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lunes, 30 de junio de 2014

El signo de los tiempos


Asistimos a tiempos de cambio y afirmo que ya era hora. Lo que nadie le puede negar a las generaciones que vienen empujando es su derecho a equivocarse. Ya aprenderán como aprendieron todas. Espero que esta vez con más honradez que los anteriores. En un principio conviene ser optimistas.

Insisto, ya era hora. Los actuales llevan demasiado tiempo perpetuándose, no había lugar para el relevo. Los delfines que han colocado los viejos partidos no son más que pepitos grillos de sus mentores. Hay que despojarse de telerañas y empezar de cero con las premisas intactas y una promesa de honradez en la actitud.
 
No importa si lo próximo que se emprenda sale mal o bien. Lo que importa es emprenderlo. Y renegar de ello si se demuestra que no se han hecho bien las cosas. Y empezar otra vez, todas las veces que haga falta, aprendiendo de los errores, colocando a la mejor gente, a la más válida, la más honrada, la más trabajadora, en los lugares donde puede ser más efectiva. El progreso no es tal si no repercute en el conjunto. Eso debemos tenerlo claro.
 
A veces se nos desvela la identidad de alguien por la procedencia de su enemigo. Y en este caso, el lugar de donde vienen no deja lugar a dudas. Ellos mismos se han destapado y son de lo más virulento. Si la corrupción y la desigualdad se siente amenazada, si pretende desprestigiar al contrario, si utiliza la demagogia, el insulto y la mentira, ya sabemos a donde mirar. Y utilizo este verbo a sabiendas. No hablo de seguir ni de aceptar, solo de mirar, de estar atentos, de dar una oportunidad en caso necesario, de utilizar nuestro sentido crítico sin que quede un resquicio para la trampa y la marrullería que tanto prolifera en otros ámbitos.
 
La juventud es arriesgada, la vejez miedosa. Seamos jóvenes cualquiera que sea la edad que tengamos, y si no somos capaces de serlo, dejemos a otros el relevo. Hace tiempo no se cuestionó la sucesión. Este ropaje no vale, desnudémonos y vistamos prendas nuevas. Si, más adelante, caemos en la cuenta de que se trata de los mismos perros con distintos collares, no nos desanimemos, habrá que buscar a otros. Incluso aunque lo nuevo sea válido, hay que aportar nuevos valores constantemente. Pero que sean nuevos de verdad, si los que llevan décadas en el sillón son los que deciden el relevo, no hay relevo que valga porque lo que tendremos será otra vez más de lo mismo.
 
¿En qué debe consistir el cambio? Está claro que las viejas estructuras no sirven del todo pues son las que han generado corrupción y todo tipo de desastres, esos que padece la gente común, que es la mayoría y a la que no parece concedérsele ninguna importancia. Particularmente, pienso que la monarquía y el catolicismo están en el origen de casi todos los desmanes, pero tendremos que decidir entre todos lo que nos sirve y lo que no. Entre todos. Pero de verdad, sin demagogias, sin ser programados como autómatas por los medios. Pensar por uno mismo es un poco más molesto pero suele dar buenos resultados. 
 
Y, después de tanta generalidad, algo muy concreto. A fecha de hoy, el auténtico mérito de nuestro partido popular -que de popular, como es obvio, no tiene nada, y parecerá una tontería, pero el simple apelativo ya engaña a muchísima gente- el auténtico mérito, decía, es que ha llegado a tirar tanto, tantísimo, de la cuerda, que se han desenmascarado ellos solitos. No es que la población -tomada así, en general- no sepa quienes son desde siempre, la diferencia es que, a partir de ahora, la verdadera clase popular, ha entendido, de una vez, que el PP no es ni nunca ha sido de los suyos. La verdad es que ya estaban tardando. Y se lo han ganado ellos solitos. Por fin, se han desenmascarado. ¡Un hurra por ellos! Sí.

miércoles, 25 de junio de 2014

El dios de las hormigas (Relato ateo)

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La semana pasada, cuando el señor López salió de su casa, como siempre, rumbo al trabajo, mientras se revolvía los bolsillos buscando las llaves del coche, se fijó en una hormiga que ascendía trabajosamente por la pernera derecha de su pantalón, se sacudió con cuidado y el bicho cayó sobre la baldosa más cercana. Observó cómo se apresuraba para alcanzar la ranura entre dos baldosas por la que se deslizó, zigzagueando un poco, hasta encontrar un orificio apenas visible por el que desapareció sin dejar rastro. La acera olía a baldosas recién lavadas y frescas. De las jardineras que adornaban el bordillo, llegaban dulzonas fragancias vegetales que, al calor de los primeros rayos, amenazaban con intensificarse por momentos.

