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miércoles, 30 de enero de 2013

Mi almohada y yo

Tras toda una noche comiendo bocadillos de foie-gras, acunados por  música de todo pelaje, empieza a desertar la gente. Esta vez, la reunión ha sido en mi casa. Bultos desfallecidos se arrastran como pueden. Reparto mantas y todos se retiran a dormir. Noto que me tambaleo – y por el alcohol no es, que solo había ginebra y a mi la ginebra no me gusta – pero me niego a recogerme tan pronto. Son las seis de la mañana. Tras la balaustrada, atisbo unas luces rojas, apenas un punto redondo que parpadea a veces. La inmensidad negra bulle sin que apenas se note, el monstruo celeste se retuerce a punto de explotar otra vez. El amanecer es inminente. Una leve franja gris en diagonal y el resto sigue siendo carbón. Solo hay que esperar. Con la libreta en las rodillas y arrebujada en el edredón intento tomar notas. La constelación que relucía en la esquina de la izquierda, cerca del marco, ha desaparecido de pronto, el resto de estrellas dispersas se va apagando también. Un resplandor lechoso, casi imperceptible, se adueña de mi cosmos. Dudo si atribuirlo al amanecer, al mareo o al sueño, muerdo el bolígrafo, todavía no he escrito una palabra. No se me ocurre nada que merezca ese honor, sin embargo, un espectáculo tan bello merece ser registrado. Lo que no se me escapa es la razón de esta mudez mía: todavía no he dormido y mi almohada bruja aún no ha producido su efecto.

Arrojando un leve tono dorado, el horizonte pelea por hacerse notar. Unas manchas azules se superponen al fondo gris, el dorado se hace blanco, el resplandor de la línea más lejana empieza a adquirir consistencia. Lo suelto todo, me quedo con las manos vacías. El día empieza a alzarse por encima de la montaña, al otro lado del mar. Un lunar naranja se posa en el centro del cuadro, se acerca hasta parecerse a una moneda, irradia luz. Todavía no se escucha un solo ruido.  Me espera mi mullido colchón. ¿Qué estoy haciendo aquí?

¿Alguno de ustedes tiene un pacto con su almohada? Yo lo tengo.
  

Todas las noches dejo una infinidad de cuentas pendientes, cuestiones sin resolver, enigmas. Por suerte, el preciso instante en que, aún con los ojos cerrados, recupero la conciencia, todas las soluciones se agolpan dentro de mí, compiten por mi atención, me hacen volver a este mundo de golpe y escucharlas todas para no perder nada en medio del tumulto. Montones de respuestas exigen que las tenga en cuenta, argumentan que, ya que han surgido de la nada para hacerme la existencia mucho más cómoda, no las puedo perder por un mero despertar perezoso. Tengo que adoptar decisiones, remover las neuronas todo lo posible, es decir, recuperar la lucidez en menos de una décima de segundo, no puedo consentir que el letargo continúe porque entonces todo el trabajo se iría al garete. La almohada acabaría abandonándome a mi suerte y además lo tendría merecido.

Por que es ella quien cada jornada recoge mis inquietudes diurnas, las resuelve, y las va introduciendo en mi cerebro otra vez, convenientemente remozadas y con los añadidos necesarios. He de reconocer que casi siempre responde. No se imaginan lo que supone para mí todo esto. Es un alivio que alguien mucho más sabio que tú trabaje mientras descansas para tenerlo todo resuelto. Me considero afortunada y suplico a los dioses que no me abandone nunca.
Claudio Bravo - Chal con flecos
Por eso decía que en este momento soy incapaz de pensar nada. Todavía no he entrado en contacto con esa bruja sabia que es la que pone en marcha mi mente. Pregúntenme dentro de unas horas, cuando haya podido recargarla, denme tiempo.

lunes, 28 de enero de 2013

Los árboles azules 7: Una noche entre gendarmes

El teléfono se puso a sonar exactamente a las 3. 05 de la madrugada. Habrán observado que su timbre, a esas horas, se vuelve más chillón y apremiante, enfadado por haber sido interrumpido en su sueño, reprochando no se sabe qué y urgiéndote para que saltes de una vez de la cama y te muevas a la velocidad de la luz. Escuché la voz enronquecida de Auko.
-Molina...
-¿Pasa algo? ¿Qué has hecho?
-Escaparme de la policía y salir a buscar a Bernardo con Agosto.
-¿Cómo, quién? Pero ¿qué dices?
No había tiempo de explicaciones. Me dio la dirección de la comisaría y cogí un taxi. La noche era como un mazo metálico, impenetrable, helado, que atenazaba la garganta. Ni un solo gesto amable, ni un poco de tibieza en la atmósfera. Solo hostilidad y un frío helador.
Arturo Souto - New York (1957)
En la comisaría nadie quiso explicarme nada. Me preguntaron qué parentesco tenía con Auko y, como les dije que ninguno, casi me despachan en un santiamén. Pero me puse a hablar de la edad de Auko, de que había que tener consideración con ella, les dije que, probablemente, no se atrevía a meter en este lío a sus ancianos padres – y era cierto, todo menos que eran ancianos, pero fue un detalle de mucho efecto - que era una buena chica, algo confundida por esa fantasía suya, que a veces no le daba muy buenos consejos. No quisieron escuchar más, mi discurso les aburría demasiado. Fue un momento decisivo, entonces me preguntaron si estaba dispuesta a pagar la fianza.
-Naturalmente. – respondí como si lo tuviese todo previsto. Estaba implorando a los dioses para que la cantidad estuviese a mi alcance, de lo contrario, Auko no tendría más remedio que agachar las orejas y reconocer que no era capaz de valerse por sí misma. A todo esto ¿qué o quién demonios era Agosto?
La cantidad me pareció asumible incluso para mí, aunque durante los próximos días tendría que prescindir de algún capricho. Auko salió tiritando del interior de un pasillo lóbrego. Todo aquella noche era negro como boca de lobo, la abracé con pocas ganas, ella me cogió de la mano, entramos en el cuchitril del comisario y comprobé que no habían acabado las sorpresas. Sentado con la espalda contra la pared, las rodillas encogidas y un gesto de fastidio infinito, había un chaval de unos quince años que se levantó en cuanto nos vio entrar.
-Este es Julio. - Dijo Auko
Cada vez me sentía más confusa.
-Y Ag…, y Agosto? - Más que confusa, una completa majadera.
El chico sonrió con la mitad de la boca.
-También soy Agosto. Soy casi todos los meses.
-Venga muchacho, - terció un guardia – fuera de aquí. Y deja ya de vacilar.
El comisario me dio la mano, se disculpó por las molestias e incluso me trató de señorita. Esa fue la escena más ceremoniosa que podía concebir aquella infausta noche. No quise hablar con ellos antes de que amaneciese del todo, cualquier confesión suya o comentario mío hubiesen estado envueltos por un asfixiante cerco de pinchos.
El día tampoco amaneció muy amigable. Me costó mucho despertarles y obligarles a hablar. Comprendía que estuviesen rendidos pero tenía que saber en qué jaleo estaba metida. El niño se negó a desayunar, agachó la cabeza para ocultar que estaba llorando.
-Es que han raptado a su padre. – Me informó Auko a media voz.
-¿Qué me estás diciendo’
-Y nosotros tenemos que volver a su casa. Nos están custodiando los polis, no sé cómo no han venido aún.
Aparté la cortina y, efectivamente, de espaldas a la puerta había una pareja uniformada. Ella frotándose las manos, él con las suyas enlazadas a la espalda.
-Vamos, vamos – empezaron a empujarme los dos – Si se enfadan entrarán, y son bastante violentos, es mejor que salgamos nosotros.
-Pero no habéis terminado el desayuno.
Me miraban los dos muertos de miedo.
-Y ¿si salgo y les pido permiso? Acabo de retirar las tostadas.
Arturo Souto - Paris at night (1930)
No quisieron ni probar el café. Salimos. El cielo parecía papel de estaño, el alba lucía como un cuchillo cegador y ponía una capa de escarcha en las cosas. Auko y Agosto iban arrebujados en sus anoraks, enfurruñados como dos niños. Todavía no sabía quién era ese chico ni por qué se llamaba así. Nos hicieron entrar en el coche sin muchas contemplaciones. Vi cómo el chofer rozaba la manga de Auko y alcancé a distinguir entre los dedos de esta un pequeño bulto naranja.
-¿Qué te ha dado? – Le susurré.
-Una gominola.
-¿Conoces a ese chico?
Ella buscó su imagen en el espejo retrovisor, hizo un gesto de extrañeza.
-No lo he visto en mi vida.
Tenía una melena corta color miel y sonreía a espaldas de sus colegas. Me olvidé de él, todavía me atormentaban las preguntas. En cuanto llegamos, la pequeña Rosana se abrazó a su hermano y yo acribillé a Auko, la rebelde.
-¿Me quieres explicar de una vez que demonios has hecho ahora?
Se dio la vuelta con su cara más agria.
-En primer lugar, Molina, muchas gracias por sacarnos de esa ratonera. Y luego... no te consiento que me hables así.
“Encima chula”, pense. Auko, no solo había dejado de ser el emblema, algo infantil, de mi casa de las rocas, no solo se había convertido en mujer. Parecía una persona distinta, autosuficiente, sí, pero también más huraña, menos amigable, una estatua de sal dentro de su urna.
-Ya veo - grazné - conseguiste lo que querías y ahora me echas a patadas. – Sin mirarla, me encaminé hacia el vestíbulo de aquella casa que era un misterio para mí. – Pues hasta nunca. Y mucha suerte.
-¡Espera! – me frenó – Dime cuánto te debo.
-Por mí, puedes ahorrártelo - rugí -. Y salí de allí muy digna con el cuello más erguido que nunca.
(Continuará)

