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martes, 30 de julio de 2013

CUENTO DE VERANO: El adivino y la rubia (II)

El hombre era largo y moreno, de constitución fina, nariz aguileña y anguloso perfil. Alzó unas manos prolongadas por uñas enormes y levantó de la nada una nube de humo que acabó envolviendo a los dos. Era espeso y denso como una pared e impedía que Maite pudiese ver más allá de la gran esfera en que estaba encerrada. De fuera no le llegaban más que risas contenidas. Estaba inquieta y se rebullía en su taburete.
Arturo Souto - Accordionist (1931)
Luego le alargó una pequeña redoma y le ordenó tomar un espeso bebedizo de color ámbar que parecía agitarse solo allá dentro. Intentó negarse pero el hombre la apuntó con sus largas manos sosteniendo fijamente su vista y, antes de darse cuenta, una llama líquida le quemaba la lengua y bajaba rápidamente por su esófago.
Con la mayor ceremonia, el hindú extendió los naipes que ella había elegido y comenzó a interpretarlos. Entornó los ojos.
-Sé lo que me va a preguntar.                                      
Aún le lloraban los ojos y era incapaz de tragar saliva.

-Ah… ¿sí?                                                     
-No le interesa el amor, el dinero ni ninguna cosa trascendente, usted es mucho más práctica.

-¡Ejem! Bueno…
Intentó sonreír. No tenía más remedio que seguirle la corriente.

-Mañana emprende un viaje. No muy largo. Se va a pasar el puente a Asturias.
-Pues… sí. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Mi hermano?

-Señorita, si conociese a alguien de esta fiesta estaría vulnerando mis principios. Lo he visto aquí, en esta carta.
Maite vio una especie de serpiente enroscada de la que surgía, como flecha quebradiza, una fina lengua carmín.

-Habla muy bien el castellano. ¿Lleva aquí mucho tiempo?
Por el rostro del faquir cruzó una sombra negra, de sus ojos salían rayos, mostraba todos sus dientes.

-¡Si-lencio!
Estaba hecho una furia, aunque enseguida dulcificó la expresión.

-Esa es la que describe el paisaje. Esta otra me indica que no sale del país.
Y le mostró un campanario con un nido de cigüeñas.

-¡Qué curioso! Son unas cartas muy bonitas, me gustaría aprender a leerlas.
-Señorita, si no se lo toma en serio, tenemos que dejarlo aquí.

Maite miró a su alrededor. Se vio encerrada en una especie de bola de algodón en compañía de un tipo que estaba como una auténtica chota. Nada le hubiese apetecido más que salir volando de aquel sitio, pero ahora el adivino tenía las manos arqueadas en torno a su cuello y decidió no tentar a la suerte.
-Claro que me lo tomo en serio. Esto es mucho más interesante de lo que me había imaginado.

Él seguía echando rayos por los ojos. Soltó un aullido:
-¡Miente!

Pero se tranquilizó en cuanto la vio temblar.
-Usted quiere saber lo que va a ocurrir en ese viaje. Se diría que el futuro no le importa.

-No es eso. Es que…

La cortó con un golpe seco en la mesa.

-¿He acertado o no?
-Sí, sí. Me voy a Gijón mañana a hacer un curso de diseño y… es cierto, he pensado en preguntarle cómo me va a ir por allí.

-¡Frivolidades!
-Bueno. Si lo ve así…

De pronto, todo pareció aclararse.
-Usted, no será actor ¿verdad? Estos amigos míos siempre han sido muy bromistas.

-¡Chist! Calle. Concéntrese. Deme las manos.
Se las sujetó con las puntas de los dedos, entornó los párpados y se mantuvo con el torso erguido. Maite se preguntó qué haría si intentaba clavarle esas uñas, tan afiladas como puñales pequeños.

-Conocerá a una mujer rubia.
-No, si ya la conozco. La chica que me acompaña es finlandesa.

-Ella no irá.
-¿Cómo?

-Lo dice aquí. Mire.
Y le enseñó una liebre sujeta de las patas por un gancho.

-Oiga, ¿qué le ha pasado a mi amiga?
La miró como desde lo alto de una torre.

-Eso… no puedo decírselo.

(Continuará)

domingo, 28 de julio de 2013

CUENTO DE VERANO: El adivino y la rubia (I)

Estaba acabando noviembre cuando recibió aquella tarjeta. Maite pensó que estaba invitada a una cena más, de las muchas que se celebraban en el denominado jardín del dios Ra, o lo que es lo mismo, en el de Raúl y Rafa que, como buenos snob –con su punto chistoso imprescindible- habían construido allí un templo egipcio y hasta una hilera de pequeñas pirámides. Ambos eran excelentes cocineros y estaba harta de escuchar que cuando la panda se dejaba caer por allí intentaba almorzar lo menos posible para ponerse las botas a conciencia.
 
