viernes, 26 de julio de 2013

Los árboles azules 28: La cuarta pared

En ese preciso instante, al otro lado del espejo había dos personas que no perdían ripio. Eran rubias, tenían el pelo muy corto y camisetas negras ceñidas. Una, la más joven, llevaba un pareo estampado en tonos fucsia y mostaza, su madre, un pantalón acampanado, también negro, con las costuras a punto de estallar. Eran las Tacón, naturalmente.

-Esa Alondra es el demonio. ¿Pues no se lleva a los niños al sótano? Allí no tenemos pared al otro lado, no podemos ver lo que pasa.
-Tampoco importa mucho, no te preocupes. ¿Qué van a hacer allí dentro? Nada. Tienen un almacén en la parte de atrás y, debajo, una especie de cueva sin ni siquiera luz eléctrica. Mira, ¿ves? Está entrando la policía, eso significa que Bernardo está en la tienda.

-Lo tendrán en la cueva esa que dices. Piensa lo que quieras pero después del dineral que nos hemos gastado para cambiar dos veces la cerradura, hacer la instalación y poner un nuevo espejo sin que se note lo más mínimo, lo normal es que lo hubiésemos encontrado nosotras. Ahora ya no hay nada que hacer.

Egon Shiele - Self Portrait in a Jerkin with Right Elbow Raised (1914)

-Pero  mamá ¡qué ingenua eres! El pájaro ha volado, ya lo verás, y nosotras vamos a encontrarlo cueste lo que cueste. Yo he estado dentro con los instaladores, no tú. A esa trastienda le faltan condiciones para que viva nadie. Y al sótano todavía más.
-Te crees todo lo que nos cuenta Sabino y así nos va. Yo sigo pensando en echarlo.

-Porque te ha convencido Angel, que estará todo lo bueno que quieras, pero no es más que un puto crío. Ni sé cómo te fías de él.

-Más maduro que ese abuelo tuyo, ya es. Lo que cuenta es la cabeza, no la edad.
-¡Chist! Mira.                                                           

Los cuatro tenían la frente pegada al armario del fondo más allá del amasijo de expositores aún por colocar y los brazos sobre la cabeza, mientras una policía con coleta registraba a las mujeres. A Toño no le cacheó nadie, dos muchachos de uniforme, bastante malhumorados, se liaron a propinarle bofetadas, el se defendía dando alaridos y gritando:
-¡Bestias! ¡Cabrones! Os voy a denunciar.

-Jajaja. ¿A quién, tío?
-A vuestros jefes. Se os va a caer el pelo, hijos de puta.

-¡Pobre chaval! –se apiadó Cuca.
-¡Venga madre! Si te descuidas se queda con todo, a mí no me da ninguna pena. –De pronto dio un respingo- Oye, ¿te has dado cuenta de que solo han sacado a las chicas de allá dentro? ¿Dónde se han metido los críos?

Cuca exhibió una sonrisa triunfante.
-¡Te lo dije! Debe haber algún escondrijo que no visteis.

-¡Imposible! Traje a dos arquitectos y era evidente que se las sabían todas, no iban a pasar algo así por alto.
De momento, los presuntos culpables habían quedado libres.

-Vosotros, ahí quietos sin moverse. –Les ordenó el policía más viejo- Cerrad todas las puertas, chicos, vamos a registrar el local.
-Ahora. –estalló eufórica Abril. –Los putos niños deben haberse metido en el váter, ahora es cuando van a cogerlos.

(Continuará)

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