que ella se veía envuelta por partida doble ya que, además de formar parte de la población civil sometida al conflicto, se veía acosada por los nazis a causa de su raza, sola en su casa vacía, con su marido prisionero y muerto después, sus hijas escondidas en casas de amigos, con el firme propósito de aprovechar lo que le quedara de vida para dejar constancia a la posteridad de la enorme y disparatada tragedia que estaba viviendo. Sus verdugos sin proponérselo, le concedieron, justamente, el tiempo necesario.
Considero que toda obra maestra merece una buena edición, con prólogo aclaratorio y el añadido de cualquier dato que contribuya a evitar confusiones. Este lo he leído con un interés aún mayor, por lo significativo de la información que aporta. También sobrecogida. El carácter retratado seduce, se aclaran además cada una de sus líneas, incluso ciertas escenas de la novela corta El baile. La trayectoria de Irène Némirovsky, su trascendencia en la literatura, actitud ante la vida, circunstancias familiares y peripecias de los últimos años consiguen acercarnos a ella más aún. No solo por el carácter dramático y novelesco de sus vivencias, en común con otras muchas figuras históricas, sino, en particular, por esa actitud de lucha permanente, por su desafío a las circunstancias debido (y a pesar de) su gran lucidez mental. Al final se añaden unas notas manuscritas y la correspondencia, suya o de otras personas, preocupadas por su suerte y comprometidas con la de sus escritos.
Conociendo ya esos detalles de su vida, se comprenden las causas de esa emoción. Pero –repito– sobre todo impresiona su capacidad de mantener la cabeza lo suficientemente fría para transmitir esa realidad, con esa prosa tan bella y apasionada, sumergida como estaba en aquel mundo de pesadilla en el que, además, ella misma era el ratón al que amenazaba una ratonera gigantesca.
Al principio se presentan estampas en apariencia independientes, más o menos estáticas, que representan a los personajes en el momento de hacer acopio de enseres y, luego, en diferentes momentos del éxodo. Cada grupo vuelve a aparecer, como si de un friso se tratase, representando un poema épico pero no con la épica de los vencedores sino con la de los derrotados, la épica de la escapada, si es que esta expresión tiene algún sentido. La autora, en lugar de dejarse llevar por la desesperación de aquellos momentos, intentó realizar una fotografía literaria con estructura musical de aquellas circunstancias excepcionales, concentrarse en la crónica, en el reportaje, e intentar llevarlo a la categoría de arte para trascender el simple sufrimiento y, como decía más arriba, dejar a la posteridad su testimonio. Para ello hace desfilar diversos grupos: a la familia que huye con los niños y el abuelo, la amante con el escritor, los chicos de la escuela con el cura. Y, una vez logran apartarse de su hogar y renunciar a la mayor parte de sus pertenencias, con todo el desgarro que esto supone, las tristes peripecias que les van sucediendo y el panorama (desolador) que aparece ante sus ojos y, en definitiva, ante los nuestros. Una descripción tan magnífica de esa parte de la historia europea que parece increíble que fuera creada entera justo entonces, que su autora no la haya podido corregir, objetivar y dar forma en un futuro, pero fue así con toda seguridad ya que ella no sobrevivió. No obstante, el manuscrito se puede considerar acabado, no solo por la perfección de su estilo, también por la contundencia de las escenas y el firme pulso con que están dibujados los personajes. Según vamos avanzando, lo que empezó siendo una panorámica se convierte en un retrato cada vez más preciso de las figuras que componen el cuadro.
