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jueves, 30 de julio de 2015

Carmen Huertas: "No venimos del latín"

Esta entrevista tuvo lugar hace casi dos años, pero su contenido nunca pierde actualidad y puede ser un buen entretenimiento para las duras horas de canícula. Solo hay que tener interés por la lengua y disponerse a mantener la atención durante una horita de nada.

Aclaro que no se trata de una teoría peregrina ni Huertas es la única en apoyarla. Se trata de una linguista reconocida que apoya sus tesis con argumentos bien fundamentados y merece la pena escucharla.

El debate está servido.

sábado, 25 de julio de 2015

lunes, 20 de julio de 2015

Despedida (Relato irónico)

Mi querido Thomas:

Ahora que no queda más que una semana para que te incorpores a tu puesto de director en la nueva filial de Boston, – vuelves por fin a tu país – necesito pronunciar una palabra.

Durante diez años, hemos compartido despacho. Tú sentado detrás del escritorio arrellanado en el sillón giratorio, yo ocupando una humilde silla, dispuesta a recibir tus órdenes o a informarte de mis tareas. Dos personas: jefe y subordinada – al fin y al cabo, compañeros – entregados a ocupaciones tan prosaicas como mejorar el producto, aumentar los beneficios o multiplicar las ventas. Desde aquel primer día – cuando te incorporaste a tu puesto, todavía desorientado por el largo y fatigoso viaje desde la otra punta del mundo y con el ánimo destrozado por la reciente pérdida de tu mujer – hemos pasado por mil peripecias. Juntos desactivamos algunas bombas – no precisamente de relojería sino de frustraciones y lágrimas – que te hubiesen llevado a la bancarrota, hemos acunado a la empresa en nuestros brazos, la hemos protegido cuando amenazaba con hundirse, hemos recibido impávidos toda clase de insultos. Mañana tras mañana contemplaba tus ojeras, adivinaba cómo habías dormido, si te había sentado mal la comida o estabas estrenando un nuevo amor, mientras tomaba notas o contestaba al teléfono.

Retrato modernista por el italiano Modigliani.

Retrato de Jeanne Hébuterne - Amedeo Modigliani

Solías recibirme con un piropo, elogiabas mi ropa o mi perfume. A veces, sin decir nada, guiñabas un ojo a Martínez señalándome con un gesto y él asentía con su guasa de siempre. Aunque te parezca imposible, os veía. Tengo ojos en la espalda.

Fingía indiferencia pero me recreaba con la estampa noble de tu cabeza gris, tu silueta sin edad, el encanto de la mayoría de tus sonrisas, la seducción de tu voz poderosa. Las mujeres no piropeamos y menos aún las secretarias.

Pero nada de esto me ha impulsado a escribirte. Debo decir algo que no puedo aplazar por más tiempo, si no me decido ahora no lo haré nunca y es preciso que lo pronuncie antes de que te vayas. Luego será demasiado tarde.



                                                                       ¡PIÉRDETE!

miércoles, 15 de julio de 2015

Ojalá nos perdonen de A. M. Homes (2014)


     May We Be Forgiven
Primera edición: septiembre de 2014
Anagrama – Panorama de Narrativas
Traducción: Jaime Zulaika
656 páginas


El planteamiento de esta obra se acerca más al de cualquier serie televisiva que al de una novela con aspiraciones. Escenario: hogar estadounidense de clase media-alta. Protagonistas: dos matrimonios, uno de ellos con hijos, que celebran el Día de Acción de Gracias. Conflicto: un beso robado por la anfitriona al marido de la invitada y su cuñado. Que algo tan sencillo se convierta en el desencadenante de un vertiginoso, enrevesado y extensísimo relato –plagado de desastres reconvertidos luego en aventuras– con pretensiones de crítica social y alguna incursión en lo psicológico, da idea del extremo puritanismo con que todavía se abordan en aquellas latitudes cuestiones de ese tenor. Porque el desliz mencionado, y algún otro, parecen merecer los castigos más duros que podamos imaginarnos. A partir del momento clave ya nada será lo mismo, el protagonista se ve obligado a recorrer un largo periplo –catártico, en cierto modo– que le enfrentará a su propia identidad y reorganizará por completo su entramado de relaciones.

M. Homes utiliza una prosa efectiva y simple sin abandonar nunca un tiempo presente que transmite la constante sensación de inmediatez. Tras un sinfín de peripecias –tan abundantes y variadas que cuesta considerarlas creíbles– nos topamos con la obviedad de que la familia tradicional solo es una forma más de convivencia. Por añadidura, el tono aleccionador apenas se pierde, ni se disimula por completo, lastrando bastante la frescura argumental. Y nunca perdemos la sensación de encontrarnos ante un catálogo de soluciones a problemas de todo tipo.

