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sábado, 25 de abril de 2015

Presentación de la novela El Dios de Estera, de Isabel Anaya (Málaga - 30/04/2015)

El Dios de Estera, de Isabel Anaya


Contraportada. En un pueblo del sur de España, en los difíciles años de la posguerra, las vidas de sus habitantes se entrelazan con los dramas personales. Algunos, pese a su pobreza, demostrarán lo mejor del ser humano, otros, en cambio, a pesar de ser favorecidos por el destino harán ostentación de una mezquindad intrínseca. Aún compartiendo las adversas consecuencias de una guerra devastadora, los más jóvenes encontrarán la manera de arrancar un poco de felicidad a su entorno. Los adultos y los ancianos no podrán olvidar las tragedias vividas quedando marcados hasta el fin de sus días. El Dios de Estera es una novela coral, una ventana abierta por la que asomarnos y conocer la vida más íntima de sus personajes. Sus historias son tan veraces, que cualquier persona que haya vivido en un ambiente rural reconocerá en ellas a muchos de sus vecinos.


INFORMACIÓN:
Teléfono: 951918064
Correo: cal.aaiicc@juntadeandalucia.es

O bien, puedes contactar con la autora aquí

Próximamente, lo encontrarás reseñado en este espacio

lunes, 20 de abril de 2015

El botín de la alcazaba (y II)

Apenas lo hubo leído, la mujer le volvió la espalda y se puso a borrarlo con la manga. Justo cuando se disponía a obedecerla, desde el lado sur de la calle aparecieron tres hombres corriendo. El más grueso le sujetó los brazos a la espalda, otro la apartó de la puerta a empujones; la mujer sin rostro, aprovechando la coyuntura, se metió a toda prisa en la tienda.

-¡Muévete! Tú eres turista buscando recuerdo de país.

-De la plata ¿dónde? –preguntó el que tenía delante, un rubio grueso que aparentaba ser el mandamás. Su impecable traje de cheviot le daba aspecto de parisino acomodado.

-Debes comprar vajillas, caftanes, sandalias. –Ordenó rudamente uno de los acólitos.

-Sabemos en qué hotel te alojas. –Añadió el francés.

-Solo soy una humilde artesana.

-Muy lista usted. –Repuso uno de ellos con voz ronca; guiñó un ojo y los tres se echaron a reír.

Allá dentro, la chica desembalaba cuencos de loza y los iba alineando en la alacena. Preguntó a Sonia qué deseaba como si no la hubiese visto en su vida, aunque era ella la que seguía sin descubrirse.

-Fuera los dos. –Ladró el jefe.

En cuanto se quedaron los tres solos, la mujer aflojó un poco el velo. Era cetrina, bastante joven y le palpitaban un poco los labios.

-Mi embajada sabe que estoy aquí. –Indicó una Sonia cada vez más insegura.

-Tu embajada soy yo, estúpida. –Respondió el dandi. Ella intentó no amilanarse.


-Si has pensado quedarte con todo, te estás equivocando. La suma total apenas tiene valor, lo que tengo preparado es la recompensa a tu silencio.

Los dos hombres continuaban de espaldas guardando la puerta.

-Charles, Charles. –Masculló uno de ellos. –Escondeos. Vienen hacia aquí.

El jefe la obligó a escurrirse por la boca de la trastienda y a avanzar en cuclillas restregando la espalda contra la pared; ya en el lado opuesto, empujó una trampilla y salieron a un patio sembrado de cascotes con un lavadero al fondo. De repente, había un teléfono vibrando en las manos de su captor. Sonia no podía apartar la vista de él mientras escuchaba: “Oui, oui, oui”, ni una sola palabra que pudiese aclararle algo. Pero al cortar la comunicación le dio a entender que no habían encontrado nada en su cuarto.

-Esas monedas, tienes que llevarlas encima. –Susurró.

Ella le miró impasible.

-Están bien escondidas en el coche de mi novio.

Soltó una risotada.

-Faux. Has venido sola.

-Eso es lo que te hemos hecho creer, están aquí y van a rescatarme ahora.

Le vio asomarse a un ventanuco y mirar dentro.

-Zulema, -aulló- ven a registrar a esta zorra.

Sonia intuyó que, de los agentes, no debía quedar ni rastro. Pero el jefe se había confundido: vieron salir a la dependienta esposada, la escoltaban tres policías y Bruno era uno de ellos. A la española le flaquearon las piernas.

-Sonia, perdóname. No podemos poner en peligro una misión permitiendo que una de nuestras agentes se ennovie con alguien ajeno al cuerpo, ni lavarnos las manos mientras ella se interna por la jungla de un país extranjero sin blindarla más que a una caja fuerte.

-Pero yo no soy una novata. –Se atrevió a murmurar. De todas formas, Bruno jamás parecería un agente de la ley.

-¿Y esa ropa que llevas?