El señor López se restregó suavemente los párpados deslumbrado por la luz repentina y por un momento tuvo una sensación extraña. Se encontró flotando sobre densas nubes de vapor mientras oleadas de percepción extrasensorial le comunicaban con el universo. Luego, sin creerse todavía que aquello fuese posible, descubrió a la hormiga de antes, redimensionada por la nueva perspectiva, penetrando en una gran cueva oscura donde anunció la buena nueva a los cientos de congéneres que se arremolinaban a su alrededor.

Petrificado, con las llaves en la mano y sin ánimo para abrir la puerta del garaje, las vio salir a centenares y rodear su zapato derecho. En cuanto comprendió lo que estaban haciendo, sacó cuidadosamente el pie, con movimientos exageradamente lentos, procurando no moverlo ni un milímetro. Cada vez llegaban más, una densa marea negra cuya vista le sumía en una especie de sopor. Entre jirones de niebla, calculó que ahora debían contarse por miles. Con su pie descalzo, se ocultó tras una de las jardineras para no perder detalle de la ceremonia. Así, pudo ver cómo el flexible cuerpo de azabache se erguía inconcebiblemente, cómo ocupaba la suela entera, como la levantaba casi un par de centímetros. No le hacía esforzarse mucho para imaginarlas vitoreándole.

Envuelto en un sudor frío, tiritando, se dirigió de nuevo a su casa con la intención de darse una ducha. Pero el ejército invasor le descubrió antes. Con estupor comprendió que el zapato no tenía para ellas otro valor que el de reliquia, que realmente era a él a quien reclamaban. Echó a correr.

Fuera ya de la bañera, decidió rociarse con dosis considerables de colonia que en ningún caso debía ser la que usaba habitualmente. Rebuscó por los estantes repletos de cosméticos, desodorantes y lociones para después del afeitado y halló un frasquito publicitario, una de esas muestras gratuitas, que vació íntegramente en su cogote. “Más que perfume, se diría que contiene insecticida”, pensó mientras sentía el líquido bajar como un río helado por su espalda. Pero era evidente que los insectos de su rellano habían enloquecido y se mostraba dispuesto a lo que fuera con tal de recuperar su libertad.

De nuevo en la calle, cubierto otra vez con ropa limpia y calzado con unas deportivas sin estrenar, descubrió satisfecho que no se divisaba ni una sola hormiga en todo lo largo y ancho de su acera. Pero también advirtió algo altamente inquietante: su zapato derecho había desaparecido. Avanzó los pasos necesarios para colocarse en el lugar donde instantes atrás se había reunido aquel temible ejército, y volvió a experimentar el mismo desdoblamiento astral. Pudo ver así que la gran mancha negruzca seguía viva y solo se había ocultado tras el parapeto de piedra que le separaba de  los jardines. Se asomó cautelosamente y las vio. Habían reptado hasta el reborde enladrillado de una catalpa y acababan de conseguir elevar el mocasín hasta allá arriba. Unido en comunión espiritual con las pequeñas mentes fanáticas, fue consciente de su fervor. La convicción de que se hallaban ante el símbolo de la divinidad, ante el objeto que, milagrosamente, se había hallado en contacto con su cuerpo no se ponía en tela de juicio. Ellas se hallaban ahora en actitud de recogimiento, formaban parte de un todo, estaban convencidas de que formaban parte de la comunidad de los escogidos, de que algo muy grande y sagrado se había instalado en sus vidas trascendiendo todo cuanto podían ver, oler y escuchar.

Al comprender que habían entronizado su zapato, o mejor, que lo habían elevado a los altares, se sintió en el límite del agotamiento. Harto de todo aquel tejemaneje, convencido de estar a salvo en sus zapatillas y protegido por la colonia con olor a repelente, volvió a entrar en el vestíbulo, recogió el zapato izquierdo sintiéndose invadido por una aprensión extraña y lo arrojó al cubo de la basura. A partir de ese momento emprendió otra vez sus gestos rutinarios. Calculó que llegaría a la oficina con más de una hora de retraso, se imaginó saludando a sus compañeros con la conciencia culpable, besando a sus hijos a la hora de comer invadido por los remordimientos, como si a partir de entonces ocultase un sucio secreto, como si esa fatídica mañana se hubiese convertido en cómplice de la gran superstición inter-especies.

No iba a tener más remedio que cargar con ese peso. Desde ese día y para siempre, había sido nombrado dios de las hormigas y nadie podría remediarlo jamás.

viernes, 20 de junio de 2014

Cymbalaria


Ella no es de aquí. La sembraron o la trasplantaron a esta roca, ya ni siquiera lo recuerda. La palmera y ella no se parecen en nada, no es posible que sientan lo mismo. No obstante, ambas pisan el mismo césped y contemplan el mar melancólicamente. Una porque lo adora, la cymbalaria porque le refresca, aunque su salinidad le irrite un poco. En realidad, ninguna de las dos tiene más horizonte.