Hay algo que me preocupa, (y que hay que tener en cuenta si recordamos que el manuscrito estuvo guardado durante décadas y finalmente descifraron su letra minúscula, retocaron errores y lo dieron a la imprenta), y es qué clase de alteraciones por parte de manos ajenas ha sufrido la obra original. A estas alturas es imposible saberlo, todo lo que leemos tenemos que atribuirlo a Némirovsky. Pero ella estaba siendo testigo de algo y hay veces que resulta demasiado objetiva, algo que no encaja del todo pues, por muy conciliadora y optimista que se pretendiese aparentar, al fin y al cabo era humana. Falsa impresión o no, a mí me parece que, en capítulos concretos, a veces falta algo, o sobra, o se adivinan modificaciones espurias.  Sin ir más lejos, el de la muerte del cura mantiene un tono distinto del resto de la obra. Tanto es así que el episodio resulta impactante por lo artificioso pues, a pesar de tener la guerra como telón de fondo (y, aunque se hable de heridos, incendios, explosiones etc.) se diría que presenta una fisonomía demasiado amable. El drama, al surgir en medio de esa apacible estampa, impresiona aún más. A partir de entonces cambia de tono, en lo sucesivo aparecerá el factor crítico, la autora se fijará también en las sombras de los personajes, se acostumbrará a no quererlos tanto. A esa crítica no escapan ni las masas con su barbarie ni los privilegiados con su egoísmo y cínica indolencia ni los que les rodean con su servilismo y falta de escrúpulos. Ni las víctimas por el hecho de serlo han de ser necesariamente heroicas. Hasta puede que usen a sus muertos para alimentar un orgullo bastante absurdo, dadas las circunstancias.
 Más adelante empieza a mascarse una tragedia que estaba desarrollándose a dos pasos de la pluma. El tono se vuelve más áspero. Las hostilidades se acentuaban y ella, a partir de la fecha que fuese, sabía a ciencia cierta que estaba sentenciada. Ya no se limita a describir, no muestra una estampa idílica ayudándose de clima y paisaje, la miseria y el desarraigo no quedan ya en segundo plano. Hay diálogos con contenido y no puramente instrumentales, información sobre el carácter de los personajes y sus antecedentes. Tampoco aparecen igualados en la huída, esta ya ha finalizado y ellos se han ido instalando, en muy diferentes condiciones unos de otros. Todo ello añade un tinte de amargura a la trama. Los muertos de la guerra quedan difuminados en la tragedia colectiva y aparecen en primer plano los que han perecido por otras causas. El abuelo por desidia, el padre Philipphe por crueldad, Charles por un accidente que más bien parece un castigo a su arrogancia.
Siempre nos quedará la duda. Puede que toda esa comprensión hacia el invasor, esa extraña facilidad con que se parecía ponerse en su piel, la humanidad demostrada durante la convivencia –que la autora también experimentó– podría explicarse, más que por su capacidad de comprensión (aunque quizá también, en parte) por la más elemental prudencia. Némirovsky sabía que esos papeles podían caer en manos alemanas siendo como era una judía perseguida. No era tonta, así que hizo lo que tenía que hacer: cargar de momento las tintas en la comprensión. Más adelante, si las cosas cambiaban, ya habría tiempo de ser totalmente sincera, modificar algunos hechos y convertir ciertas personalidades en otras mucho más sombrías.