Salvador Dalí
Pero no era cierto. Reconocía que los platos habían sido exquisitos, de un nivel culinario fuera de serie, pero tan frugales como los de cualquier restaurante que figurase en la guía Michelín. A pesar de que solía cenar ligero, su estómago gruñía un poco, pero no se fijó en ello hasta después porque en ese momento estaba levitando.

No podía describir su estado de otro modo. El jardín parecía un cuento de hadas nocturno –si tal cosa fuese posible-, salpicado de pequeñas luces en tonos pastel, y las paredes del cenador estaban formadas por rectángulos de cristal enmarcados en forja. Aquello no podía ser más confortable, con ese suave calor procedente del suelo y camareros que iban y venían, empeñados en que nadie sintiese ni el menor atisbo de sed. Pero lo mejor es que todo se estaba desarrollando en su honor. Sin saberlo, había acudido a celebrar su propio cumpleaños.
Le daba vueltas la cabeza, pero aquel era un torbellino feliz. Se sentía como una princesa borracha y eso le parecía maravilloso.

Salvador Dalí
Bailaron. La música no era la apropiada, pero estaba tan bien elegida que daba lo mismo. En eso tampoco se fijó hasta después, seguía sin estar en sus cabales, aunque identificó sin dudarlo a Camarón, Nirvana y Satie, todo en la misma coctelera, dónde, curiosamente, estaba su cabeza también. Sintió cómo alguien batía música con la misma varilla que removía sus sesos. Unas chispas, o burbujas de colores, se elevaban por el aire a ritmo de rock. De pronto, se encontró bailando un vals, su pareja era un larguirucho de pelo lacio y rostro amarillento que no había visto nunca. Más tarde, Raúl golpeó un gong y todo quedó en silencio. Aturdida, escuchó cómo Rafa, subido a la tarima central, anunciaba, micrófono en mano, la intervención de un pitoniso.
 
-Damas y caballeros, mantengan el orden. Será la homenajeada quien inicie la ronda de consultas.

En su confusión comprendió que se refería a ella. La avalancha que avanzaba hacia el extremo izquierdo le abrió paso y se encontró sentada a una mesita de tijera enfrente de un indio con turbante.

-Deme la mano, señorita. Ahora cierre los ojos y escoja diez cartas del montón.
(Continuará)

viernes, 26 de julio de 2013

Los árboles azules 28: La cuarta pared

En ese preciso instante, al otro lado del espejo había dos personas que no perdían ripio. Eran rubias, tenían el pelo muy corto y camisetas negras ceñidas. Una, la más joven, llevaba un pareo estampado en tonos fucsia y mostaza, su madre, un pantalón acampanado, también negro, con las costuras a punto de estallar. Eran las Tacón, naturalmente.

-Esa Alondra es el demonio. ¿Pues no se lleva a los niños al sótano? Allí no tenemos pared al otro lado, no podemos ver lo que pasa.
-Tampoco importa mucho, no te preocupes. ¿Qué van a hacer allí dentro? Nada. Tienen un almacén en la parte de atrás y, debajo, una especie de cueva sin ni siquiera luz eléctrica. Mira, ¿ves? Está entrando la policía, eso significa que Bernardo está en la tienda.

-Lo tendrán en la cueva esa que dices. Piensa lo que quieras pero después del dineral que nos hemos gastado para cambiar dos veces la cerradura, hacer la instalación y poner un nuevo espejo sin que se note lo más mínimo, lo normal es que lo hubiésemos encontrado nosotras. Ahora ya no hay nada que hacer.

Egon Shiele - Self Portrait in a Jerkin with Right Elbow Raised (1914)

-Pero  mamá ¡qué ingenua eres! El pájaro ha volado, ya lo verás, y nosotras vamos a encontrarlo cueste lo que cueste. Yo he estado dentro con los instaladores, no tú. A esa trastienda le faltan condiciones para que viva nadie. Y al sótano todavía más.
-Te crees todo lo que nos cuenta Sabino y así nos va. Yo sigo pensando en echarlo.

-Porque te ha convencido Angel, que estará todo lo bueno que quieras, pero no es más que un puto crío. Ni sé cómo te fías de él.

-Más maduro que ese abuelo tuyo, ya es. Lo que cuenta es la cabeza, no la edad.
-¡Chist! Mira.                                                           

Los cuatro tenían la frente pegada al armario del fondo más allá del amasijo de expositores aún por colocar y los brazos sobre la cabeza, mientras una policía con coleta registraba a las mujeres. A Toño no le cacheó nadie, dos muchachos de uniforme, bastante malhumorados, se liaron a propinarle bofetadas, el se defendía dando alaridos y gritando:
-¡Bestias! ¡Cabrones! Os voy a denunciar.