La pequeña planta, no por rastrera menos orgullosa, se ha fijado en un cártel metálico sujeto con dos clavos en el viejo tronco cubierto de liquen. ¿Es posible que haya cumplido 191 años ya, o no se trata más que de un número de serie? No puede saberlo pero le parece plausible que la cifra corresponda a una edad arbórea. Debía ser ya bastante vieja cuando ella nació. Incluso ahora, después de tantas décadas, sigue pareciendo más joven. Mucho más.

Palmera ignora a Cymbalaria, que se resignó hace tiempo a no saber nunca lo que la otra está pensando, pero se niega a conceder valor a su altivez. Acepta que es incomparablemente más alta, también, con toda seguridad, más soberbia, pero ¿existe algún motivo para tanto orgullo, tanta persistente altanería? No cree que su antigüedad le añada valor, tampoco la inclina a despreciarla pues todavía no la considera un ser decrépito.

-Palmera, -le susurra a veces. Y el viento le devuelve un “…era, …era” tan acariciador como deprimente

¿Quién eres, Palmera? Yo me conozco bien. A ti no te intereso. En cambio tú apareces ante mí tan repleta de enigmas.

La brisa se carcajea de ella a menudo. ¿Por qué te comparas con la palmera, de dónde has sacado esa envidia? Pero la brisa se equivoca, ella no está compitiendo, quiere que sus pensamientos trepen allá arriba y solo se tiene a sí misma para coger impulso. Lo que anhela es algo muy sencillo: dialogar, conocerla mejor, que lleguen a disfrutar las dos de su mutua compañía. Si intenta saber mDos o tres lagartijas la rodean inquietas, los guacamayos –esos seres presumidos cubiertos de plumas rojas en la frente y azules en la garganta– se lanzan en bandada sobre ella para acribillarla a picotazos, convencidos de que su intención es devorar a la palmera. Ellos piensan eso con sus mentes simples. Que tenga fama de invasora les confunde, ni por asomo piensan que sea capaz de brindar ningún cariño. No se le ha ocurrido devorar a la palmera, tampoco le hace falta, ¿es que nadie ve la enorme extensión de roca dispuesta a ser invadida por la propia cymbalaria? Para sobrevivir, no le hace falta atacar, ni comprende el mutismo de su compañera, esa obstinación en observar el horizonte hora tras hora, minuto tras minuto.ás de ella es para encontrar un camino, porque todavía no ha dado con la forma de hacer que le responda.

-¡Guacamayos! Impertinentes, gritones, siempre de cháchara unos con otros. ¡Quién sabe qué insidias van propagando por ahí! Si temen perderte, Palmera, no es porque te amen, es por puro egoísmo. Saben que sin ti se quedarían sin casa y sin esas bayas sabrosas que son su principal fuente de alimento. Nada más.

(…)

-Tú y yo no necesitamos alterar el aire con sonidos, podemos intercambiar pensamientos sin ruido ninguno, tan discretamente como solo pueden hacerlo las plantas.

(…)

-¿Te han dicho que me llaman Picardía y eso te hace desconfiar? No te confundas, Palmera, lo que cuenta es la intención, no el carácter. Reconozco que soy algo traviesa, que tengo demasiada imaginación y enredo un poco de vez en cuando. Pero mis tretas no suelen hacer daño, solo pretendo divertirme.

(…)

-Si unas veces miro al sol y otras le doy la espalda no es por inconstancia: debo buscar un buen lugar para propagarme, trabajar sin descanso; además, tengo tantos corazones como hojas,  ¿entiendes lo que eso significa? Hasta alivié enfermedades hace tiempo, si finalmente prescindieron de mí, no fue por mi inutilidad, como alegaron, sino porque no supieron aprovecharme.

Ha cambiado de estrategia. Ahora, en lugar de preguntar pretende darse a conocer. Cymbalaria es obstinada pero no le sirve de mucho. Ahí sigue, encaramada a su roca, creciendo y colonizando nuevos territorios, dando cobijo a los insectos. A pesar de su empeño, en todos esos años no ha conseguido que la otra salga de su mutismo ni una sola vez.

domingo, 15 de junio de 2014

El síndrome de Sthendal

 

Leonid Afremov
Adolfo se pasó tres días seguidos contemplando aquel cuadro. No comió ni durmió, tampoco fue abordado por nadie pues ninguno de sus conocidos podía saber que estaba allí.
 