Análisis de las relaciones familiares de hoy, pero también de una forma de vida condicionada por los avances tecnológicos. Y por hábitos sociales todavía recientes que, si bien no nos pillan desprevenidos, puede que aún no nos encuentran preparados del todo.

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El contrapunto de la opulenta sociedad norteamericana lo constituye un Tercer Mundo aferrado a las escasas oportunidades que se le brindan. El del hogar, la frialdad de las instituciones en régimen de internado, ya sean colegios, residencias de ancianos o clínicas psiquiátricas. Las vivencias de Harold Silver se oponen a las de Richard Nixon, cuya personalidad investiga nuestro hombre y que ejerce sobre él la fascinación de aquel que ha hecho caso a sus impulsos sin pararse en remilgos éticos, traspasado barreras y ejercido algo muy cercano a la omnipotencia al tener en sus manos el destino de millones de personas. Harry, en cambio, es un hombre bueno con una bondad meticulosa que es incapaz de abandonar. Por eso sus sentimientos hacia el mito histórico oscilan entre la admiración más absoluta y el desprecio por lo que considera falta de escrúpulos.


Una obra que pretende ser simbólica y trascendente en su análisis de los afanes del hombre actual y, aunque refleja muchos de nuestros interrogantes cotidianos y hasta apunta algún esbozo de respuesta, queda muy por debajo de las expectativas. Sería injusto afirmar que se reduce a mero entretenimiento, pero, desde luego, le sobran unas cuantas decenas de páginas. 

viernes, 10 de julio de 2015

Autobiografía


Yo soy la paloma parda de la Cibeles. La que llegó por error entre las otras, níveas, acaso recogida al azar junto a la jaula originaria, sobre el maderaje del barco, el olor a brea, a betún, a salitre. Me recuerdo aterida, inútil de pánico, - aún recluida en mi rincón, por el batir de las alas y el zureo continuo de la jaula vecina. Alguien me cogió del pescuezo y me juntó con ellas. A su lado he vivido y dormido mojada de mar y de diosa, planeando de arriba abajo de la fachada del Palacio de Correos y viceversa. Soy la paloma parda que se quedó sola desde siempre pero nunca abandonó su lugar hasta que no se llevaron a las otras, a las bonitas. Entonces yo, libre por fin del compromiso de hacerme querer por ellas, mis desdeñosas vecinas, bobas pero resplandecientes, tan simples como sólo ellas saben serlo, irremediablemente encantadoras, yo, como decía, me atreví a internarme por vericuetos desconocidos para mí hasta entonces, aquella tarde dichosa, remontando el vuelo a lo largo de una ancha avenida, elegida al albur por el hecho de poseer paseo central y estanque, un césped florido en la estación aquella y una estatua casual. Pero fue el agua, ella sobre todo.
   
Debí derivar hacia la izquierda cuando tropecé con una caterva de muchachos rodando en lugar de dar pasos como las otras personas que conozco. Al cabo me encontré en algún refugio, una estancia amplia ocupada por mesas, por sillas, por divanes e individuos instalados allí tranquilamente, apurando un café, un coñac, distraídos, en apacible charla, o meditando.



Conseguí permanecer inadvertida pues a veces ser oscura constituye una ventaja inapreciable. Observé cuanto pude y, sobre todo, gocé de la paz del aposento. Había llegado al santuario de la conversación y me entretuve al principio haciendo los honores. Nada se me escapaba, sin embargo: bruñidas superficies, sobrio el colorido, austera la forma. Me recordaban tanto mi amado barco. Al rato pude avanzar un poco más, dar un saltito, algún vuelo corto a ras del suelo, hasta llegar al centro de la sala. Allí convenientemente escondida, me enteré, de labios de un parroquiano locuaz, que se trataba del CAFÉ GIJÓN, ese era el lugar mágico que me daba cobijo.

