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viernes, 30 de octubre de 2015

¡No me quieras tanto! (Relato infantil)

Tenía seis años, el pelo muy negro y llevaba un chupete entre los dientes. Habíamos reducido la velocidad, no sé por qué, y desde mi ventanilla lo vi, sucio de barro, con el cuello vuelto hacia los coches de atrás. Golpeé el cristal con las uñas.

Mi padre frenó en seco. Mamá nos riñó a los dos:

-¿Ahora qué pasa? ¿Sois bobos o qué? ¿No veis que podíamos haber provocado un accidente en cadena?

Las regañinas de mamá eran así siempre, entre signos de interrogación, tan obvias que ni siquiera la oíamos.

-Mira, ese perrito...

La carretera estaba casi vacía. Aparcamos en el arcén.

-Ni se os ocurra recogerlo, a saber lo que llevará encima.

Mi padre se acercó pensativo, le acarició el cuello, era evidente que dudaba.

-Parece sano. Y muy dócil, ¿verdad?

El perro lo miraba como si le diese la razón.

-Si quieres perro, mejor te compramos un cachorro. Lo crías y te querrá siempre, este en cambio...

Puse morro y fruncí el ceño, era un recurso que no fallaba nunca.

El veterinario confirmó su buen estado de salud, nos informó de la edad, hizo recomendaciones que me importaban poco. Le compramos un ajuar, entró en casa sacudiendo las orejas.

Pasamos todos la noche en vela, Canuto arañaba la puerta de mi cuarto, aulló hasta el amanecer. Ya no volvió a quedarse en el pasillo.

Tampoco consentía que saliese yo. En cuanto me veía coger la cartera, mordía la falda del uniforme. Luego lloraba y lloraba hasta mi vuelta.

-¡Angustia de perro! Nos está haciendo la vida imposible.

Con los ojos nos decíamos que mamá tenía razón, aunque doliese.

Lo de la fiesta se le ocurrió a ella. "Por el comienzo del curso, dijo. O por lo que sea, no hace falta un motivo para invitar a los amigos del cole."

No sé si tenía un plan o solo quería distraerse. El primero que llegó fue Carlitos, tan soso como siempre, sosteniendo su caja de rosquillas como si fuese una bandeja. Algunos venían juntos, traían a primos y hermanos, casi todos llevaban algo: caramelos, tebeos, un parchís para jugar en la alfombra... Nos abrazamos y chillamos contentos de vernos otra vez. Canuto no apareció en toda la tarde.

Nunca volvimos a verle, se llevó su chupete azul.

domingo, 25 de octubre de 2015

El coro (Boychoir) - 2014






Me quedé pensando cuando salía del cine. A ratos en voz alta, para contener un poco el aluvión de entusiasmo que se elevaba aquí y allá.

De acuerdo, no lo he pasado mal viendo esto. ¿Y qué? Su factura es impecable pero yo al arte le pido otra cosa, algo más personal, fruto del genio que echa a volar de repente. Porque, seamos serios, para ver algo así, ni siquiera haría falta salir de casa: no aporta ninguna novedad formal ni estructural, ni relata nada que no hayamos presenciado ya miles de veces. Me refiero a los mínimamente cinéfilos, claro.

(…)

Como digo, un producto comercial bien ejecutado. Pero no puede ser más previsible, roza la sensiblería, acaba bien sin ninguna justificación, forzando todos los esquemas previos. Su argumento es bastante plano, los protagonistas acaparan la acción hasta tal punto que todo lo demás ocupa un nivel anecdótico.

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No me digáis que eso también sucedía en Whiplash porque no voy a consentir que se comparen dos ejecuciones fílmicas tan indiscutiblemente opuestas. Aquella era una obra maestra, el enfrentamiento de David y Goliat, todo lo demás resultaba accesorio. En El coro se abordan otros asuntos, se implica a otros personajes, sí, pero con tan poco fundamento que la verosimilitud sale muy maltrecha. A mí me recuerda más a Los chicos del coro, mucho mejor construida pero también con excesivas reminiscencias. Cuando se pretende explotar un filón, mal asunto para el arte.

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Por supuesto. El maniqueísmo es tan evidente que resulta intolerable. En la vida hay zonas en penumbra, diversas tonalidades del gris. Casi nunca encontramos lo ético teñido de blanco o negro, sin mezcla.