-Jajaja. ¿A quién, tío?
-A vuestros jefes. Se os va a caer el pelo, hijos de puta.

-¡Pobre chaval! –se apiadó Cuca.
-¡Venga madre! Si te descuidas se queda con todo, a mí no me da ninguna pena. –De pronto dio un respingo- Oye, ¿te has dado cuenta de que solo han sacado a las chicas de allá dentro? ¿Dónde se han metido los críos?

Cuca exhibió una sonrisa triunfante.
-¡Te lo dije! Debe haber algún escondrijo que no visteis.

-¡Imposible! Traje a dos arquitectos y era evidente que se las sabían todas, no iban a pasar algo así por alto.
De momento, los presuntos culpables habían quedado libres.

-Vosotros, ahí quietos sin moverse. –Les ordenó el policía más viejo- Cerrad todas las puertas, chicos, vamos a registrar el local.
-Ahora. –estalló eufórica Abril. –Los putos niños deben haberse metido en el váter, ahora es cuando van a cogerlos.

(Continuará)

miércoles, 24 de julio de 2013

Los árboles azules 27: En la boutique de Alondra

Las chicas habían apartado las perchas y estaban fregando unas baldosas de cerámica color esmeralda que relucían incluso en los trechos dónde el sol de la mañana no alcanzaba a llegar. Los dos cubos retrocedían lentamente hasta al fondo. Toño esperó a que se ocultasen tras las cortinas blancas del probador. Entonces asomó la cabeza e hizo una seña a la mujer de la caja.
-¡Chist! Alo, soy yo.                                                              

-Sabino, ¿otra vez? ¿Qué quieres? Aún no hemos abierto la tienda.
-Este trozo ya está seco. ¿Puedo entrar?                    

-¿Para qué? Ya te he dicho…
Blasco Mentor (1919-2003) - El espejo - Óleo sobre tela (1986)
 Pero Sabino, Toño o quienquiera que fuese, había entrado ya resueltamente y hacía gala de su desenvoltura acodándose en el mostrador y lanzando piropos a diestro y siniestro.

-¡Ole, las chavalas más lindas del barrio!
Mica y Ana, que salían ya, cargadas con los cubos, y estaban a punto de entrar en la trastienda, le acogieron con miradas inquietas y risas estridentes.
-¡Hola Sabino! ¡Vaya! ¡Qué fresco estás hoy!
P’andares salerosos los vuestros!
Alondra lanzó una ojeada fulminante a las chicas.
-Vamos, vamos. Recoged eso que ya es hora de abrir la tienda.
Toño se volvió hacia ella, más zalamero que nunca.
-Bueno, ¿cómo está hoy mi reina? Te sienta de maravilla esa túnica. –guiñó un ojo- ¿Tienes algo para mí?
-Aquí no vas a encontrar nada que te interese y a nosotras nos puedes meter en un lío. Te he dicho mil veces que no vuelvas más.
-¿A mí? Nunca te he oído tal cosa, habrá sido a mi hermano gemelo. Estás siendo muy injusta.
-Déjate de gemelos y monsergas, y sal de aquí. Ya.
Las dependientas se habían quitado las batas y lucían el mismo kimono violeta que la dueña del establecimiento.
-¡Que luzca el sol y vosotras que le hagáis sombra!
Ana, con el pelo azabache recogido en un moño y andares de geisha, se adelantó, agitando el manojo de llaves, para abrir la puerta principal. Al instante, sin que nadie pudiera explicarse cómo, dos niños asustados irrumpieron en tromba, dieron unos cuantos traspiés y fueron a caer a los pies del expositor de bikinis que Mika acababa de instalar. Hubo unos segundos de aturdimiento. Podían ver el pasmo y el temor en los ojos de los críos pero estaban tan consternados que no sabían cómo reaccionar.
-¡Chicos! ¿Qué os pasa? ¿Qué estáis haciendo aquí?
Por primera vez, Alondra fijó la vista en Toño.
-¿Los conoces?
-¡Por supuesto! Son los hijos de Bernardo.
Julio se incorporó sacudiéndose las rodillas.
-Buenos día, señoras. Yo soy Agosto y ella Rosanita.
-Rosana. –Chilló la aludida.
-¡Vaya, vaya! Alguien os ha dicho que papá se había escondido aquí ¿eh?
Julio estrujaba la mano de su hermana mirando fijamente a Alondra. Alguna corriente se estableció entre los dos porque, a partir de entonces, ya no soltó prenda.
-¿Aquí? No, aquí no. Encontramos la dirección del pub donde dicen que estuvo antes de escaparse y hemos venido a echar un vistazo. Está al otro lado de esa pared, -y señaló el enorme espejo que reflejaba la espalda de la jefa- hemos fisgado un poco pero no salía nadie, hasta que ha llegado un hombre con un palo y se ha echado encima de nosotros.
Mica se acercó a ellos, esbozó un gesto maternal.
-¿Tú tienes miedo, niña?
-¡Mmmm!
-Natural. –intervino su compañera- ¿Es que no ves que está temblando?
-Pues venid conmigo, ¿queréis un zumito, un poleo…?
Y los sacó de allí sin más.
Toño se volvió de nuevo hacia Alondra.
-Mira qué casualidad. ¿Dónde han ido a parar los muchachos? Aquí. Ni más ni menos. ¿Quieres explicarme por qué?
-La verdad, no tendría que darte explicaciones, pero tampoco hay ningún misterio. Ya te lo ha dicho él: su padre está encerrado en el pub y los pobres habrán creído que ellos solos  iban a poder liberarle. Nosotras no sabemos nada, es la primera vez que veo a esos niños.
-Estaba.
-¿Cómo dices?
-El papá de los chavales estaba secuestrado en ese local de ahí. Pero ya no. Y me consta que vosotras tres sabéis algo. Más bien mucho que poco. ¿Me estoy equivocando?
En ese preciso momento, un coche de la policía se paró delante de la puerta. 
(Continuará)