sábado, 26 de enero de 2013

Charlas con Paco Tella: Ponga un inhalador en su lecho de amor


Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com


Cristina y yo comíamos pipas ayer tarde, de espaldas al mar sentadas en la empalizada de piedra. Me explicaba que no es fácil mantener una relación sin altibajos cuando tu pareja está mal de los bronquios. 


- Molina, estoy desesperada. Hace siglos que no me acuesto con Paco. Un día de estos se va con otra y me deja con tres palmos de narices.

Conozco a Cris desde que éramos pequeñas, pero estas conversaciones siempre resultan algo incómodas.                                         

- Yo creo que no deberías preocuparte, todos las parejas pasan por algún bache Después de tantos años de estar juntos la pasión va disminuyendo, es lo normal.

- No es eso. Aunque haga 18 años que le conozco, a mí Paco me encanta. Pienso que se ha conservado muy bien a pesar de todos sus rollos de salud. O que es él y me gusta así por eso. El caso es que le deseo de verdad.

- ¿Le deseas pero te niegas? Pues tenéis un problema, Cris.
- Es por los ahogos. Antes que disfrutar de él, prefiero no perderlo. Cada vez que lo pienso, me quedo sin líbido.
- ¿Le has dicho que es por eso?
- ¿Qué dices? No me perdona ni que lo piense. Si llegara a enterarse...
- ¿De verdad crees que es peligroso ?
- Si, aunque tiene fácil arreglo, dos inhalaciones antes y listo, pero no se puede hablar con él.
- No me lo creo.
- Pues no exagero nada. Ni te imaginas lo susceptible que está con eso. Prefiero decirle que estoy agotada o que me ha sentado algo mal.
- O el tópico de la cabeza. Jajajaja.
- No, porque me obligaría a tragar una aspirina y se pasaría la mitad de la noche dándome la murga. ¿Qué me aconsejas, Molina? No se lo puedo contar a nadie.
- Pues… mira, ahora que lo dices… yo creo que  deberías comentárselo al neumólogo.
- ¡Qué horror! ¿Como voy a hablarle de mis intimidades a ese hombre?
- Tampoco hace falta que le des  detalles.  Le puedes llamar por teléfono ¿no? Pues, yo que tú, le diría que tienes miedo de intimar con tu marido, que necesitáis un consejo, y que prefieres que él no sepa que se lo has dicho. La próxima vez que vayáis a verle él sacará el tema y le dirá lo que tenga que decirle.
- Lo pensaré. De todas formas, menudo plan. Está histérico, la semana pasada me regaló un camisón nuevo. Si no lo miras con lupa no lo ves.
- ¡No te quejarás! Eso es amor.
- Ya, ya. Yo acojonada y él subiéndose por las paredes. Como para no quejarme.

Emil Nolde - Couple on the beach (1903)
 - También podríais ir a un psicólogo.
- ¿Con qué excusa?
- ¿Problemas de pareja?
- Eso es lo bueno. Y lo malo, claro. Que no tenemos ningún problema.
- Pero él cree que sí, él cree que ya no te gusta.
- No sabe qué pensar. Y yo siempre le digo que me encanta, que le quiero, que sigue siendo mi chico…
- ¡Qué bonito!
Miguel Prieto - La siesta
- Precioso. Pero se lo digo cuando vamos por la calle o tengo  la sartén en el gas. En la cama me convierto en una seta.

- Lo dicho. Habla con su especialista. Total… ¿qué pierdes?
- Ya. Puede que te haga caso. Es que no te imaginas lo que es verle  con la lengua fuera cuando ni siquiera me ha dado un beso. Se puede ahogar subiendo una cuesta, así que en la cama…
- Si tú lo dices... Pero el médico habrá visto miles de casos, él sabrá lo que tenéis que hacer.
- Me conformo con que le convenza de que use el broncodilatador. Y de que se esté quieto y me deje hacer a mí. Si hubiera un manual de posturas para enfermos de EPOC...
- Seguro que sí, mujer.

jueves, 24 de enero de 2013

La muerte y la brújula, de Jorge Luis Borges

La muerte y la brújula contiene elementos de los géneros policíaco y fantástico. Pertenece a Ficciones, volumen de relatos publicado en 1944, aunque ya en 1942 había aparecido de forma independiente en la revista Sur.