Cuando el hombre que se encargaba de recoger los lienzos subió a la galería, le encontró en estado de postración, con los brazos abiertos sin saber siquiera cómo se llamaba. Apurado, olvidó lo que pensaba hacer y marcó el teléfono de urgencias. Luego se dedicó a propinarle sin piedad una bofetada tras otra. La barba, inmune a la parálisis general, había seguido creciendo, pero él no se dejó amilanar por los rasguños y le siguió pegando sin piedad hasta que atisbó la primera lágrima.
 
-Magenta, cadmio, oro puro, nieve... - Susurró Adolfo con voz lánguida.
 
El portero no veía más que manchas, como siluetas, encima de otros manchones más amplios: un barrizal en tonos cobrizos.
 
-¿Cuánto tiempo hace que está aquí?
 
-No sé.
 
-Sus ojos suplicaban algo que el ordenanza no logró identificar hasta más tarde, cuando los camilleros le arrancaron a la fuerza del objeto de su éxtasis.
Cristián Valenzuela Montiglio
Otro hombre, este con aspecto autoritario, se acercó a él:
 
-¿Puede explicarme qué ha pasado?
 
-No lo sé, agente. Creo que se quedó encerrado el viernes en el acto de clausura de la exposición. Pero sospecho...
 
El otro no parpadeó pero a medida que pasaban los segundos se iba enfureciendo más.
 
-Venga, hombre. Arranque de una vez, que no tengo todo el día.
 
Domingo López G.
-Parece una locura, pero tengo la impresión de que fue un enclaustramiento voluntario.
 
El policía esbozó una sonrisa curiosa, estirando nada más que la comisura izquierda sin perder la ferocidad de la mirada ni el porte marcial de los hombros. Los del conserje, en cambio, aún no habían dejado de temblar, estaba seguro de haber abofeteado a un fiambre.
 
-Lo es. -Aseguró con gesto condescendiente- El síndrome de Sthendal le llaman. Esta semana, con este son cinco los que han sufrido un trance hipnótico delante de un cuadro. Si al menos se tratase de pinturas agradables de ver... Pero ese tal Klaus no sé cuantos que los hechiza ni siquiera sabe pintar. 

jueves, 12 de junio de 2014

Charlas con Paco Tella: ¡Hasta siempre, Paco!


Molina le da las gracias, piensa que ha sido un compañero entrañable, le ve marchar, todavía algo nostálgico, pero no siente pena por él, está segura de que allá dónde va no estará solo, al contrario, ha encontrado su espacio natural y en él será visitado por los que realmente le aprecian. Para ellos, deja aquí su nueva dirección que estará disponible en unos días. De momento aún se encuentra de mudanza:
 
Seguiremos tratando el asunto de los problemas respiratorios, las andanzas de Paco y sus amigos, así como la hemeroteca, que continuará divulgando toda noticia e información sanitaria que consideremos de interés. Y es que el origen de esta decisión se encuentra ¡cómo no! en los seguidores, en aquellos que no se atreven a decir nada o comentan muy tímidamente. Porque Paco Tella tenía su público, al menos el cincuenta por ciento del blog. Ahora queremos que se exprese, que participe, que encuentre en el nuevo espacio el cauce que necesita para dar salida a todo lo que piensa.
 
En el extremo opuesto, aquellos a los que estas cuestiones les importaban un bledo podrán ponerse anchos leyendo "Los árboles azules" y el resto de relatos, los artículos de opinión o las críticas de cine y libros. Si las Charlas han sido un incordio para algunos, lo más sensato es que se vayan con la música a otra parte, ¿no es verdad?
 
A todos, muchas gracias. Paco Tella, ¡hasta siempre!

martes, 10 de junio de 2014

La enfermedad respiratoria más mortífera del mundo

¿Alguna vez pasará por aquí un neumólogo y, leyendo esta recopilación de artículos, o la serie de Paco Tella, se convencerá de la importancia de divulgar estas cuestiones?

Verá, doctor, determinadas instituciones están muy interesadas en concienciar a la sociedad sobre los desastres del cáncer de mama, del colesterol y otras muchas patologías. ¿Porqué no se habla claro de lo que significa la EPOC y otras enfermedades respiratorias, a veces prevenibles y siempre controlables, como el asma?

1) Las otras dos necesitan una prevención por parte de los futuros pacientes, la EPOC más: pregunten a los fumadores si tienen la más ligera idea de lo que les espera en caso de que les toque la china. Yo lo he hecho y les aseguro que no, toda esa campaña de las etiquetas en los paquetes de tabaco es una ridícula manera de afianzar más aún su idea de que son víctimas de un ataque masivo.