lunes, 22 de julio de 2013

La bicicleta verde (Wadjda) - 2012

Aires austeros, pobres y fundamentalistas en esta película rodada en Arabia Saudí donde la mirada limpia de dos niños logra poner una nota de frescura en medio del desértico machismo. Abruma y llena de estupefacción tanta injusticia, aunque ya la podíamos barruntar, tanta desigualdad descarada. Si bien algunos detalles traen recuerdos de otras épocas que muchos no habrán vivido pero conocerán sobradamente de oídas.

El argumento es sencillo. Esa niña que sueña con la bicicleta del título, una ilusión que le está vedada por haber nacido mujer. Pero su deseo no nace de la ignorancia, ella sabe bien dónde se mueve, esos ojos enormes y pizpiretos registran todo lo que ven. Precisamente, el conflicto a causa del transporte se produce en su propio hogar a diario: su madre es profesora y para trasladarse al lejano centro escolar donde ejerce ha de recurrir a un conductor. En aquel país las mujeres no conducen. Junto a este, otros muchos prejuicios van apareciendo con tanta velocidad como contundencia, así como la ternura, ironía e injusticia -y nada mejor que una mirada inocente para ponerlos de manifiesto-,  junto a todo el humor posible para dejar correr el tiempo de la manera más agradable.
Uno de los grandes aciertos del guión consiste en presentar como telón de fondo el conflicto esencial de la trama. Pues, tras las peripecias de Wadjda en su denodado esfuerzo por hacerse con la máquina, hallamos a unos padres al borde de la ruptura. Él aparece ilusionado con su nueva conquista que algún día le proporcionará el anhelado hijo varón, pero el respeto que ella siente por sí misma le impide transigir con una tradición tan humillante.

La niña representa a la generación que viene, la que, idealmente, habría superado esas trabas y a la que corresponderá una vida más satisfactoria en plena armonía con su ambiente; la que, haciendo abstracción del género, podrá desarrollar sus facultades y ser respetada por sus convecinos. Esto, al menos, es lo deseable para tantas jóvenes cuya existencia ha sido sepultada tras un muro de convenciones estúpidas.
 
Perfectamente verosímil la metedura de pata de la protagonista en el concurso, no tanto su resonante triunfo ante unas competidoras con una preparación consolidada. La inocencia y el legítimo orgullo se alían en ella para hacerle confesar públicamente que su esfuerzo no estaba guiado por la devoción. Su objetivo era mundano, sí, aunque legítimo, reivindicativo y simbólicamente igualitario.
 
La hipocresía, siempre directamente proporcional a la rigidez de los esquemas de una sociedad concreta, se personifica en la figura de una de las maestras que, mientras vela por que se cumplan las normas, o se ensaña con dos chicas por su conducta supuestamente indecorosa, o no quita ojo a nuestra Wadjda afeándole hasta el menor de sus actos, mientras sermonea a las alumnas incluso por alzar un poco la voz al considerarla un rasgo erótico en un mundo poblado de oídos masculinos, recibe a un amante en su propia casa nada menos. Pero una vida tan radicalmente hermética enseña a quienes la padecen a aguzar el oído y la vista; en estos casos, todo acaba sabiéndose y la credibilidad de estos individuos –que pululan por doquier y en esta parte del mundo conocemos bien, por desgracia– acaba cayendo en picado más temprano que tarde.
Los actores responden con creces a lo que se espera de ellos, tanto físicamente como con su espléndida actuación. La fotografía muestra una miseria que combina muy bien con la tristeza a que da lugar la marginación, la falta de libertad, la intromisión en la vida privada, la sospecha constante, y que coexiste con la celebración, con la algazara, la sonrisa cómplice, el cariño, dando fe, una vez más, de que la capacidad de adaptación del ser humano es inagotable.
Sin embargo, se intuye cierta dulcificación en lo narrado, no acabamos de creer, por ejemplo, que el dueño del negocio de bicicletas se muestre tan comprensivo ante una postura –la de Wadjda- que no consigue más que atraer la franca hostilidad de todo el mundo. El final, sobre todo, está claramente idealizado: el episodio de la bicicleta acaba bien, quizá demasiado bien para resultar verosímil, aunque responda a los deseos del espectador. Si bien, es cierto, todo continúa igual en el lúgubre barrio testigo de los hechos que se narran.
Una película sobrecogedora que, no obstante, se contempla con una sonrisa. Y puede que ese sea su mayor mérito.
 