Antes de leer lo que sigue,  - y teniendo en cuenta que, como es lógico, se adelantarán datos que podrían romper la intriga necesaria para disfrutar del contenido debidamente - sugiero a quien lea estas líneas que utilice el enlace que adjunto. Solo ocupa 7 páginas así que no le robará mucho tiempo:

LA MUERTE Y LA BRÚJULA




Ya en el prólogo a Ficciones, Borges nos da algunas pistas:

"... pese a los nombres alemanes o escandinavos, ocurre en un Buenos Aires de sueños: la torcida rue de Toulon es el Paseo de Julio: Triste-le-Roy, el hotel donde Herberte Ashe recibió, y tal vez no leyó, el tomo undécimo de una enciclopedia ilusoria. Ya redactada esa ficción, he pensado en la conveniencia de amplificar el tiempo y el espacio que abarca: la venganza podría ser hereada: los plazos podrían computarse por años, tal vez por siglos; la primera letra del Nombre podría articularse en Islandia; la segunda en Méjico; la tecera, en el Indotán. ¿Agregaré que los Hasidim incluyeron santos y que el sacrificio de cuatro vidas para obtener las cuatro letras que imponen el Nombre es una fantasía que me dictó la forma de mi cuento?"
J.L.B.

Como en Borges todo está perfectamente calculado y milimetrado, es imprescindible aislar los dos elementos básicos que articulan la trama: el triángulo y los espejos. Una veces se presentan de forma independiente y otras interactuando entre sí. El primero de los triángulos está integrado por personajes: el comisarioTreviranus, el detective Lönnrot y el asesino (Red Scharlach). Ellos conformarían los vértices, las líneas que los unen estarían integradas por los cadáveres, cuya relevancia desde un punto de vista estructural es menor, y por el resto de personajes secundarios. Uno de ellos, y fundamental, el periodista que transcribe la visionaria hipótesis informando así al asesino y contribuyendo con ello a la ejecución de su perverso plan. Para ello, este ha de asimilar parte de la erudición de Lönnrot, con ella construye la red que le atrapará sin vía de escape posible.

La afición de Borges por la literatura - no solo como autor y consumidor de ella, también como gran inventor de obras ficticias que pululan en abundancia por sus páginas - revela una enorme nostalgia por la acción. Aquí establece una disyuntiva entre realidad y fantasía y, como en otros de sus textos, apuesta por la primera. Viene a decirnos que, por encima de la especulación, está la auténtica vida. Él siempre lamentó no haber sido un aventurero. Reflejar lo mundano, lo barriobajero, lo abyecto en sus escritos fue su forma de resignarse.

En contra de lo que se intuye al principio, aquí la razón la tiene el rutinario y superficial Treviranus. Si Lönnrot le hubiera hecho caso se habrían ahorrado casi todos los crímenes (pero, claro, tampoco tendríamos historia). Podemos advertir fácilmente que solo el primero de ellos es ajeno a la actuación del detective. El empecinamiento de este por intelectualizar comportamientos, por dotarles de un sentido esotérico, acaba pervirtiendo la realidad. Es él, realmente, quien, con su delirio, provoca las otras dos muertes y facilita la suya propia. Aquí la literatura juega un papel negativo - recordemos el Quijote - ya que onnubila la razón y acaba desencadenando la tragedia.


Un giro radicalmente novedoso en las tramas detectivescas de siempre consiste en que el investigador no descubre el plan del asesino sino justamente al contrario. Es este quien se introduce en la mente de aquel y se adelanta constantemente a sus hipótesis. El que actúa como sabe que el otro espera de él. De esta forma consigue armar su trampa y atraparle. Es el ratón asesino quien caza al inocente gato contrariando el esquema narrativo convencional, el que espera el ingenuo lector. Cuando la futura víctima viaja hacia el hotel, no solo no imagina que allí le está aguardando el criminal, supone, incluso, que será él, Scharlach, quien, con toda probabilidad se tope con la muerte. En esa astuta paradoja consiste el engaño, la sorpresa y parte del encanto de esta pieza y de otras muchas de Borges.

Tres asesinatos cometidos el tercer día de meses consecutivos. Pero el triángulo reflejado en el espejo se convierte en rombo, presagiando un cuarto crimen y causando la muerte de quien ha provocado el reflejo. De esa forma lo convierte en suicidio involuntario, un suicidio extraño ejecutado por manos ajenas. Los rombos se multiplican adoptando todas las formas posibles: reflejados en la pared, estampados en el atuendo de los arlequines, dibujados en el cielo que un Lönnrot moribundo atisba tras la ventana, quizá por interposición de una vidriera. El caserón donde tiene lugar la última muerte está colmado de elementos simétricos. La geometría exterior, la espacial, no es más que un reflejo de otras dos: en primer lugar, de la psicológica, es decir, de los procesos que tienen lugar en el interior de cada uno, pero también, cómo no, funciona como indicio de lo que ocurre, como articulación de pistas que desvelan realidades ocultas; en este caso, la serie de crímenes. Geometría espacial, fenomenológica y psicológica. Ya tenemos un nuevo triángulo.

La literatura nunca es la solución, viene a decirnos Borges, pero sí un consuelo y un refugio. Por eso, hace morir a Erik Lönnrot ausente de sí mismo, ignorando el dramatismo de la situación que atraviesa, ocupado como está aún en la solución del enigma. Una envidiable manera de abandonar este mundo y, sobre todo, muy poco trágica.

martes, 22 de enero de 2013

Melancolía (Melancholia), de Lars von Trier (2011)

El fin de la existencia, el modo en qué se producirá y cuándo – ya sea la propia muerte, el ocaso de la humanidad o la destrucción del planeta en su conjunto –, constituye una de las preocupaciones del ser humano de todas las épocas. En lo que concierne a esta última, el género más habitual para volcar las especulaciones generadas es la ciencia-ficción (literaria, cinematográfica o ambas compartiendo argumento). Pero el autor de Dogville y de tantas otras creaciones memorables tiene la virtud de encontrar siempre la cara oculta, la faceta insospechada, la inverosímil relación entre dos elementos y dejarnos pasmados una vez más. Melancolía es uno de los films que, como casi todas las suyos, más dio que hablar la temporada de su estreno. En un tiempo y lugar indeterminados, el anuncio del inminente acercamiento de un planeta con ese nombre produce reacciones diversas. Unos se sumen en la incertidumbre, a otros les invade una zozobra total y a alguno más el acontecimiento le resulta indiferente. Pero no es solo la amenaza de la destrucción del mundo lo que siembra la inquietud en el espectador sino, sobre todo, la forma indirecta y elusiva de proponerlo. Porque lo que se nos cuenta – en dos  fases y partiendo la mirada de dos personajes diferentes – empieza siendo una cosa para transformarse en otra muy distinta.
Von Trier agrega elementos de ciencia ficción a un film que no pertenece al género. Y, quizá contrariando la lógica narrativa consagrada por la costumbre, el experimento funciona de verdad. Está comprobado que poseer una visión racional y coherente de las cosas no produce necesariamente obras maestras, al contrario, estas suelen surgir de la mente más excéntrica, la más caprichosa, la que mantiene los comportamientos más arbitrarios. Aquel que suele carecer de mapas y brújulas que le ayuden a orientarse convenientemente en el día a día es capaz de mostrarnos otros caminos menos obvios, de iluminarnos sobre realidades complejas y, a menudo, abstractas y poco evidentes. ¿Se pueden ejecutar obras maestras y seguir siendo un perfecto ignorante de cómo funciona el mundo? Parece que sí. El genio puede tener dificultades para resolver la acción más elemental de la vida cotidiana o ser incapaz de conducirse de forma adecuada en sociedad, a veces puede causar escándalo con opiniones tan absurdas y ofensivas como innecesarias. Es lo que ocurrió con el exabrupto pro-nazi pronunciado por el realizador en el festival de Cannes de ese año, que tanto puede estar motivado por un afán compulsivo de llamar la atención – lo que, a estas alturas de su carrera, sería una solemne estupidez – como por un completo desconocimiento del suelo que pisa. En cualquier caso, nada que le ayude a presumir de buen juicio.
Sin embargo, sus resultados son excelsos. Mediante imágenes tan bellas como poco realistas – aunque eso es lo de menos porque lo comunica es mucho más auténtico que cualquier reportaje fidelísimo – construye una especie de parábola apocalíptica en medio de un escenario fantástico. Si un planeta choca con la tierra nunca lo veremos acercarse y menos aún aparecerá con un aspecto similar al de las fotografías tomadas por satélite. Melancolía es el nombre del planeta furtivo, por melancolía se conocía a la depresión en otras épocas. Las actitudes son a menudo más propias de un baile o de un posado artístico que de personas en movimiento. Tampoco es muy verosímil, desde un punto de vista literal, defenderse de un choque planetario construyendo un refugio en forma de cono con unas pocas ramas unidas por el vértice, – para colmo en los jardines de una gran mansión de la que el pánico les ha hecho huir – ni medir la distancia del amenazante cuerpo celeste con un aro de alambre torcido torpemente a mano. Y, sin embargo, esos personajes unidos en la demencia nos resultan más cercanos de lo que sería previsible pues, si el ser humano adopta con frecuencia comportamientos absurdos, cuando está aterrorizado, más aún.