Transcurrió la tarde mucho más veloz que de costumbre. Las palabras me arrullan, lo descubrí ese día, ellas y el agua constituyen el necesario murmullo que llevan paz a mi maltrecho espíritu de ave ultramarina. El CAFÉ GIJÓN era ahora mi hogar y, de él, yo, la paloma parda de la Cibeles, tuve esa primera velada una visión que acude ahora puntual en cuanto el aroma de una sola taza de café roza mi pico. La pared del fondo se abrió con un boquete descomunal, irregular, redondo, para dejarme ver el mar del otro lado. El mar, un pedregal rocoso, manchas verduzcas y pardas como yo, el oleaje de espuma refulgente tan similar al color de mis compañeras. Vi a GIJÓN en el café, señores, y a ustedes tengo que contárselo.

domingo, 5 de julio de 2015

El libro tachado de Patricio Pron (2014)

Primera edición: Mayo 2014
                                                                                                                                  Editorial Turner – Colección Noema
                                                                                                                                  308 páginas
Un ensayo que, para hablar con propiedad, en lugar de El libro tachado podría titularse El autor diluido o alguna otra expresión en esa línea. Su objeto no es otro que las diversas formas de desaparición (obligada o voluntaria, real o metafórica, accidental o planificada, momentánea o definitiva) de la mente creadora, así como la (i)rrelevancia de la autoría en sí y los efectos que acarrean estas ausencias, tanto para la literatura en general como para sus consumidores potenciales.
Tachadura del escritor pues –y no del libro– que adopta diversas modalidades. A lo largo de sus diez capítulos, revisaremos desde la invención de un programa informático capaz de producir textos de forma automática –que cuenta con un precedente analógico de la época dieciochesca– a los procedimientos combinatorios, como OuLiPo y similares, que si bien precisan de una mano ejecutora, difuminan bastante su sello personal. Reflexionar sobre ello nos enfrenta a paradojas curiosas, por ejemplo: la mera posibilidad de su ocaso ¿no será el mayor aliciente para cultivar la literatura con más empeño aún? O bien, ¿de verdad es el autor quien escribe o se trata del propio lenguaje que va construyéndose a sí mismo?

No hay que menospreciar el papel del azar en la literatura y el arte en general; en unos movimientos –como el surrealista– más valorado, en otros menos, pero, en mayor o menor medida y aunque cueste reconocerlo, siempre presente.

Todo hecho artístico guarda en sí mismo el germen del cambio, de ahí que su historia se convierta en una sucesión de derribos (del pasado) y edificaciones (del presente), aún así, todas las épocas renuevan la sospecha de haber agotado temática y recursos, de que quizá los que llegaron antes lo han dicho todo, que ya no queda espacio para la originalidad en los textos. Se recurre entonces al collage, la intertextualidad y a métodos como los descritos más arriba, que las nuevas tecnologías han venido a facilitar. Obras de índole acumulativa como la Wikipedia resultarían inconcebibles hasta hace solo dos décadas.

“[Pese a todo]  la noción de autoría y el dispositivo legal y económico articulado sobre ella siguen siendo lo suficientemente fuertes como para que la persecución del plagio no haya decaído por completo” (Pg. 22)

En el aire queda la pregunta de si esta situación durará todavía mucho o pronto quedará obsoleta. Algo menos fundamental de lo que parece si contemplamos una historia de la literatura repleta de tachaduras por diversas circunstancias (pérdida, destrucción o quema de libros, censura, autores represaliados, incapacitados, ocultos, fallecidos o retirados prematuramente), de las que Pron realiza un breve aunque exhaustivo repaso en el que incluye también procedimientos más sutiles, como ideas que nunca se concretaron u obras sin concluir.

Otras veces la existencia del autor es aún más endeble, al menos en teoría. Esto ocurre cuando resulta de la combinación de dos o más personalidades. O bien se trata de una construcción mental, traducida en falsificaciones (con ánimo fraudulento, reivindicativo, de diversión etc.), pseudónimos o heterónimos. En ocasiones, esta ocultación de identidad favorece la atención hacia la obra en sí misma, una obra que, por lo general, aparece mezclada o disuelta en el heterogéneo conjunto de la producción individual.

Crisis de valores
Todo este entramado teórico finaliza en el capítulo VIII. El siguiente, titulado Crisis, más ideológico y centrado en el presente que los anteriores, se pregunta por las causas que han provocado la del sector editorial, a saber, el contexto de la economía general y el influjo de las nuevas tecnologías. Y, aunque las soluciones que aporta parecen haberse convertido en un lugar común, supongo que llegados a este punto era inevitable señalar la necesidad de nuevas estrategias de publicación y financiación:

“… parecen constituir una alternativa plausible para aquellos que desean ser leídos sin tener que adecuarse a las políticas editoriales de los sellos tradicionales y para los que consideran que el actual modelo de negocio es en esencia injusto y está caducado…” (Pg. 116)

O la de establecer un marco que contemple relaciones y presencias realmente innovadoras. O la de establecer criterios de calidad opuestos a un todo vale bastante extendido hoy día.

Finalmente, tras investigar sobre el efecto que publicar en la red tiene sobre originalidad y complejidad de los contenidos, Patricio Pron cierra el volumen con una bibliografía cuya extensión –de una veintena de páginas– ya habíamos previsto.