sábado, 20 de julio de 2013

Los árboles azules 26: Un as en la manga

 -El muerto soy yo. Como lo oye. ¿A que la he sorprendido?

-Lo que pienso es que tienes más cara que espalda.
-Que no. De verdad, nunca he sido más sincero. Sabino ha muerto. En realidad yo no soy él, solo nos parecíamos físicamente. Bernardo no tuvo un hijo sino dos. No lo sabe nadie, espero que a partir de ahora siga siendo un secreto.

-Ya. Y ¿por qué me lo cuentas a mí?                                                   
-Porque ya no puedo más -se detuvo un instante, me pareció que se le iba la cabeza- No puedo más, no señora. Usted aprecia sinceramente a Auko y me inspira confianza, no dudo de que, a no ser que presencie un hecho delictivo, mantendrá la boca cerrada. Y le puedo asegurar que todo está en orden.

Nos movíamos a toda velocidad. A la izquierda, la cinta azul del Mediterráneo ponía la nota de color bajo un cielo desvaído, entre las ocres dunas circundantes. La brisa que me agitaba el pelo traía un suave olor a mirtos.
-Y tú ¿quién eres?                                         

-Me llaman Toño. Nuestra madre murió en el parto y el médico convenció a la familia de que no habíamos llegado a nacer. Todo el asunto se enterró muy eficazmente, los testigos cerraron la boca, hubo bastante dinero en danza. Aún no he descubierto todos los detalles pero…
El juicio de Salomón - Rafael de Urbino - Fresco - Estancia de la Signatura - Palacio Vaticano (Roma)

-Y ¿ese otro? Hace un rato dijiste que también era hijo de Bernardo.

Encendió un cigarrillo, se diría que estaba ganando tiempo para seguir hilvanando su fábula.
-No se enfade, no era más que una broma. Ángel nunca fue adoptado, se pudrió en un hospicio hasta que cumplió los dieciocho. Se me ha ocurrido porque quería prepararla de algún modo para lo que le iba a contar después.

Me entretuve en limpiar con esmero las gafas, de vez en cuando miraba su perfil de conductor atento. Aquello parecía tener sentido.
-¿Auko sabe quién eres?            

-Ella me conoce como Sabino, cree que hay uno solo, así que el nombre da igual. Pero le consta que sigo vivo, eso sí. Me quiere ¿sabe?
-¿A ti o a él?

-Al que le regaló una gominola guiñándole el ojo, al que le tiró los tejos un día desde fuera de la casa. No al acólito de las Tacón, no a su recadero, no el que buscaba desesperadamente a Bernardo para arrebatárselo a los patanes que se adelantaron a los planes de las Señoras y entregárselo a ellas. Sabino fue el que rescató a Bernardo, pero luego a él lo abatieron a tiros. Antes de eso, vivió en casa de la familia Tacón y viajó con ellos muchísimo. En los últimos seis meses, visitaron Dubai, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Ankara… Sabino también piropeaba a Auko, pero se mostró tan grosero con ella que acabaron por distanciarse. Y, de rebote, lo pagué yo. Ahora intento ganar terreno y no sé cómo hacerme perdonar.
-¿Le has dicho que no sois el mismo?

-No exactamente, eso me lo reservo. Todo esto ya es lo suficiente enrevesado como para poner más lío en esa cabecita. Con un poco de calma cualquiera se hubiese dado cuenta, Sabino era un macarra vistiendo y hablando. Le he explicado que no tuve más remedio que cambiar de personalidad, que representaba un papel delante de las Tacón.
-Y ¿te ha creído?

Se llevó el cigarrillo a los labios, entornó los ojos y expulsó el humo con fuerza.
-Eso lleva un proceso, ¿sabe? En ello estoy.

Me recosté en el reposacabezas.
-¡Bffff! No sigas, me vais a matar a disgustos.

-Lo siento, de verdad. Espero que esto acabe pronto. Denos un poco de tregua.
De repente, caí en la cuenta.