Y hablando de personajes he de destacar el trabajo que realiza von Trier con las protagonistas de sus films. Supongo que puede considerársele un gran director de actores. La importancia que otorga a las mujeres en el desarrollo de sus tramas es innegable. Pero, en mi opinión, hay más: la firme voluntad de encontrar, para cada una de sus obras, el rostro perfecto y único que encarne al personaje principal y de que su interpretación ofrezca numerosas facetas, todas ellas de un brillo cegador. En este caso se trata de Kirsten Dunst, en otros fueron Nicole Kidman, Björk etc. No es un secreto la enorme carga emocional que pone en sus manos, el esfuerzo que sus desmedidas exigencias  ha supuesto para cada una de ellas, los altibajos en el proceso de rodaje, el arrepentimiento por haber accedido a exponerse de esa forma ante el público y ante ellas mismas, incluso en algún caso la decisión de abandonar. Dunst aparece magnífica – también, indiscutiblemente, por mérito propio – en el papel de depresiva crónica que ni disfrutar de su propia boda puede y cuyos constantes altibajos de ese día fastidian a los invitados y acaban colmando la paciencia del novio. Cada gesto, actitud, ademán, movimiento, parpadeo, mirada, están milimétricamente medidos para que el espectador la crea y se ponga en su piel. Por otra parte, el personaje vive de tal forma desde el interior de sí mismo que nada externo puede dañarlo. Por eso, todos menos ella se ven conmocionados cuando presienten la catástrofe. El generoso cuñado el que más, ya que es el que ha puesto todas sus esperanzas en la contemplación del espectacular fenómeno, también el que ha intentado apaciguar temores y estimular la ilusión de los otros, aunque al único que consigue convencer es al niño.

En general, la considero una obra hermosa, sugerente y repleta de aciertos pero fallida en su conjunto, – en absoluto a la altura de la perfecta sinfonía trágica que es Dogville, ni de Bailando en la oscuridad, ni siquiera de El jefe de todo esto, (no hablo de Rompiendo las olas porque no llegó a impresionarme, puede que no estuviese preparada todavía para enfrentarme a los abstrusos mecanismos mentales del director) –. Sin embargo, la recomiendo ya que, indiscutiblemente, podemos situarla por encima de la mayoría de las que hemos encontrado en cartelera, la temporada de su estreno o cualquier otra.

domingo, 20 de enero de 2013

Don Rufo bufa: Hay otros mundos pero están en este (Vampiros, zombis y fantasmas)

No hay duda de que existen los vampiros, pero si no existiesen habría que inventarlos porque la vida sin ellos no tendría emoción. ¿Qué sentido le encontraríamos bajo un cielo en calma chicha, sin nubarrones, chubascos, ventiscas, diluvios, maremotos, borrascas o rayos divinos amanazando con partir en dos al incauto? ¡Desengáñense! Sin ríos desbordados inundando pueblos y cultivos, o terremotos derribando edificios a diestra y siniestra no podríamos soportar los bostezos. Cuánto más agitado, vulnerable, incierto y precario más divertido es el planeta.

No, no pierdo de vista a los vampiros, esas criaturas perversas que nos acechan constantemente para alimentarse de nuestro fluido vital. Su presencia quizá no sería indispensable pero parece ineludible de momento y con eso es más que suficiente. Están ahí desde hace tanto que ninguno los vimos llegar y hay que hacerse a la idea de que piensan quedarse ad infinitum a no ser que alguien lo remedie. Por desgracia, esta variedad carece del halo romántico adjudicado por la tradición cinematográfica.
 
Jheronimus Bosch - El mundo antes y después del diluvio
El vampiro moderno (y real) no exhibe ningún comportamiento amoroso, no habita en mansiones misteriosas de tiempos previos a la luz eléctrica, tampoco acecha al ama de llaves con ánimo de colarse al menor descuido en la alcoba de la bella primogénita. Ni siquiera es alto y guapo, de modales aristocráticos y guantes de seda. Ni usa gomina,  aunque puede que alguna vez vista esmoquin. El ejemplar clásico era un seductor nato. El que hemos de soportar ahora concentra su energía en hacer parpadear paneles repletos de cifras enormes, eleva intereses y primas de riesgo, produce hecatombes financieras y destruye ilusiones y proyectos sin que ni siquiera le veamos la cara.
 Por el momento, se ha vuelto omnipresente en nuestras vidas. Parece omnipotente también pero yo le he encontrado un talón de Aquiles. A pesar de su buena facha innegable necesitan el amparo de otra presencia. ¿Qué cual es? La de los fantasmas, naturalmente. Sin ellos, los vampiros no podrían sobrevivir. Esos seres paliduchos, ubicuos y algo viscosos juegan un papel esencial en el asunto. Ellos son los cómplices que miran indolentes a otro lado mientras los vampiros hacen de las suyas. Los que prometen avances y acaban vaciándonos los venas para que los vampiros engullan satisfechos todo el líquido que han podido extraer, los que se sacan leyes de la manga dejándonos cada vez más indefensos, los que prometen que van a adoptar medidas justas y acaban ejecutando las contrarias. Son mentirosos como todos los fantasmas, sepulcros blanqueados, clientes del disfraz que solo saben vivir de apariencias.

¿Qué pintan los zombis en todo esto? Muy sencillo. Los zombis somos nosotros. Sí, también usted. El sufrido consumidor (que ya apenas consume) y productor (cuando le dejan) continúa recibiendo todos los palos pero ya apenas puede sentirlos porque se está convirtiendo en un muerto viviente. Ni siquiera le dejan levantar el país, a él solo, con sus propios brazos. Puede ser que, a esos que tienen las venas a punto de reventar de tanto plasma requisado, les parezca más rentable que se hunda.