-Prestada, nos la han proporcionado en comisaría, tenía que parecer que éramos de aquí. –Bajó la voz– Estos cuatro ya están listos.

-Pero la chica estaba de mi parte.

-Lo hemos visto todo, solo quería que te confiases. Naturalmente, cumplía órdenes.

Mientras tanto el patio se había llenado de uniformes. Sonia tuvo que contenerse para no abofetear a su falso novio. Tendría tiempo de sobra, ahora lo que urgía era concluir la operación.

miércoles, 15 de abril de 2015

El botín de la alcazaba (I)

Salió del taller más pronto que de costumbre, dejó el bastidor y el saco con los ovillos sobre el velador de la cervecería mientras se fijaba en Makbara derribada bajo el taburete contiguo, precisamente la novela de Juan Goytisolo que estaba leyendo. Solo tuvo que agacharse para comprobarlo: se trataba del libro que por entonces solía llevar en el bolso. ¿Cómo habría llegado hasta allí? Al estirar cada página arrugada y sacudir el polvo de la acera cayó una tarjeta de visita.


Tristan Quehec
BOUTIQUE ZULEMA
90000 Tánger (MARRUECOS)

Y detrás, a mano:

“Busque el periódicos local de ayer martes. Sección sociedad, página 28, entradilla superior derecha. Siga instrucciones sin demora. Cuestión de vida o muerte.”

Desde el otro lado de la acera, Bruno esperaba turno para cruzar. Sonreía. Sin mirarle supo que llevaba puesta la gastada chaqueta de ante, que su incisivo superior continuaría partido a causa del reciente derrape de su moto. Esforzándose por actuar pausadamente y tras guardar el libro en su sitio, tiró de una costuras del forro hasta que cedió, luego desplegó los bordes cuidadosamente y ocultó en ese espacio la tarjeta. ¿Sería cosa de su novio? Imposible imaginárselo. Repasó algunos rostros conocidos. Residir en una ciudad cercana al estrecho y relacionarse con toda clase de gente, a veces, deparaba esas sorpresas.


Mission a Tanger


Pidieron el menú del día y comieron charlando alegremente, voceando para saludar a los de la mesa del fondo, comerciantes del barrio que, como ellos, comían diariamente en aquel local. Después del café, abandonaron la zona peatonal para pasear por la orilla del río y estirar un poco las piernas. Sonia continuaba inquieta pero, después de tantos años llevando dos vidas paralelas, dominaba bastante bien sus nervios.

Aquella tarde, en la biblioteca, rebuscó meticulosamente entre los rimeros de papel. Al dar con el número indicado, leyó:

“Apenas falta una semana para que el tesoro de los tartesios, descubierto el año pasado en la bahía y oculto desde entonces en un punto muy concreto de nuestro recinto amurallado, sea desenterrado y vendido a un potentado marroquí por una cantidad exorbitante. Nadie más que tú puede impedirlo.”

Alguien se había tomado la molestia de insertar aquello a dos columnas solo para que ella pudiese leerlo. Como había sido meticulosamente entrenada, supo cual debía ser el paso siguiente. Todo el domingo lo pasó conduciendo a lo largo de la costa. Tomó luego el ferry hasta Ceuta y de allí, sin tiempo que perder, se dirigió a Tánger. Cargaba con un pequeño tesoro oculto entre los hilos de un tapiz de seda. Esa noche apenas durmió, de madrugada ya estaba haciendo guardia a la puerta del almacén; tuvo que esperar horas en el escalón más bajo de una callejuela vecina atestada de pequeños comercios que ofrecían abalorios, especias, plantas, serpientes y refrigerios de fiambre con pan ácimo.

Al fin, mientras rebañaba las legumbres que le habían servido en una escudilla de fibra vegetal, descubrió una apresurada figura que se inclinaba bajo el alfeizar y extraía de su cintura un manojo de llaves. En cuanto hizo amago de rozar la puerta, Sonia, de dos saltos, ya se había situado a su espalda. El cuerpo de la otra dio un respingo, le temblaron un poco los hombros pero se mantuvo en la posición de antes.

-¿Quién es usted?

Hablaba con marcado acento francés.

-Cuando entres hablamos. –Respondió Sonia.

Pero la mujer hizo todo lo contrario, atrajo la hoja de nuevo hacia sí hasta que oyó encajar la cerradura y se la quedó mirando secamente. Las llaves se perdieron de nuevo entre sus faldas.

-¿Ha traído lo nuestro?

-Ciento veinticinco monedas fenicias que he ocultado en algún lugar de Tánger.

-Había más.

-Lo otro forma parte de nuestro patrimonio y se ha puesto a disposición de mi gobierno. Aceptad lo que os ofrecemos y será mejor para todos.

Ella no la escuchaba ya. Grabó unas palabras con la uña en el yeso del muro y agitó los brazos alrededor de la cabeza.


“Escapa. Estás en peligro.”
(Continuará)