-No parece que hayas sentido mucho la muerte de tu hermano gemelo, la verdad. Ni da la impresión de que en vida la apreciases gran cosa.
Me miró de reojo y esbozó una sonrisa. Hace rato que debía estarlo esperando.

-Nosotros no nos conocimos hasta el año pasado. Empezamos a frecuentar los mismos sitios, a hacer las mismas preguntas, a entrevistarnos con la misma gente. Todo el mundo empezó a sentirse incómodo. Buscábamos por separado a nuestro padre hasta que alguien llegó a la conclusión de que no éramos el mismo, aunque lo pareciese, y decidió ponernos en contacto. Fue una chica, Alondra, quien nos informó de que alguien más estaba tras la pista de Bernardo, y nos presentó a Abril Tacón que, a su vez, nos llevó hasta el cerebro de la trama. Su madre.
-¿Dónde está Auko?

-No lo sé exactamente pero puedo localizarla rápido. En cuanto tenga ocasión, la llevo hasta ella.
-¿Prometido?

-Que me muera ahora mismo si miento.

(Continuará)

jueves, 18 de julio de 2013

El hecho de fumar no es libre porque no es irrelevante

 Por supuesto, nadie es libre de sembrar partículas nocivas simplemente por placer, sin ninguna contribución social. Las fábricas se alejan de las ciudades y cada vez se toman medidas para mayor seguridad pública, los medios de transporte no tienen, ni de lejos, esa peligrosidad y son cada vez más limpios. Ambos, automóviles y fábricas, contribuyen decisivamente a la calidad de vida de nuestros contemporáneos, no responden al capricho de unos cuantos señores que, por otra parte y aunque se nieguen a creerlo, serán los principales perjudicados en un futuro más o menos próximo.

El tabaco produce enfermedades gravísimas que deteriora la calidad de vida de la gene convirtiéndolos en muertos en vida durante muchos años. Es el caso de la EPOC, entre otras.

Valentín Fuster rechaza que fumar sea una cuestión de libertad.

Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com


TABACO
lainformación.com                                                                                                                                        
martes 16/07/13 - 16:48              

Santander (España), 16 jul.- El prestigioso cardiólogo español Valentín Fuster rechazó hoy que el consumo de tabaco sea un asunto de libertad del fumador, alegando a que afecta "económicamente" a la sociedad, a la salud de los que le rodean y es causa "número uno" de mortandad.

Para Fuster, lo prioritario debe ser promover la salud, por lo que dijo que "no acepto bajo ningún concepto, en este caso, el tema de yo soy libre de hacer lo que quiera".
El director general del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), de Santander (norte de España), respondió así a preguntas de los periodistas sobre la posibilidad de que se pueda modificar la ley antitabaco para poder atraer a España inversiones en el sector turístico.

En su opinión, la promoción de la salud es "una necesidad" y "una obligación" no solo de las administraciones públicas sino también de los ciudadanos, y abogó por fomentar los hábitos de vida saludables desde edades tempranas, para que la conducta de los adultos del futuro "sea distinta a la actual".
Por otra parte, el también director del Instituto Cardiovascular del Centro Médico Mount Sinaí, de Nueva York, defendió la "valía" de los investigadores españoles y dijo que en el campo de la investigación en España "se está haciendo mucho", aunque reconoció que "se podría hacer más si existiese la posibilidad económica".

"Tenemos que motivar a la gente joven para que sean los investigadores del futuro y motivar a los niños para que vean la salud como una prioridad", concluyó.

(Agencia EFE)
                 

Puedes leer el artículo  aquí

martes, 16 de julio de 2013

Antes del anochecer (Before Midnight) - 2013

 
Me senté en la butaca con la mente en blanco. Mi amiga se había encargado de comprar las entradas. Pensábamos ver otra película pero la sala dónde se exhibía había sufrido un contratiempo. No tenía ni idea de lo que íbamos a ver. La primera escena, un padre despidiéndose de su hijo en el aeropuerto, con toda su carga de significado, tanto en lo dicho como en lo supuesto, deja al espectador en tensión. La siguiente mostraba otros personajes, un escenario diferente. Me trasladé a Grecia con todos mis sentidos y la trama me abdujo por completo; ya no me moví de allí hasta el final. Después, me he molestado en informarme y he sabido mucho, muchísimo más de esta entrañable y (no obstante) excelente película.
 
Antes del anochecer constituye la última parte de una trilogía que empieza al amanecer de la primera juventud en Viena, continúa al atardecer, nueve años después, en París, y acaba con unos personajes en plena madurez disfrutando de estas islas griegas que hoy día, para el espectador entregado, serán un poco más inolvidables. Recuerdo confusamente haber visto la primera entrega hace muchos años, en vídeo. Me pareció una comedia romántica a incluir entre las ejecutadas con mayor dignidad, entretenida y con cierto significado. Poco más que eso. No me dejó huella. Quizá, y a la vista de las elogiosas críticas que he leído, fuese culpa mía no haberla valorado debidamente. O del soporte. También puede que haya sido mitificada por la pátina del tiempo.