¡Arriba los vampiros! ¡Salud a los fantasmas! ¿Larga vida a los zombis?

viernes, 18 de enero de 2013

Don Rufo bufa: Demócratas de boquilla

Cada día miro a mi alrededor, escucho las noticias, leo la prensa, hablo con la gente y no me gusta nada lo que veo. Es un hecho que – excepto a la minoría que se está forrando con la excusa de la crisis – a ninguno contenta este paisaje. Pero a esos tengo la suerte de no conocerlos, la esfera en la que se mueven es inaccesible para la gente común y mejor que sea así porque el hedor se adivina insoportable. Aunque parezca mentira dadas las circunstancias, la mayoría de la gente nunca ha pretendido nadar en oro. El síndrome del Tío Gilito es, por fortuna, minoritario. Lo que de verdad me preocupa desde el punto de vista social son actitudes, como la abulia, que se extienden por todo el tejido hasta convertirse en parte de él. Es cierto que la cultura del pelotazo – hermana menor del síndrome que he mencionado antes – se generalizó desde principios de los 90 y sus efectos se han ido incrementando hasta llegar a este estado crítico en el que muchos han empezado a replantearse sus certezas de siempre. Puede que nos estemos volviendo más conscientes, más solidarios, más humanos, más comprensivos, pero nada de eso basta. Es preciso reflexionar de una vez por todas sobre lo que significa la palabra democracia. Hay que tener en cuenta que – además de un derecho – es un valor que este país acaba de estrenar hace (solo) algo más de tres décadas y que, todavía, como colectivo, nos hemos de acostumbrar a manejarlo. Algunos objetarán que en este preciso momento, cuando las decisiones las marcan otros países, e intereses supranacionales pretenden imponerse con urgencia, cuando la presión sobre nuestras economías parece venir de otro sitio, cuando nuestros políticos parecen no pintar nada en este juego perverso, no es el mejor momento de pensar en ideologías, ni en urnas, ni en asignar poderes a unos u otros de los personajes de nuestro maltrecho panorama nacional.

Salvador Dalí - Pesca del atún
Y yo digo que nunca ha sido más necesario que ahora. Porque solo habrá democracia si creemos en ella. Todavía quince o veinte años después de la muerte del dictador – sí, sí, casi hasta principios de este siglo –, aunque no hubiese motivos, la gente tenía miedo a hablar de política. Poco a poco, todos, menos aquellos a los que el cambio de régimen les sobrevino cuando ya tenían una edad, fueron eliminando esas trabas. Por fin se podía pensar en voz alta sin miedo a ser delatado por cualquier chismoso con ganas de agradar al poder. Fue precisamente entonces cuando se empezó a propagar el bulo de que los tiempos de la confrontación política habían terminado, que los términos izquierda y derecha ya no significaban nada, que se habían quedado obsoletos. Hasta los propios partidos empezaron a conducirse guiados por esa convicción. Sin embargo, el liberalismo más extremo – ese que llama crisis a la estafa que ha perpetrado – se estaba adueñando de la economía y nos estaba convirtiendo en rehenes sin que llegásemos a percatarnos. Habían conseguido convencernos de que las leyes del mercado nos beneficiaban a todos, de que lo inteligente era no intervenir en el juego financiero, no comprendíamos que esto es así hasta que todo el tinglado cae por su propio peso porque los que sujetan los hilos, una vez conseguido el objetivo y en cuanto la sociedad en su conjunto les deja las manos libres para perseguir sus intereses a toda costa, van a priorizarlos por encima de todo, incluso por encima de ese ultra-liberalismo al que tanto invocaban como si fuese un dios inviolable. Ahora, como niños malcriados, han tenido que recurrir a papa-estado y no han sentido ninguna vergüenza de renegar de sus, hasta ahora, inamovibles principios, los que, mientras convenía, habían constituido – siempre según ellos – la indiscutible panacea que nos aseguraba una convivencia pacífica y una economía saludable.
Pero se nos han caído las vendas y hemos visto que todo era una trampa. Y ya no hablo de la corrupción generalizada, que nos invade como un cáncer putrefacto desde todas las esquinas y a la que nadie parece querer poner coto. Haciendo abstracción de esto –aunque en momentos como este parezca poco menos que imposible – resulta evidente que los engranajes del mecanismo igualitario son muy distintos de los que dan prioridad a las ganancias sin interesarse por las consecuencias. Los vocablos izquierda y derecha continúan estando vigentes – por encima de intereses de partido y de luchas por el poder – porque no es lo mismo plantearse como objetivo construir una sociedad igualitaria que perseguir el lucro por encima de todo, caiga quien caiga y destroce a quien destroce. Estamos aprendiendo que el económico es una modalidad más de conflicto bélico y que, en este campo de batalla, la gente de a pie carecemos de armas para defendernos. El trampolín siempre acerca el capital a las mismas (y escasas) manos y las arcas – privadas y públicas – van vaciándose alarmantemente. ¿Hasta cuando? ¿A dónde va a conducirnos todo esto?

Peter Brueghel el Viejo - Censo en Belén
Por eso hay que entender de política. Y si no nos convence nada de lo que tenemos, fabriquémonos otros referentes. Refugiarse en la apatía, por muy de moda que haya estado durante décadas, no deja de ser signo de una irresponsabilidad enorme. Cuando la gente arruga la nariz y reniega de la política  está renegando de sí misma. Porque una cosa es el tejemaneje, las escaladas, las medias verdades – lo que yo entiendo por politiqueo para poder distinguirlos claramente – y otra muy distinta la administración del patrimonio de todos, el establecimiento de una escala de valores, la fijación de objetivos comunes y normas de convivencia, la eliminación de obstáculos, el derribo de prejuicios absurdos. Esa es la verdadera política, una señora mucho más atractiva de lo que han querido hacernos creer. Por eso, deberíamos mantenernos informados, ir a votar, sí, aunque también esta acción haya acabado por desacreditarse, pero sabiendo qué es lo que hay. Enterarnos de qué es de verdad lo que se cuece por debajo de las apariencias, leyendo, conversando, de la forma que sea, aunque eso suponga un esfuerzo adicional, porque nos debemos a nosotros mismos y al resto de nuestros conciudadanos decidir con conocimiento de causa. Lo contrario es caer en la artera trampa tendida por aquellos que sí votan siempre y que saben perfectamente a quienes deben elegir en cada ocasión. Si despreciamos la única (y valiosísima) herramienta que la historia ha puesto en nuestras manos para influir en el curso de los acontecimientos lo habremos perdido todo. Y no será fácil volver a recuperarlo. Hace cuarenta años nos lamentábamos por no tenerlo, apreciémoslo en lo que vale, no nos escudemos, repito, en que lo que existe no nos convence. Si tenemos que modificar ideologías obsoletas, buscar nuevos representantes, construir un damero nuevo en el que extender nuestras fichas, hagámoslo. La pasividad nunca ha servido para nada. Las manifestaciones y huelgas están muy bien pero siempre como complemento. Por mucho que cueste admitirlo, está más que comprobado que nunca han resuelto nada por sí mismas.
Demos un paso más. Atrevámonos a ser demócratas.