viernes, 8 de febrero de 2013

La astuta EPOC

Habitualmente, la prensa trae noticias alarmantes sobre la existencia de la EPOC, su relación con el tabaquismo activo y pasivo y las consecuencias que acarrea, pero lo cierto es que casi nadie las lee. No preocupan, parecen exageradas o producto de oscuros intereses. Esto da lugar a que el que la padece no la reconozca y se diagnostique, por lo general, muy tardíamente, en una fase de difícil remedio.

¿Quién va a perder su tiempo leyendo un artículo como este?


LA RAZÓN.es

HUMO Y EPOC
Bartolomé Beltrán

El tabaco es la principal causa de enfermedad y muerte evitable. Infartos, tumores, complicaciones durante el embarazo, problemas respiratorios o disfunción sexual son parte de los daños que este mal hábito ocasiona en nuestra salud. Destaca que entre el 85 y el 90 por ciento de los casos de EPOC son debidos al tabaco y se calcula que entre el 15 y el 20 por ciento de los fumadores desarrollarán esta enfermedad. El doctor Carlos Jiménez Ruiz, coordinador de una normativa pionera sobre tratamiento del tabaquismo en fumadores con EPOC y director del programa de Investigación Integrado de tabaquismo en Separ, ha explicado que el único tratamiento que ha demostrado ser realmente eficaz para detener la EPOC es dejar de fumar. En este punto, destaca la labor pública contra el tabaquismo de la compañía biomédica Pfizer, dirigida por Elvira Sanz, que posee un tratamiento diseñado específicamente para dejar de fumar, vareniclina, una de las opciones más eficaces contra el tabaco, según los expertos. Los estudios revelaron que un 44 por ciento y 43,9 por ciento, respectivamente, de los fumadores que recibieron vareniclina consiguieron dejar de fumar después de 12 semanas de tratamiento.
Diversos estudios han demostrado que los fumadores con EPOC padecen un grado de dependencia física por la nicotina más elevado y un grado de motivación para dejar de fumar más bajo que el resto. La depresión también es frecuente en este grupo de fumadores, en un 40 por ciento de los casos. Separ propone que el abordaje del tabaquismo sea distinto en los fumadores con EPOC de reciente diagnóstico, fumadores que no sabían que padecían la enfermedad, y en los fumadores que sufren una EPOC previamente diagnosticada y que continúan fumando a pesar de saberlo.
(Puedes leer el artículo aquí)

Sin embargo, y a pesar de que nos suene a chino, es fundamental conocer estos datos ya que el 10.5 por ciento de la población española entre los 40 y los 80 años padece la enfermedad. Deberíamos estar alerta y realizar acciones preventivas, tanto hacia nosotros mismos como en nuestro entorno, para atajarla o descartarla.

Quién prefiera una información más completa y detallada de la patología, la encontrará en páginas como esta.

Y aquí, Andrés de Rous, neumólogo afincado en Berlín, nos desvela algunas claves.



Finalmente, si padeces ya la enfermedad, este artículo presenta algunos consejos que pueden ser de tu interés.

Disfruta de la vida pero ¡¡CUÍDATE!!

Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

miércoles, 6 de febrero de 2013

Don Rufo bufa: Rajoy y el molusco

–A día de hoy, mantengo la misma ilusión y actitud que el día en que fui elegido en las urnas.
(Discúlpenme si la frase no es exacta, cito de memoria)
Esto dijo el lunes nuestro presidente. En estos momentos, con miles de familia sumidas en la pobreza y/o arrojadas a la calle sin contemplaciones por una ley hipotecaria que sobrepasa el rango de  abusiva y a la que solo se puede calificar de usurera a la enésima potencia, con miles de ciudadanos que se consumen día tras día y mes tras mes sin encontrar ningún medio de subsistencia, malviviendo de la caridad de familiares y vecinos, pasando hambre, suplicando que se les conceda alguna hora a la semana, en alguna actividad no reconocida, sin garantías de salubridad, un sueldo miserable y nula cotización, por parte de alguno de los desaprensivos que han brotado del chaparrón de las circunstancias llegando a proliferar como las setas, y, paralelamente, vemos como cientos de millones de euros escapándose por las costuras del sistema, engordando a empresarios, banqueros y políticos, contribuyen a la creación o escandaloso aumento de enormes fortunas nacidas y alimentadas al calor de una corrupción que, se adivina, generalizada (es decir, cualquiera que haya podido meter mano en la caja dónde se guarda el dinero de todos lo ha hecho y se ha llevado un pedazo tan gordo como ha podido), cuando el país ha sido esquilmado y se sume en la miseria para que unos pocos se conviertan en inmensamente ricos, va Rajoy y dice que mantiene la ilusión del primer día. Es posible que su ilusión fuese que las desigualdades sociales aumentasen hasta los límites más extremos, no en vano representa a la derecha y por tanto al gran capital. Pero, decirlo así, con esa desfachatez, ante las cámaras solo puede significar dos cosas: o que es un mentiroso o que es un molusco disfrazado de hombre.
Y, por si no nos hubiese escandalizado lo suficiente, añade, con (aparente) tranquilidad que ha habido "algo". Sin aclarar qué ni cómo ni cuánto ni por qué ni con permiso de quién ni con la responsabilidad de quienes ni con la impunidad de cuántos. Se atreve a insinuar que las acusaciones no son del todo inexactas con la indiferencia del que explica que se le ha averíado el coche. (“Pero cosa de poco, "algo" no funciona en el motor"). Lo malo, señor Rajoy, es que ese motor es el país entero y usted quién maneja el volante, por ahora. No puede minimizar el delito calificándolo de "algo", ni siquiera siendo gallego. No puede utilizar un pronombre indefinido y dejar a toda la prensa internacional con tres palmos de narices, sin dar ninguna otra explicación. Ha pasado el tiempo –que, durante el gobierno de Aznar, aprovecharon hasta la saciedad– de hacerse los interesantes, los que lo saben todo, a los que se les puede perdonar catástrofes como las del Prestige; despistes imperdonables, como el hecho de no haber intuido la falacia estadounidense de las inexistentes armas de destrucción masiva iraquíes – cuando el resto de los españoles lo conocíamos de sobra  desde el principio solo con leer la prensa, –o imperdonables desidias, como las que provocaron la tragedia del Yak-42 en Turquía que segó la vida de 75 militares (de España. Ucrania y Bielorrusia), cuyos cuerpos –para incrementar la chapuza hasta el más humillante surrealismo– enterraron apresuradamente confundiéndolos entre sí para mayor consternación de sus ya desoladas familias: y, no contentos con enterrar mal a los muertos, también enterraron la infamia generando otro de sus vergonzosos indultos.