Tendré que ver la segunda. Según dicen, se apoya en la anterior para mejorarla con mucho. La regla de las secuelas vuelve a vulnerarse aquí como lo hizo, sin discusión, en Noveccento y contadas veces más. En aquel caso, toda la producción constituyó un todo orgánico de igual nivel, en este, el producto parece haber madurado espléndidamente. Como el buen vino, como los propios actores y al igual que unos textos que pretenden encerrar la esencia de la vida y de las relaciones de pareja y han sido ideados por seis manos talentosas: la del director y la de los actores protagonistas.
Grecia, la cuna del teatro, alberga un texto, posiblemente más teatral que cinematográfico, y unas actuaciones dignas del local más prestigioso, sin olvidar, que el paisaje supera, con mucho, las posibilidades de la mejor escenografía. Allí, en aquel escenario idílico se desarrolla un episodio bastante significativo de una historia de amor. De las verdaderas, no las de caramelo, entre dos personas que se siguen queriendo después de haber tenido dos hijas y arrastrar tras ellos años de convivencia, parecida a las que cualquiera de nosotros hemos podido vivir, analizada inteligentemente, diseccionada con pulcritud y detalle y representada con una vehemencia y una convicción dignas de la realidad que se recrea y de las personalidades que se van construyendo ante las cámaras.
 

Aunque el diálogo predomina sobre todo los demás, la atención no decae en ningún momento. Porque la intensidad de lo narrado va aumentando progresivamente,  porque los cambios de plano se suceden sabiamente, porque lo que se cuenta es complejo y verosímil, por la coherencia del argumento en sí mismo y con las dos películas precedentes, por la perfecta dosificación de la intriga (que existe), porque está plagado de encanto y maravilla, porque las actuaciones son exquisitas, porque no olvida incluir alguna –interesantísima y muy bien ejecutada- escena de grupo y, sobre todo y ante todo, porque la vida es eso, para bien y para mal.

 
El clímax final se convierte así en la apoteosis, la gran traca; no de fuegos artificiales sino de rayos y centellas, de algo real, natural, tan vivo como el bullir de las cabezas de los que estábamos allí contemplándolo. Y puedo afirmar que era tremendo.
                                                    
 

domingo, 14 de julio de 2013

El último genocidio

¿Cuándo creen ustedes que se produjo el último genocidio? El último genocidio es el que se está produciendo ahora mismo: unos cuantos se están lucrando a expensas de la ignorancia de los fumadores, que siguen creyendo que "no es para tanto". Dejemos de callar de una vez ante esta angustiosa epidemia. ¡Ya está bien de silencio!
 Un artículo que habla bastante claro, algo todavía raro en relación a esta enfermedad que se esconde bajo la manta arteramente. No conviene que el público conozca las terribles consecuencias de fumar porque existen demasiados intereses económicos.
 Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

«Tengo que estar 16 horas conectado a mi máquina de oxígeno»