2) Tanto el cáncer como las cardiopatías necesitan que la sociedad se conciencie. Pues no veo la razón, al menos no más que el resto de problemas de salud. Los enfermos respiratorios, en cambio, están a merced de lo que arrojan al ambiente sus semejantes. Los fumadores y responsables de ciudades y edificios tendrían mucho más cuidado con lo que se arroja al aire que respiramos todos (aerosoles, partículas procedentes de taladradoras y radiales, pinturas, productos de limpieza y químicos en general, hogueras etc). Y, en cualquier caso, no manifestarían ninguna provocadora extrañeza cuando un enfermo concienciado se aleja de aquello que le asfixia.

Señor neumólogo que lee esto, por favor, ayúdeme a divulgar la existencia de una realidad tan espantosa. La gente lee poco pero ve la televisión. Promuevan reportajes en los que se detallen las circunstancias de estos enfermos y expliquen por qué están así.

Millones de gracias.


Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

EPOC, la enfermedad respiratoria más mortífera del mundo

Por Monica De Haro - Salud y bienestarjue, 5 jun 2014

Prestar poca atención a ciertos síntomas asociarlos a la edad o a ciertos hábitos de consumo como el tabaquismo puede tener consecuencias graves en el futuro. Y es que hay cosas que no deben tomarse a la ligera. Por ejemplo, la falta de aire (disnea), la expectoración y la tos son los principales factores indicativos de que sufres la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), cuya gravedad incluye la limitación persistente del flujo de aire.
Es una patología del sistema respiratorio que provoca la obstrucción de las vías respiratorias inferiores (tráquea, bronquios, bronquiolos y alvéolos) y que se desarrolla de manera lenta y progresiva, desencadenando una disminución irreversible de la función respiratoria, pues la entrada del flujo aéreo en los pulmones se ve reducida.

Además, suele estar asociada a una respuesta inflamatoria intensificada crónica a las partículas o los gases nocivos presentes en los pulmones. Y lo cierto es que los datos sobre las personas que la sufren son cuando menos alarmantes. En España mueren al año 18.000 personas afectadas por EPOC y se calcula que esta enfermedad afecta a unos 210 millones de personas en todo el mundo, incidencia que en 2030 podría situarla como la tercera causa de muerte en todo el planeta.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, las enfermedades respiratorias ya son la tercera causa de muerte en España, y aunque
se considere una enfermedad propia de las personas mayores, las investigaciones han demostrado que el 50 por ciento de pacientes con EPOC son menores de 65 años, ciudadanos que claramente se encuentran en el mejor momento de su vida y de su carrera profesional.


El principal factor de riesgo ambiental para el desarrollo de la EPOC es la exposición al humo del tabaco, tanto que hasta el 95 por ciento de los pacientes que la padecen son fumadores. Otros factores de riesgo son la contaminación atmosférica, el deterioro del desarrollo pulmonar, los factores genéticos y la exposición a productos químicos y partículas nocivas (polvos orgánicos e inorgánicos, agentes químicos y vapores).

Por otra parte, es frecuente que la EPOC cause ansiedad, ocasionando un sentimiento de aislamiento que lleva a los afectados a evitar las actividades sociales o cotidianas. Sin embargo, no todo es malo, ya que la EPOC es prevenible y puede ser tratada en la actualidad.

La prueba más fiable para confirmar esta enfermedad es la espirometría, que sirve para medir cómo una persona inhala o exhala volúmenes de aire en función del tiempo, lo que le permite comprobar de la manera más reproducible, estandarizada y objetiva posible su limitación del flujo aéreo.

Y por último, el tratamiento farmacológico ayuda a prevenir y controlar los síntomas, a reducir la frecuencia y la gravedad de las exacerbaciones, así como a mejorar el estado de salud y la tolerancia al ejercicio.

Asimismo, se trata de una patología crónica, por lo que sus principales síntomas (disnea, fatiga y limitación al ejercicio) persisten en el tiempo y afectan al desarrollo normal de la actividad diaria. En este sentido, cabe aclarar que estos síntomas no son uniformes, sino que son peores durante las primeras horas del día y pueden impedir realizar determinadas actividades como subir y bajar escaleras, vestirse y ducharse o bañarse.


Puedes leer el artículo aquí

domingo, 8 de junio de 2014

Charlas con Paco Tella: Encerrado en el armario (y III)


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El corazón le latió con fuerza mientras estaban leyendo la carta, continuó aporreándole el pecho cuando ella se encargó de pedir por los dos y todo el tiempo que empleó el chef en intentar convencerles de que eligiesen lo más caro. Era incapaz de articular palabra, pero tampoco tuvo que esforzarse mucho, no hubiera podido meter baza ni queriendo. Daniela se perdió en detalles sobre la tragedia de perder a alguien por culpa de un cáncer inmisericorde. Le sorprendió que fuese viuda, no lo parecía, su imagen era la de una mujer despreocupada que aún vive con sus padres.
-¿Tienes hijos?