miércoles, 16 de enero de 2013

Los árboles azules 6: Un empleo poco recomendable

El taller que ha convertido a nuestra Auko en artesana se encuentra al fondo de una calle empedrada, sin salida ni edad, dónde suelen aventurarse los coches que no han encontrado aparcamiento, parejas sin lugar donde recogerse y puede que algún malhechor de vez en cuando. Parece detenida en el tiempo con sus farolas decimonónicas – que antes fueron de gas –, los arcaicos antepechos y esos rótulos desgastados que – junto al enternecedor dibujo de un repeinado dandi que muestra entusiasmado un frasco puntiagudo – anuncian un “específico contra la tos” o un crecepelo garantizado por la rúbrica del famoso doctor Del Sarto. Cuesta adivinar de qué clase de tienda se trata,  pues el cartón que la identificaba aparece corroído dentro de su urna de cristal mostrando apenas unas pocas letras borrosas. Lo mismo ocurre con el tabuco del zapatero remendón, la tienda de ultramarinos, el almacén de corcho, la vieja vaquería.
Auko, cuya transformación continúa su curso, aterriza por allí todas las mañanas. Con su falda de cuadros, una vieja bandolera de flecos y su aspecto de andar perdida por el mundo, sortea automóviles, gatos y cubos de basura deseosa de alumbrar, también ella,  prendas destinadas a convertirse en viejas reliquias. La cría rechoncha que un día salió de mi tinaja es hoy una especie de cirio cuya melena, como una llama tan negra que parece azul, y sus ojos de largas hendiduras sugieren algún antepasado oriental. Ha aprendido el arte de pegar retales de fieltro y ya empieza a tejer con toda clase de puntos, bordar anagramas, fabricar borlas. Sabe que, sea cual sea la labor que le asignen, podrá concluirla pulcramente.
Más allá del astillado mostrador de la tienda, y a través de una puerta abierta a todas horas, puede verse la sala donde las operarias, cada una tras su correspondiente máquina a pedales, se afanan por dar forma a un gorro, unos calcetines, un sombrero, unos guantes. A la derecha, según se entra, está la oficina de Bernardo. Se reconoce por el rótulo de esmalte blanco con la palabra DIRECCIÓN sujeto con tornillos. Debajo está el rectángulo de cristal esmerilado a través del cual se distingue la luz amarillenta de un flexo. Todo resulta tan arcaico, solemne y fuera de lugar, que no puede producir más que nauseas. ¿Qué ladrón en sus cabales se aventuraría en un sitio así,  donde no puede afanar más que polillas y algún que otro alfiler enganchado en la ropa? Sin embargo, los pocos vecinos que aún resisten en aquellas acartonadas viviendas declararán un par de días más tarde haber visto a tres enmascarados. La expresión, según se sabrá más tarde, está fuera de lugar; uno de ellos se había cubierto el rostro con un pañuelo a rayas, los demás llevaban gorra y un mono azul. Pero los viejos tenían derecho a divertirse, jamás habían vivido nada igual, por eso ni uno solo de  los polis les reprochó que fantaseasen a su gusto.
Auko sueña con diseñar las piezas ella misma o con lucirlas en algún desfile. Es un veneno que la ha inoculado su amiga, la oficiala mayor, cuya intención, que repite continuamente como un mantra, no es precisamente pasarse la vida cosiendo. Diseñadoras o modelos les da igual, solo aspiran a una profesión que les garantice una vida de lujo. Pero parece que aquel día de enero la vida tenía otros planes, como suele decirse. Auko fue llamada al despacho y se encontró frente al canoso con bigote y cara de pocos amigos que le tenía sorbido el seso desde que le vio por primera vez. Le preguntó si podía servir de acompañante a una niña enferma.
A Auko, fuera por miedo a ser despedida, porque le daba pena la pobre niña sola en su casa con fiebre o porque su jefe era tan guapo que no podía  negarle algo tan sencillo, no le quedó otra alternativa que aceptar. Pero en cuanto el chofer les dejó delante de la verja empezó a preguntarse cómo el dueño de una mansión de esa clase se conformaba con un negocio tan decadente. Tampoco sabía qué hacía ella en un lugar así, cuando, con solo descolgar el teléfono, Bernardo, o algún criado suyo, hubiese tenido a su disposición cien agencias.
Pero la enferma y, sobre todo, la cocinera, tan aficionada al espionaje como al chismorreo, le explicaron que Bernardo era un tipo desconfiado que jamás contrataba a nadie a ciegas. Solo confiaba en su intuición. Algo debió ver en Auko que le decidió a confiarle a su hija.
Las paredes estaban repletas de armarios altísimos, la niña era una llorona insoportable, cualquier sonido retumbaba como si les persiguiese la caballería. Todo aquello la estaba abrumando. Desde la ventana del cuarto de Alicia veía la hermosa cabeza de Bernardo avanzando al otro lado de un seto, entre arbustos, más allá de una hilera de catalpas. De pronto se oyó un forcejeo y la cabeza desapareció sin más. Las otras se unieron a Auko, una tras saltar de la cama, la otra porque, incapaz de perderse nada, seguía merodeando por el cuarto. Escucharon un coche arrancar bruscamente, luego una especie de oso se acercó con un fardo doblado sobre el hombro izquierdo, lo arrojó en un hoyo abierto en el césped, se fijó en las caras que le estaban mirando y huyó. El fardo resultó ser el chofer, maniatado y amordazado, pero vivo. Lo peor, aparte de la desaparición del dueño de la casa, era que el maleante las había visto de cerca. Las tres se habían convertido en testigos involuntarios del secuestro y, sobre todo, podían reconocer a uno de los cómplices. La policía les ordenó que se quedasen allí, de momento no convenía que las viese nadie. Había que esperar a que el hermano de Alicia volviese del colegio y a que fijasen el precio del rescate de Bernardo. A menos que hubiesen decidido eliminarle.  

Esa noche, acostada en uno de los cuartos de servicio, Auko se vio a sí misma bailando en la cubierta de un yate con un traje de fiesta gris. Bernardo le ofrecía una copa con una aceituna en el fondo y señalaba las luces del muelle, donde tenían previsto detenerse en cuanto empezase a amanecer.
(Continuará)

lunes, 14 de enero de 2013

Ventajas de leer despacio


Jacek Yerka - Valley Ink (2011)
Hace unos años, participé en un coloquio sobre literatura de viajes. El ponente se extrañaba de que prácticamente ninguno de los que estábamos allí fuese un verdadero asiduo del género. La mayoría disfrutábamos de toda clase de lecturas, entre las que figuraba, como por casualidad, algún libro que podría calificarse de tal, pero no podía considerársenos grandes conocedores. No voy a detenerme en aquellos encuentros, solo diré que pecaron de un exceso de documentación e información sobre obras y autores y que les que faltó algún análisis prolijo o, lo que es lo mismo, la variedad nos impidió ahondar en la materia. Cuando, en ese contexto, me preguntaron cómo interpretaba la expresión "de viajes" afirmé que toda lectura, en último término, lo es. A nuestro mentor mi observación le pareció curiosa, la examinó con interés y algo de confusión ya que jamás había considerado ese enfoque. Pero, me pregunto, ¿en qué consiste realmente el diálogo íntimo con un libro si no es en una intensa y placentera (con matices) trayectoria?
 