Dicen quienes la sufren que esta enfermedad es como ir descendiendo lentamente con un paracaídas, porque avanza muy despacio pero no se detiene.
«Es vivir sin aliento. ¡Te cuesta tanto respirar…! Y es horroroso querer hacerlo y no poder. Yo cuando me la diagnosticaron hace 10 años podía subir hasta tres pisos y ahora apenas llego al primero sin pararme a descansar», explica Ernesto González, afectado de EPOC severo y enfisema pulmonar a sus 61 años.
Él es uno del millón y medio de españoles afectados por la Enfermedad Pulmonar Constructiva Crónica, una patología que previsiblemente va a pasar de ser la cuarta causa de muerte en el mundo a la tercera en poco menos de dos décadas. El motivo de su crecimiento, que cada vez se fuma más, señala el doctor Bernardino Alcázar, coordinador del área de EPOC de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) y neumólogo del Hospital de Alta Resolución de Loja (Granada).
Una epidemia
De hecho, y como apunta la presidenta de esta sociedad, la doctora Pilar de Lucas, «las previsiones son que la población española llegue a su crecimiento máximo en 2050 con 53 millones de habitantes y un envejecimiento máximo en 2060, con un consecuente incremento de la población de riesgo. Por ese motivo resulta lógico inducir que vamos a asistir a una verdadera epidemia de EPOC durante los próximos años».
Y aunque es frecuente que se considere una enfermedad propia de las personas mayores, el 50 por ciento de los afectados tiene menos de 65 años y ya desde los 40 puede empezar a padecer sus síntomas.
Si bien esta enfermedad no tiene cura, puede disminuirse el riesgo de mortalidad al abandonar el tabaco y al aumentar el oxígeno en sangre en aquellas personas con insuficiencia respiratoria, el problema es que se estima que hay un 70 por ciento de enfermos que ni siquiera saben que la padecen. La mayor traba para su diagnóstico, como señala el doctor Alcázar, es que las primeras señales suelen ser «poco llamativas» para una persona que es fumadora (principal factor de riesgo de esta dolencia). «Da pocos síntomas, al menos inicialmente, con lo que la persona sigue fumando. Solo cuando llega esa dificultad para respirar es cuando comienza a consultar. Pero tardan en hacerlo también porque se sienten culpables. Creen que el médico les va a ‘reñir’», afirma el experto.
Esos pocos síntomas de los que habla el doctor se traducen en toses, expectoraciones matutinas, con ‘pitos’ o sibilancias al respirar y ya, cuando la enfermedad se agrava, aparece la disnea o ahogo. La muerte sobreviene, en el caso de los pacientes más leves, «por problemas de pulmón o de corazón, y los graves, porque su función pulmonar se deteriora tanto que ya es incapaz de mantener el oxígeno en el organismo, por lo que mueren por la propia insuficiencia respiratoria», añade el doctor.
Cuando el aquejado por esta falta de aire acude al médico de cabecera, este le mandará hacer una radiografía de tórax y una espirometría, una prueba de función pulmonar muy sencilla que está disponible en la gran mayoría de los centros de salud.
Mejorar los síntomas
El tratamiento a través de fármacos broncodilatadores que pueden llegar a mantener los bronquios abiertos durante 24 horas ayuda a que el paciente respire mejor. Junto a estos, también se usan antiinflamatorios, comolos corticoides inhalados, que evitan que el paciente tenga episodios de descompensación o exacerbaciones, que habitualmente son el mayor responsable del deterioro de la calidad de vida del afectado.
Los primeros conviene que sean de acción rápida, ya que las peores horas para un afectado de EPOC son las de la mañana, nada más levantarse. De hecho, la fatiga que sienten es tal que les puede costar un mundo hasta peinarse. Así comienza un día en la vida de uno de estos enfermos, que muchas veces descansan mal por la noche debido a la tos y la expectoración que les despierta de continuo.
Pero, aunque cueste y todo lo tengan que hacer a ritmos más tranquilos que los habituales, deben moverse, practicar alguna actividad física: «No solo les ayuda a prevenir el desarrollo de la enfermedad, sino que les va hacer sentirse mejor al ralentizarla. Por eso les recomendamos salir a comprar, pasear…»
Esta patología no solo provoca síntomas físicos, también psicológicos: «La vivencia de los pacientes gira alrededor de la limitación que les ocasiona su patología y el temor a los accesos agudos. Los enfermos describen un cambio radical en su existencia a causa de la EPOC. Cambia su identidad y su percepción de la vida, tanto en un plano personal como en su encaje en el entorno social y familiar», explica el doctor Jaume Ferrer, neumólogo del HospitalVall d’Hebrón y coordinador del ‘Estudio Antropológico en la EPOC’.
De ahí que muchos muestren síntomas de ansiedad y depresión, sobre todo en pacientes más graves que se culpan en cierto modo de ser una carga para la familia.
Afectación psicológica
Los enfermos de EPOC se sienten forzados a un cambio que perciben como pasar de ser una persona activa a pasiva, aunque muchas veces son ellos los que se sobrelimitan al no querer salir de casa, sobre todo tras haber tenido una mala experiencia con el ahogo.
Pero es que hasta la rutina más habitual se puede convertir en una pesada carga. La ducha, por ejemplo, es una de las actividades más complejas: enjabonarse, agacharse para llegar a todo el cuerpo, levantar los brazos para lavarse el pelo, secarse… Todas estas acciones en su conjunto pueden resultar agotadoras.
La EPOC también puede generar conflictos de identidad, al frustrarse la persona por no sentirse tan completa como antes. Incluso puede llegar a hacerles sentirse avergonzados ante los demás.
Este último junto a otros motivos les hace irse encerrando, porque ya no pueden seguir el ritmo de los otros, y entonces se van dando cuenta de su aislamiento progresivo. Pero es posible mejorar la calidad de vida, y pacientes como Ernesto González lo saben bien: « Todo es saberlo llevar ymentalizarte de que si antes corrías, ahora tienes que ir despacito », afirma.
Y así es. Los pacientes deben ser educados en pautas de normalidad, deben conocer su enfermedad y asumir su nuevo estilo de vida, saber los trucos que les pueden ayudar a sobrellevarla, y es bueno que compartan sus logros o sus malos momentos, de ahí que sea tan positivo asociarse. Y, comodice Ernesto, «el optimismo ayuda ymucho. Hay demasiados enfermos como yo que no salen de casa, pero yo prefiero no recogerme y seguir disfrutando de la vida».
 
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