miércoles, 10 de abril de 2013

Cuento para dormir mal


Estaba viendo nevar, pero nadie le había dicho que había empezado el invierno. La sala se había oscurecido de pronto, la temperatura era agradable, para sentir el frío de la calle tuvo que tocar el cristal. Al otro lado, unos niños modelaban bolas y las arrojaban sobre los compañeros. Escuchó sus risas amortiguadas y sintió un poco de envidia. Aquello era demasiado tranquilo. Había una cama, un sillón, un escritorio, un armario. Solo un rato antes, recordó, había estado durmiendo. Las bufandas de los niños volaban al viento. La mayoría eran de cuadros, demasiado pacíficas para enmarcar esas caras salvajes. Un poco más allá había una fuente y, al fondo de la plaza, sobre la fachada de un edificio amarillento, se atisbaban siluetas caminando arrebujadas en sus ropas de abrigo. Ningún hombre llevaba sombrero. Los gorros de los chicos eran de punto y no de fieltro. Nunca había visto aquella fuente.

Los árboles, en cambio, se parecen más unos a otros. Se sentía más seguro mirando aquellas ramas empapadas, negruzcas, las más gruesas exhibiendo manchones de nieve, las otras goteando. Eran como trapos blancos puestos a escurrir, como aquellas compresas frías que se ponía su madre en la frente cada vez que sentía dolor. A él le rondaba uno, sordo, desde hacía rato, se le hundía hasta el fondo de los ojos y le pinchaba las sienes sin parar. Las frotó con las yemas de los dedos y notó que faltaba algo. Se tentó con cuidado la cabeza, ¡caramba! (y supo que había sido la interjección favorita de su padre) ¿qué había pasado con su pelo? Los árboles de ayer eran frondosos y robustos, ocultaban las casas y hasta los tejados. A trechos, dejaban ver unas cuantas losetas manchadas de luz. Lleno de pánico ya, fue palpando muy despacio la piel hasta la nuca. Los nudillos le temblaban. Nada, ni un solo mechón. Ahora debía de enfrentarse a su rostro. Se armó de valor y buscó la puerta, un cuarto de baño lo hay en todos los sitios.
Movió una corredera de metal lechoso y lo encontró, pero no tenía espejo. En busca de azulejos en los que mirarse, encendió la luz pero la pared estaba pintada de verde. ¡Maldita sea mi suerte! (así se lamentaba su abuelo). Aquella era la puerta de metal más opaca que había visto nunca.

Tenía que escapar de allí. ¡Cuánto tiempo había pasado desde que el profesor de latín le encerrara en el cuarto de la risa? ¡El muy perro sarnoso! (esto lo decía él). Solo alguien de su especie podía bautizar así aquella sala siniestra.
¿Cuántos años había cumplido? ¿En quién había llegado a convertirse? ¿Qué sitio era aquel? ¿Es que nadie iba a salir a su encuentro en aquel pasillo tan largo?

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