Jacek Yerka - Dreams (2004)
Sin llegar a aberraciones contempladas por la literatura (como la de Alonso Quijano y - la menos conocida - de Peter Kien, protagonista de Auto de Fe, la magistral obra del gran Elías Canetti), - ampliamente comentada, por ejemplo en este sitio - que,  en realidad y contra lo que pudiera parecer, constituyen un homenaje a la literatura y no una crítica, cuando nos zambullimos en esos universos de ideas e imágenes, estamos, en realidad, afrontando un reto que estimula inteligencia, sensibilidad, imaginación y hasta voluntad, que amplía horizontes y elimina prejuicios. Exactamente lo mismo que un viaje. Y todo viaje, para que sea de verdad productivo, ha de ser pausado, ofrecer la posibilidad de detenerse a husmear en costumbres, lugares y objetos, de escuchar y observar a conciencia, reposándolo el tiempo preciso para asimilar la experiencia recibida. 

Libros o lugares, tanto da. Ambos merecen detenimiento. Es absurdo recorrer con prisa espacios y páginas, pues ¿para qué hemos llegado hasta allí? Si no sabemos disfrutar de ellos es mejor quedarse en casa, no pensar ni en hacer el equipaje, no visitar la librería, no soñar...

Jacek Yerka - Dream World (2009)

No hay nada como poder reflexionar sobre la marcha, pararse para recrear una escena, retener una cantidad de información razonable, detenerse cuando llega la fatiga, incluso alejarse de la trama los momentos de mayor tensión - como es costumbre en los  telefilms - para mantener la intriga durante algún tiempo y regresar con mayor avidez si eso fuera posible.  Incluso subrayar, tomar notas a lápiz en el libro, anotar las impresiones, comentarlo con quien se pueda.

Todo eso significa leer dialogando con el texto, pues este es un lugar por recorrer pero también un amigo en quien confiar. Y no hay nadie más discreto que los libros.

sábado, 12 de enero de 2013

Charlas con Paco Tella: Tu Club de mi Comedia

(O de como el mundo entero sabe lo que me pasa mucho mejor que yo mismo)

El sábado pasado Paco fue el artista invitado en el centro cultural del barrio y el domingo repitió su actuación en el Pachuli, un club que abrieron tres franceses en los bajos de un edificio en rehabilitación y que ha estado de moda hasta hace poco. Ahora está de capa caída y todo el mundo sabe de quién es la culpa. De la crisis, sí. Desde hace ya muchos meses, los clientes de siempre entran sin pagar, los artistas trabajan gratis y el mantenimiento se ha puesto en manos de la divina providencia.

Cris me manda el vídeo por vía electrónica. Pongo en una bandeja todos los dulces que encuentro por casa y una gran jarra llena de café, coloco todo en la mesa baja y, mientras pasan trozos de la actuación de un grupo local que estuvo por la zona el verano pasado, me entretengo en mullir los cojines. La grabación es un desastre. Primero se ve un escenario borroso. Según se va acercando, la imagen se vuelve algo más nítida. Aparece Paco en primer plano inflando los carrillos y poniendo los ojos en blanco.

-          Bon soir. ¿Soir? ¿Suar?

Risas contenidas.

La cámara se aleja, Paco se encoje de hombros y empieza a pasear de un extremo a otro. Ignora a los espectadores, parece estar concentrado en sí mismo. No se oye un suspiro. Cuando llega al punto de partida, se para de repente, da un cuarto de vuelta y se queda mirando al público.

-          Soy un tipo incomprendido – exclama. – ¿Saben por qué? Todos se creen que tienen que darme lecciones. Cuando iba al cole había un profesor... - se pone bizco - No, no me voy a ir tan lejos, a ver si los voy a perder a la vuelta de algún lustro.

Silencio. Alguna risa nerviosa al fondo.

-          Cuando mi hijo Raúl tenía tres años, lo llevamos a que viese los Reyes Magos y el coche se paró de repente. Mientras llamábamos a la grúa, al chaval se le ocurrió mearse encima, probablemente del susto. Así que, una vez acabé los trámites, me encontré cogiendo el autobús, en pleno mes de enero, con un niño empapado al que tuve que quitar los calcetines para que no se le congelasen en las piernas.  Ustedes sabrán por experiencia que si te da un vahído, aunque tengas diez personas dándote codazos, no te mira ni dios. Pero ¿han probado a subirse con un niño sin calcetines, en pleno invierno, a un autobús lleno de gente? Háganlo. Todos se sentirán obligados a informarte de que el niño que arropas bajo tu abrigo va prácticamente desnudo. Me gustaría saber que les pasa por su mente retorcida: si piensan que estás ciego, que eres tonto, que te has caído de un guindo... 

Había que ver a Paco dar vueltas a los ojos mientras agitaba rápidamente la punta de la lengua. El público se retorcía de risa

-          Disculpe, señora, no me había dado cuenta, menos mal que usted se ha fijado.

Paco toma aire, sube los hombros y baja la cabeza esperando a que cesen las risas. Me sirvo más café.

-          ¿Saben? A mí... a primera vista no se me nota, pero no respiro bien. Hablo completamente en serio. Esto me pasa porque he sido un gran fumador. A veces me dan ataques de tos en público. – Pausa – No teman, hoy ya he chupado el caramelo de menta.

Murmullos.

-          Es broma. Por lo general, necesito algo más fuerte pero si salgo de casa es que el asunto está controlado. Siempre que el ambiente no sea agresivo, como aquella vez en el metro. Alguien se había puesto un perfume carísimo, debía oler como los ángeles pero yo no podía resistirlo. Empecé a toser. Un minuto, dos, diez. No se me pasaba. Al principio intentaba aguantarme pero estaba a punto de reventar.  Había una mujer a mi lado y se creyó en el deber de darme un consejo. Es mi destino. Sí.

Pausa.

-          Me dio un susto de muerte. Estaba yo tosiendo tan tranquilo y de repente empezó a chillar como si hubiera visto una rata. "Suba el brazo, suba el brazo".

Ahora, incluso yo empiezo a reírme al mismo tiempo que el público. La voz de pito de Paco es irresistible.

-          "Suba el brazo, que suba el brazo le digo. Soy enfermera y sé perfectamente lo que tiene que hacer". Debía querer que me disculpara, o algo así, por no seguir sus instrucciones. Se-e-e-ñora que me estoy muriendo. ¿Quiere que se lo diga? Pues no puedo, cojones, tendrá que adivinarlo usted solita.

Primer plano de nuevo. Sonrisa alelada de oreja a oreja, la punta de la lengua asomando por una de las comisuras. Bizquea, no bizquea, bizquea...

-          Pongo esta cara a ver si la asusto pero cada vez la veo más enfadada. Creo que estuvo a punto de pegarme porque me ahogaba sin pedirle permiso. A ella que era enfermera. ¡A quién se le ocurre!

Deja caer los brazos y pone cara de resignación.

-          Lo que uno tiene que hacer mientras se ahoga. Ya digo, tengo muy mala suerte. Siempre encuentro alguien que sabe lo que me pasa mucho mejor que yo.

La cámara enfoca caras sonrientes. Luego a Paco mirando con atención.

-          Por fin se calló la buena mujer.

Más risas.

-          Si llego a morirme, creo que hubiera tenido que pagarle una multa.

Aplausos.

-          Y si hubiese tenido solo un poco más de aire, me hubiera gustado... tirarle de las orejas.  Las tenía muy coloradas. 

No han dejado de reír. Paco añade.

-          La pobre...

Este hombre es un humorista nato. ¡Quién lo hubiera dicho! Me sirvo un poco de leche, saco del bolsillo un caramelo de anís.