-No. Llevábamos poco tiempo casados cuando empezó con los síntomas. Han sido tres años terribles.
Aquella era una herida demasiado reciente, se diría que intentaba saltarse el inevitable periodo de duelo colgándose del primer incauto. Craso error. Suponiendo que aquella mujer mereciese la pena, tenía que evitar caer en la trampa. Le quedaba demasiada angustia aún, sus ojos pedían socorro mientras seguía dando detalles de operaciones, terapias y crisis. Decidió aprovechar la coyuntura.
-A mí me pasa algo parecido, siempre estoy en el límite.
Por fin pareció interesarse.
-¿Qué quieres decir?

.Pues… Ya os he contado antes que tengo problemas de pulmón. Una obstrucción crónica de bronquios complicada con un asma tremendo.
-¡Ah, sí!

María Goñi
Y se quedó mirando al infinito con la más absoluta indiferencia.
-Te advierto que es bastante peligroso, ten en cuenta que afecta a la respiración.
-Ya. Pues eso es lo terrible. Cuando los médicos desahuciaron a Ángel...

Y bla, bla, bla. ¿Cómo explicarle que lo suyo estaba sucediendo allí y ahora? Le hubiese encantado hacer de paño de lágrimas tal y como ella pretendía, pero lo suyo empezaba a ser preocupante. Necesitaba que abriese los oídos y escuchase lo que trataba de decirle.
El resultado fue que apenas habló, solo para intentar avisar (sin éxito) a Daniela de que no se dejase engañar por su aspecto, que casi no probó la comida porque el estómago lleno le hubiera impedido respirar, que no llegó a disfrutar de la conversación, aunque comprendía a la pobre chica y era consciente del peso que estaba soportando. Atando cabos, calculó que no llevaría sola más de seis meses. Tal vez más adelante, cuando atravesase una temporada algo más liviana y ella estuviese menos obcecada en lo suyo, suponiendo que eso sucediese alguna vez, podrían volver a intentarlo.

Pagaron la cuenta a medias porque ella insistió en hacerlo así y la dejó acodada sobre la barandilla de roble escrutando las manchas montañosas del fondo. Ya en los aseos, aspiró la boquilla del inhalador con todas sus fuerzas las dos veces reglamentarias en un intento desesperado por evitar el servicio de urgencias, al menos antes de dejarla en casita.
Se había levantado viento. Daniela se puso la vistosa chaqueta de color esmeralda que hasta el momento llevaba en el brazo. Resultaba bastante atractiva, no solo porque tenía una figura envidiable, le gustaban también los reflejos dorados del pelo, que casi parecían naturales, y aquel mentón voluntarioso que ponía de manifiesto un carácter fuerte.

Metros antes de llegar, no tuvo otro remedio que acercar el coche a la acera y hacer un gesto con la mano para que Daniela se callase de una vez. Había seguido acumulando detalles de aquellos tres años funestos y, en lugar de dejarla explayarse sin más, había cometido la imprudencia de animarla con comentarios demasiado enérgicos para el estado en que se encontraba. Ya no podía más. Ella le miró extrañada pero no abrió la boca. Cuando le pareció que el hospital podía esperar un poco, avanzó hasta dejarla en su puerta. Fue entonces cuando se atrevió a decir algo.
-No lo has entendido, ¿verdad?

Ella se puso en guardia, ahora le tocaba hablar a él. Pensó que estaban en el peor sitio y, sobre todo, era la peor hora para que una mujer captase que no se trataba de ninguna estrategia.
-Es natural –concedió –los que respiráis sin problemas no podéis entender del todo una cosa así. Pero, en serio, antes lo he visto realmente chungo, por eso he tenido que pararme.

-Sí, sí, vale. Bueno, tengo que irme.
Nunca volvió a verla.

viernes, 6 de junio de 2014

Charlas con Paco Tella: Encerrado en el armario (II)


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Ese día se había llevado la furgoneta porque tenía el coche en el taller. Condujo lentamente, fingiendo llevarla a su casa, y a medio camino le propuso que cenasen juntos. Su intención había sido invitarla a un picoteo rápido porque sentía ya las insidias de la disnea, ese jadeo íntimo que se intensifica por momentos a medida  que uno se esfuerza en ocultarlo. Lo suficiente para charlar un rato a solas y asegurarse de que podía pedirle el teléfono. Pero aquello se le fue de las manos, no cayó en la cuenta de que, mediante maniobras sutiles, fue Daniela quien convirtió en horas de confidencias una simple propuesta informal.

-Aquí mismo, ¿te parece?

Estaban delante de un modesto bar de tapas. Ella dio un toque de misterio a su sonrisa.