Ustedes, señor Rajoy, no tienen patente de corso, no pueden hacer lo que les dé la gana, pisotearnos, esquilmarnos, tomarnos por tontos y pretender, encima, que estemos contentos. Han transformado el lema absolutista “Todo por el pueblo pero sin el pueblo” en algo todavía más vergonzoso “Todo por la bolsa del pueblo pero sin él”. Usted está convencido de que este país es idiota. Reconozco que una gran mayoría –esos que le otorgaron la absoluta– se tragó sus insolentes mentiras cuando, durante la campaña electoral, aseguraba sin un ápice de vergüenza, que no iba a recortar ni un céntimo del dinero público, entre otras muchas falsedades, cuando se podían ver las enormes tijeras asomando por sus bolsillos y los carrillos hinchados de satisfacción al constatar que ninguno de los que le contradecían resultaba creíble. Pero usted confunde ingenuidad con tontería. Los españoles en ese momento estaban desesperados (aunque mucho menos que ahora), necesitaban con urgencia creer en alguien y confiaron en sus supuestas buenas intenciones, en su cara de no haber roto nunca un plato, en su fingida indignación ante unos recortes realizados por el gobierno anterior que, en comparación con la magnitud de los suyos, hoy se muestran menos que insignificantes. Ahora, en cambio, ya ha desvelado su verdadera catadura, su indiferencia ante la corrupción generalizada, su aquiescencia hacia indultos vergonzosos, su absoluta falta de solidaridad, su encastillamiento en la defensa de los intereses de los mercados, su soberbia y su ambición que le conducen a aliarse con el gobierno alemán como antaño hizo con el torpe George Bush su antecesor de infausto recuerdo.
No podemos consentir tanta maldad, tanta indiferencia, tanto gesto insolente, tanta arrogancia, tanto embestir a ciegas sin fijarse en lo (y en los) que se lleva por delante. ¡Esto se tiene que acabar!
Si es un mentiroso, señor Rajoy –y yo, personalmente, no le creo una palabra– dimita de inmediato. Pero si es un molusco entonces es peor, entonces no tendremos más remedio que anular su investidura. En España, para ejercer el cargo de presidente, solo admitimos personas.