 -
-          Entro en un bar. Venimos de compras, me acerco a la barra mientras mi mujer se encarga de los paquetes. Doy un paso atrás en cuanto veo a la camarera con el frasco de detergente en una mano y el trapo en la otra, dispuesta a limpiar la vitrina. Me mira con cara de susto. Pero no un susto corriente, me mira como si estuviese a punto de atracarla. “Perdón señorita, – le explico – es que no puedo acercarme ahora porque tengo alergia a los químicos. En cuanto se seque…” “¡Ahhh! – hace un gesto de pánico, vierte medio litro de líquido en la bayeta y se pone a fregar frenéticamente. “Perdón, no lo sabía, ¿eh? Lo siento de verdad”.
          
Los espectadores escuchan con una sonrisa.

-          A esas alturas, – sigue diciendo Paco – yo he retrocedido hasta la mesa, bien alejado del chorro asesino, y mi mujer ha tomado el relevo. En cuanto se sienta en el taburete, la chica vuelve a disculparse. "En serio, no tenía ni idea ¿eh?"

Parece que lo estamos viendo. Paco, convertido en camarera, sostiene con una mano un recipiente imaginario mientras con la otra frota concienzudamente el aire.

-          La muy mema sacude el bote sobre la repisa extendiendo otro chorro generoso. Si no me retiro a tiempo, estaría ya en el otro barrio. “Tranquila, usted no se preocupe”, replica mi mujer, pero no puede evitar mirarla con lástima infinita, mientras la otra sigue arrojando líquido por todas las esquinas que tiene a su alcance. Si continúa con su furia higiénica, vamos a tener que huir de allí.

¿Que no lo sabías? Naturalmente, – pienso, pero me callo porque si no voy a acabar asesinándola  si tuvieras poderes paranormales no estarías vendiendo bocadillos. Y ahora que lo sabes ¿qué pretendes? ¿Acabar conmigo? Sé que es mucho pedir, pero la vida sería mucho más fácil si escuchásemos lo que nos dice el que tenemos enfrente.

Vuelven a aplaudir El público está entregado, con ganas de que vuelva a hacer el payaso pero atento a la historia. Veo caras serias, llenas de simpatía cuando la cámara hace otro barrido general.

-          Y entonces, a pesar de mi mala suerte, un día se me ocurre coger un taxi. Los taxis son veneno para mí, tienen una atmósfera de por sí cargadita, con restos de tabaco sí o sí, de eso no se libra ninguno. Para acabar de liar la cosa, le añaden ambientador creyendo que así se nota menos y terminan de rematar la faena. Lo peor de todo es que nos dirigíamos a un pueblo al que solo se puede acceder por autopista. Ese día iba solo. "Haga el favor de dar un rodeo – le pido al hombre – para que no tengamos que atravesar el túnel. Es que tengo un problema de bronquios y me ahogo, ¿sabe?". El otro, sin inmutarse, suelta lo siguiente: "A usted no le pasa nada en los bronquios, lo que tiene es claustrofobia" Y se queda tan pancho.

He comprendido hace rato que se está escenificando un mitin.  Paco no interpreta: lo vive. Pone una expresión tan cómica, de desesperación infinita… Se escuchan risotadas inquietas.

-          Ya que se mete en camisa de once varas, le hago un resumen de la situación. "Señor, a   mí quien me trata es el neumólogo porque lo que tengo está en los pulmones, si fuera claustrofóbico tendría que visitar al psiquiatra."

Ya se me han olvidado los pasteles, el café, que se ha quedado frío, y casi no sé ni dónde estoy. Veo en primera fila varias bocas abiertas, como si temiesen perder el hilo al cerrarlas.

-          Y entonces – continúa Paco – el fulano se pone chulo y me larga: "Y a mí qué me cuenta. Yo no soy médico". "Acabáramos, le digo, creí que se había doctorado en todas las especialidades y que además era una eminencia. Como ha diagnosticado sin mirarme...”

Aplausos solidarios. Lo que cuenta Paco es cada vez más grave, la gente lo nota y le apoya sin reservas. Eso se ve. 

-          Pero escuchen, ahora viene lo mejor. Resulta que el tipo tenía salida para todo. "Es que mi mujer la tiene. La claustrofobia, digo. Y no pasa nada por eso".

Paco sacude los brazos por encima de su hombro derecho como si estuviera lanzando al taxi por los aires, taxista incluido. 

-          Ahora sí que lo entiendo todo. – arruga la nariz – ¿Porque tenga claustrofobia tu mujer la tenemos que tener los demás?

Risas suaves, de alivio.

Da unos pasos hacia atrás y vuelve a su sitio, como si estuviese recordando algo  que le hace mucha gracia. Al reírse, sacude los hombros. La gente espera atenta, preguntándose por dónde irá a salir.

-          Pero lo mejor con diferencia, lo descacharrante de verdad, la rehostia, lo que se lleva el óscar al mejor guión de todos los tiempos, es lo que me pasó con la asistenta. 

Escucho enormes carcajadas mezcladas con aplausos. Creo que todavía no ha dicho nada gracioso, será para liberar la tensión.

-          Llevaba días notando que cada vez que ella pasaba por allí yo me encontraba fatal. Y, como no creo en males de ojo ni mandangas, supuse que estaba actuando por libre. "Ana Mari, le pregunto como quien no quiere la cosa, ¿ha fumado usted?” Pero la cosa tenía su miga porque el último día que vino llamamos a un médico del SAMUR y trajo una bombona de aerosoles que tuve que aguantar en la boca más de veinte minutos. Claro que lo que ella tardó en confesar fue más del doble de ese tiempo. No le pusimos el foco encima de los ojos porque en casa no tenemos, pero había un poli malo (yo, naturalmente) y un poli bueno (Cristina, mi mujer, que se va a ganar el cielo de la paciencia que tiene). Después de hostigarla sin piedad entre los dos – aunque le hemos explicado por activa y por pasiva que en casa no puede entrar ningún producto que no hayamos supervisado nosotros – confiesa que todas las semanas trae un espray de amoniaco escondido en el bolso. "Lo reconozco. He  sido yo.”

Nos da la espalda a todos y sube los hombros lentamente. Cuando se vuelve, adelanta la cabeza y extiende la mano derecha con gesto cómplice.

-          Les juro que no podíamos creerlo, era imposible que aquello estuviera pasando de verdad. Ni en mis peores pesadillas he vivido nada tan absurdo. 

Caras preocupadas. Entonces Paco parece cargarse de furia e increpa a una asistenta invisible.

-          Pero, tonta de mierda. ¿Qué pretendías? ¿Matarme?

Aplausos comprensivos. Él hace una reverencia y se queda mirando con gesto grave.

-          Muchas gracias.

Las paredes retumban de aplausos. Nadie esperaba esto pero han entendido y lo demuestran.

-          Señores, yo vivo la vida a tope. Lo malo es que mi tope está demasiado cerca, justo  aquí.

Alarga la mano y los aplausos se incrementan. Algunos se ponen de pie para aplaudir con más entusiasmo. Paco se inclina de nuevo y se cierra el telón.

La pantalla queda a oscuras. Recojo la mesa moviéndome como una sonámbula. Siento que floto, como si acabase de salir de un sueño muy largo.


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