-Déjate llevar.
-Pero es que…

-Confía en mí ¿vale?
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María Goñi
Paco manejaba el volante con esa inseguridad secreta que nos hace ir con más cuidado para conservar firmes los nervios. Hasta entonces aquello solo le había ocurrido en momentos de extrema tensión, nunca debido a sus problemas respiratorios ya que a Cristina no tenía que darle explicaciones. Hacía meses que empezaba a calibrar las desventajas que supone estar sin pareja para alguien que se encuentra demasiado a menudo en la frontera con el bronco espasmo. Su mujer había sido la barrera donde se estrellaban las exigencias de los estrechos de mollera –que, lamentablemente, en esas cuestiones era casi todo el mundo– la que hacía reproches o daba explicaciones, se rebelaba y le cubría las espaldas en todo momento. Siguiendo las indicaciones de Daniela, abandonaron la zona urbanizada por una carretera secundaria que bordeaba un pequeño río. Más allá, el horizonte se enrojecía mostrando desperdigadas siluetas fabriles.
Atravesaron unparaje salpicado de casas gemelas, alambradas, instalaciones deportivas, jardines. Por un sendero lleno de baches, accedieron a una de las urbanizaciones. La furgoneta daba tumbos, doblaba recodos y Paco se empezaba a arrepentir. Desembocaron en una plazoleta, frente a ellos se alzaba un restaurante italiano con pretensiones de casita de cuento.
-Allá arriba hay balcones como palcos desde los que se divisa toda la zona. Ya verás que bonita es.
Se había hecho de noche, pero ella –y no Paco, que nunca había estado allí– era capaz de verlo todo con los ojos del recuerdo.



... que las pizzas salgan como de un horno de leña – Trucos Cocina-¿Vives por aquí?

-No, vengo siempre a esta pizzería porque la encuentro muy agradable.
Un orondo cocinero gigante sonreía desde el trozo de fachada mejor iluminado mostrando unos mostachos casi tan apabullantes como la fuente de espaguettis que ofrecía.
Subir una escalera disimulando que uno está a punto de ahogarse y tratando de reprimir el sonido de los bronquios es algo que Paco no desearía a nadie jamás. Aquella era de caracol, con suelo de madera bruñida, y daba la impresión de no acabarse nunca.
-¿Falta mucho?

-Jajaja. Por algo dice mi abuela que los hombres de hoy día no servís pa ná.
-Bueno. Es que yo soy asmático.

-Sí, da muchas vueltas pero no son más que tres pisos. Ya verás que bien se está allá arriba.
Era como si se hubiese vuelto sorda de repente. Había dicho asma. A-s-m-a.

miércoles, 4 de junio de 2014

Charlas con Paco Tella: Encerrado en el armario (I)

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Los viejos del barrio se entretenían jugando al dominó. Había un ruido infernal en la asociación de vecinos, tanto que apenas se distinguía el estrépito de las fichas chocando contra el mármol de las mesas. No solo por el canal de deportes sintonizado a la máxima potencia o por los gritos de alborozo de quienes se iban apuntando los tantos o por el zumbido de la cafetera resonando constantemente. Hoy, además, había tres o cuatro niños jugando a perseguirse con chillidos y carcajadas y un pastor alemán que ladraba poco, pero cuando lo hacía ahogaba todos los demás ruidos.

Paco estaba sentado al fondo. Cerca de la barra. Debajo de la salida de aire acondicionado. Delante de la puerta de la cocina por la que salía un humo de fritanga que se diluía mansamente después de aterrizar en sus pulmones. Era además el primer cuerpo sólido donde rebotaban las ondas sonoras procedentes de uno de los altavoces, el que quedaba a la izquierda de sus oídos. Sudaba a mares. Se limpiaba con el pañuelo el cuello y la frente.
El grupo de mozos viejos del barrio, más conocidos como solterones, se dejó ver al otro lado de la acera. El señor Rufino le hizo señas desde la caja registradora, luego chascó los dedos.

-Ahí los tienes.
-Menos mal, esto no hay quien lo aguante. No sé cómo puedes trabajar aquí.

El otro se encogió de hombros, silbó filosóficamente.
-¡Ah! La manduca, amigo.
Era el padre de Mario y Encarna y, en su propia casa, una institución. De joven formó pandilla con su padre y su tío, le vio nacer a él y a todos sus hermanos, había asistido a las ceremonias familiares y ahora creía tener carta blanca para inmiscuirse en sus asuntos.

Maruja Mallo
-Mis hijos tampoco están casados. –le había dicho la víspera, cuando se encontraron comprando la prensa, una coincidencia que nadie más que Rufino podía saber si fue premeditada o casual.– El chico se ha divorciado igual que tú, la niña todavía está soltera. Pero no por eso renuncian a salir y divertirse.
Una niña bastante talludita por cierto, él también conocía al dedillo la vida y milagros de todos ellos y no era ningún secreto que cumplía los treinta y siete ese mes.