lunes, 4 de febrero de 2013

Los árboles azules 8: El secuestro

Eché a andar parque adelante. El enfado me impedía calibrar la distancia que me separaba de la entrada a la finca. Iba por una avenida que parecía no tener fin flanqueada a ambos lados por una selva ajardinada en cuyo interior sería agradable perderse. Pero de momento tenía que salir de allí, no tenía ni idea de cuántos kilómetros había que recorrer hasta llegar a la verja. Tampoco sabía lo que me esperaba al otro lado, me parecía recordar que aquello se levantaba en pleno campo, quizá no apareciese ningún taxi en aquel sitio, me imaginaba perdida en medio de la nada sin ninguna referencia para orientarme. Entonces escuché las botas de Auko golpeteando tras de mí a toda velocidad. No me cabía duda de que era ella.
–Que esperes te digo. Que esperes.
Me volví de mala gana. Auko venía jadeando, tenía la cara llena de ronchas carmesí y los ojos brillantes. Tardó un poco en recuperar el aliento, se acercó a un árbol cercano y se dejó caer contra el tronco. La seguí.
–Perdona, es que soy así de bestia. No quería contarte nada para que no dijeses que he metido la pata, pero tampoco podía hacer otra cosa. Estoy echa un lío, no sé qué va a pasar.
Decidí sentarme a su lado sin perder la cara de palo que se me había puesto.
–No sé qué decirte, estoy más perdida que tú.
–Ya.
Volví a ponerme furiosa. 
–¿Me vas a contar algo o no? ¿Qué haces en esa casa? ¿Qué pinta la policía en esto? – Antes me había parecido ver un punto oscuro a lo lejos, detrás de Auko, pero ahora estaba segura. Aunque avanzaba despacio, oculto a medias por los árboles, podía distinguirlo claramente, era uno de los hombres que había visto allá dentro.
–Se han llevado a Bernardo. Me había contratado para cuidar de Rosana que tiene gastroenteritis, por eso estoy aquí.
El policía se había detenido a unos veinte metros. No podía perderlo de vista pero Auko parecía ajena a todo, seguía tan tranquila en su nube, a pesar de los nervios. Preferí no hacer preguntas, que hablase ella. No hubiera sabido cómo empezar.
–Vimos cómo lo raptaban unos hombres. Pero cuando llegó la policía ya no hacía falta, los secuestradores acababan de hablar con Agosto.
–¿No será que has visto muchas pelis? ¿Cómo sabéis que lo han secuestrado?
–Lo hicieron delante de todos, a plena luz del día. Y ellos también lo dicen, están protegiéndonos, por eso no nos dejan salir.
–O sea, ¿os han dicho que os estéis quietos y vosotros os largáis a dar una vuelta?
–Ya te he dicho que han llamado al chico. Pensábamos ir a buscarle.
–¿Vosotros? ¿Por vuestra cuenta? –No daba crédito, estaba tan perpleja que casi no podía hablar? –¿Es que te has vuelto loca?
Puso los codos en las rodillas y se sujetó la frente con fuerza. De vez en cuando, como sin querer, ladeaba la cabeza un poco. Sabía tan bien como yo que nos estaban vigilando. Suspiró.
–Creíamos que le habían dicho dónde estaba pero nos han engañado. El kilómetro 230 está en plena autopista. Además, esa gente nos ha seguido hasta allí.
No podía creérmelo.
-Pero, aunque os hubiesen dado las señas... ¿No has pensado en lo peligroso que es? Y, encima, te  llevas a Julio.
–Agosto. Nació en agosto y es cómo quiere que le llamen.
¡Menuda estupidez! Esa chica no tenía remedio. Al principio sus chifladuras me hacían gracia, pero todo tiene un límite.
Echamos a andar hacia la casa. Aún quedaba mucho por hablar. Se oía un alboroto de pájaros. Ahora que no tenía que pensar en el transporte me puse a disfrutar del paisaje. Sin pensarlo, frené en seco.
–¿Has pensado que se lo pueden cargar?
Me miró con ojos desesperados, agarró mi muñeca con fuerza.
–Por favor no digas eso, –chilló– ¡no lo digas!
(Continuará)