martes, 20 de mayo de 2014

Pánico en el tour (II)

Íbamos las dos dando tumbos por la rue des Bouchers. Se había hecho muy tarde, todos los sitios estaban abarrotados y nuestros estómagos rugían de aburrimiento. Pero Noelia es la persona más indecisa que conozco: solo le convencían los locales en los que no cabía un alma, a los demás les ponía pegas uno tras otro, metódicamente. Los horarios belgas no son los mismos que en España y estábamos a punto de sobrepasar al límite. Mientras nos asomábamos a un umbral tras otro, empecé a temer que no comeríamos nunca.
 
Fue entonces cuando entrevimos unas manos que se agitaban en el interior de aquel lugar de aspecto lúgubre. En las caras que sonreían animándonos a entrar reconocimos a nuestras vecinas de asiento. Pero no parecían las de siempre, como si de pronto se hubiesen vuelto mucho más tontas o alguien les hubiese hipnotizado.
 
-Hemos conocido a…
 
-Es impresionante, os lo tenemos que presentar.
 
-Ahora viene, ya veréis, es el dueño de esto pero está sentado aquí, con nosotras.
 
.Es español, de Sevilla.
 
-Jaja. Y tiene acento belga mezclado con andaluz.
 
Se atropellaban la una a la otra y no nos dejaban decir palabra. No tuvimos que esperar mucho, enseguida apareció un moreno, alto y fibroso, de espaldas anchas y sonrisa espléndida que nos dio la mano efusivamente al tiempo que solicitaba asientos para las dos, además de la especialidad de la casa, bebidas y todo lo que se le fue ocurriendo. Lo que no se le pasó por la cabeza fue preguntarnos qué queríamos tomar, él lo decidió solo, resultaba evidente que su principal ocupación en esta vida consistía en asumir el mando. Eso sí, al acabar, nos hizo a todas un generoso descuento.
Fernando Botero . Los jugadores de cartas
Prolongamos la sobremesa en un cuchitril minúsculo, los cinco de pie delante de la barra, repitiendo lugares comunes y escuchando las siniestras risotadas de nuestro anfitrión. Noelia y yo empezábamos a hartarnos, los chistes no nos hacían ninguna gracia, tampoco comprendíamos la razón de tanta euforia. De repente, el fulano se puso delante de mí con la decisión que le caracterizaba y me señaló con el dedo.
 
-¡Eh! ¿Eres de las que se asustan por cualquier cosa?
 
-No, -contesté-  estoy curada de espanto, la verdad.
 
Entonces, parsimoniosamente, estiró su dedo índice, el mismo que aún me estaba señalando, y lo coloco en el centro justo del escote de mi casaca, luego tiró hacia abajo con decisión. Fue un gesto brusco y sin trascendencia porque la tela no cede a no ser que se rompa, pero debí ponerme como un tomate de rabia y le miré como si quisiese asesinarle.
 
-Pues sí que eres remilgada tú –musitó- ¡Cualquiera lo hubiese dicho nada más verte!
Pablo Ruiz Picasso - Mujer de Argel
Estaba furiosa, aunque disimulé lo que pude para no decepcionar a las chicas. No dejaba de dar vueltas a la cuestión de mi aspecto. ¿Qué impresión debía causar para que un hombre de mundo como Gonzalo el sevillano pensase que podía bajarme el escote en público? Dudaba si echarme la culpa a mí o echársela a él y se me ocurrió llevarme a Noelia al servicio para preguntárselo.
-No seas boba –me tranquilizó– tu pinta es tan respetable como siempre. Lo que pasa es que está furioso porque le ha salido mal la estratagema.
-¿A ti tampoco te cae bien?
-Pues claro que no. Esas dos deben estar chifladas, ¿has visto como le miran?
Noelia es charlatana e indecisa, pero tiene una sensatez a prueba de bomba y no se la engaña así como así.

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