Paco bufaba como una locomotora de carbón. Se había metido en aquel embolado sin saber cómo y ahora tenía que divertirse junto a  unos adolescentes cuarentones con los que no tenía nada en común.
El primer tropiezo se produjo en cuanto puso los pies en la calle.

-Pacooo, chaval, jajajaja. ¡Cuánto tiempo! Pero acércate hombre, no te quedes ahí. ¡Vaamos! ¿Vas a mover el culo o qué?
-Eso, eso. No seas tímido.

María Goñi
Eran Ramón y Mario. El primero fue su compañero de curso durante toda la secundaria, pero apenas tuvieron ocasión de tratarse.
Allí estaban, los jóvenes carrozas, fumando tranquilamente en la acera sin sospechar que a Paco le dejaba sin aliento cada bocanada humeante que el viento propagaba mucho más allá de lo que estaban dispuestos a creer. Y aunque luego empleó toda su paciencia en explicárselo, sus palabras no surtieron efecto. La misma escena tuvo lugar cuando salieron de comer, a la entrada del cine, a la salida, cada vez que se paraban o seguían andando, es decir, siempre que a alguno de ellos se le ocurría encender otro pitillo. En realidad, la mayor parte del tiempo. Y lo curioso es que parecían sentirse ofendidos y lo expresaban gesticulando constantemente como si se estuviesen sacudiendo las pulgas. Y, sin embargo, a nadie se le ocultaba que era Paco quien no había tenido otro remedio que mantenerse a una distancia prudencial durante muchos minutos, demasiados. Como si fuese el perro guardián de todos ellos, ¿es que no se daban cuenta?
No obstante, algo bueno podía salir de todo aquello. Daniela, a quien no conocía y que enseguida llamó su atención porque parecía mucho más joven que las otras, decidió solidarizarse.

-¿Otra vez aquí? Te he dicho que te vayas con ellos.– Insistía Paco con la boca pequeña.
-Puedes decírmelo todas las veces que quieras, pero sabes que te va a dar lo mismo, no pienso dejarte solo y punto.

Además de decidida era guapa. Tenía todas las papeletas para ser invitada a cenar.
(Continuará)

lunes, 2 de junio de 2014

Abdicación: Principio de incertidumbre

Goya - La familia del infante don Luis de Borbón - 1784
 Confieso con rubor que me fascinan los días históricos. Aparecen envueltos en un halo especial que no se ve a primera vista. Hay que fijarse un poco, amoldar los ojos a la sinuosa atmósfera, mirar sin ver, entrecerrar los párpados levemente y enfocar a través de las pestañas. Los días nublados tienen un tono azulino con vetas blancas; cuando luce el sol, en cambio, este se muestra algo rojizo. En cualquier caso, flota en el aire un velo liviano y taciturno que envuelve el paisaje y que algún día recordaremos sin llegar a saber lo que era.
 
Y, a no ser que traigan consigo la catástrofe, suelen ser días alegres. En primer lugar, por la conciencia –algo ñoña– de que somos testigos de lo que que algún día se recordará como un acontecimiento. Nos figuramos estar en posición privilegiada y nos hace ilusión que sea así, sin darnos cuenta que la historia se va configurando día a día y que los cambios decisivos ni siquiera tienen fecha fija, es más, el devenir se configura a través de mentalidades y conductas y no tanto a partir de hechos particulares, por muy trascendentes que ahora nos parezcan.
Goya- El quitasol - 1777
Pero la alegría se convierte en lúcida cuando tiene un motivo explicable. A saber, todo día histórico conlleva un cambio, el que sea, que cualquier ciudadano conoce. Y las transformaciones provocan una incertidumbre que no tiene por qué ser negativa. Sobre todo cuando la desilusión se ha instalado en el panorama cotidiano y pensamos que, si no hemos llegado a tocar fondo es porque lo que viene es todavía más sombrío. Algunos, pecando quizá de optimistas, nos atrevemos a imaginar una situación más soportable, por eso no podemos evitar una oleada de esperanza.
 
Son también días obsesivos. Al menos para mí, que suelo sumergirme en la actualidad como si el tiempo se hubiese parado de repente, y absorbo como una esponja todo ese moscardoneo constante que acompaña a los periodistas. Funciona como un mantra y se convierte en la meditación purificadora que me prepara para lo que venga.
 
Ya avanzada la tarde, el aire sigue teniendo esa cualidad rara, como absorta. E igual que otras veces, se mantendrá a lo largo de la noche, aunque en la oscuridad esa condensación de moléculas meditabundas, es un poco más difícil de ver. Son las ocho de la tarde y todavía hace sol aquí, me asomo a la ventana y contemplo las bolsas de aire invisible que flota ante mis ojos trayéndome quién sabe qué presagios.