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Y no olvidéis a los personajes. Ya desde el primer momento, no nos cabe duda de que le guión favorecerá al divo, que en este caso es Hoffman. De ahí que el argumentario del resto de personajes esté condenado al fracaso. El espectador lo sabe, por tanto, se le niega cualquier clase de tensión argumental. Y esos compañeros sin personalidad destacable, que ejercen casi en bloque un tímido papel de malvados solo para forzar al espectador a ponerse de parte de Stet.

(…)

Resultado de imagen de boychoir pelicula el padreEl actor que lo representa no lo hace mal del todo, es verdad. Pero, ¿por qué elegir a un chico tan guapo? No haría ninguna falta. Y, sobre todo, ¿por qué tiene razón el que mejor canta? O ¿por qué canta mejor que nadie el que tiene la razón? Ya digo, puro producto de masas disfrazado de cine de autor.

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¿Habláis del antagonista? ¡Pobrecillo! Le caracterizan como un ser antipático y sin gracia, condenado a ser el malo de la peli solo por cantar casi tan bien como Stet. Que, por cierto, se vuelve bueno de forma milagrosa, otra vez por exigencias del guión.

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Claro que salvaría algo. Sin ninguna duda, a Dustin Hoffman. Es más, su interpretación –inconmensurable– dignifica la película entera si eso fuese posible. Pero es que gran parte de su carrera consiste precisamente en eso, sus interpretaciones son tan maravillosamente convincentes, su figura brilla con tal fuerza, que producto donde él aparece, producto que se eleva casi por arte de magia. De la magia de una soberbia actuación.


Año: 2014
Nacionalidad: EE.UU.
Director: Francois Girardi
Reparto: Garrett Wareing, Dustin Hoffman , Kathy Bates, Eddie Izzard, Kevin McHale, Josh Lucas, Debra Winger, River Alexander, Erica Piccinnini, Grant Venable, Mackenzie Wareing, Jordan Fargo
Guion: Ben Ripley
Música:  Brian Byrne
Fotografía: David Franco
Género: Drama
Idioma: Inglés
Duración:  106 minutos

jueves, 15 de octubre de 2015

Don Rufo bufa: Reciclaje y desobediencia civil

No se me escapa que lo que voy a decir resultará políticamente incorrecto pero, seamos serios, ¿quién atenta contra el medio ambiente? ¿el sufrido ciudadano que se limita a utilizar lo que le venden o los que aprovechan la comercialización de los productos para generar envases a mansalva? Quien tenga la oportunidad de acudir a una galería comercial –el mercado de toda la vida– se ahorrará una buena cantidad de peso a la hora de la compra y, sobre todo, un volumen apreciable de residuos. Pero muchos barrios, y hasta localidades enteras, dependen de los autoservicios, donde se recubre innecesariamente todo lo que está a la venta, y con material no  biodegradable la mayor parte de las veces.

Es un negocio redondo. Quienes se encargan de comercializar los productos alimenticios los embalan con un celo excesivo porque les interesa producir ese excedente. No hay ninguna inocencia en ello. Ahora que el ciudadano está convencido de que debe separar los materiales, interesa incrementar los desechos exponencialmente para negociar con ellos hasta el infinito. No se engañen, cuanto más reciclamos más residuos se producen, así que en lugar de limpiar el ambiente lo que conseguimos es justo el efecto contrario. ¿Significa eso que debemos dejar de separar el vidrio del plástico? Por supuesto que no.

Hablando de vidrio, tengo un vecino que habla con sus botellas. En serio. Cada vez que sale con el carro repleto rumbo al contenedor verde se despide amorosamente de ellas. Su excusa, que como siempre son las mismas ha acabado por cogerles cariño. Y puedo asegurar que está en sus cabales. Solo se comporta así cuando alguno de nosotros aparece en el rellano, es su forma de expresar su descontento. Porque, piénsenlo bien, ¿les parece que no tiene razón mi vecino? ¿no es cierto que compramos la misma botella miles de veces?

Lo hacemos. Y nos pasamos la vida regalando esa botella entrañable a las empresas de reciclaje, que a su vez la vende con enormes beneficios… ¿a quién? A los fabricantes de botellas, por supuesto.

Es así de simple. Nosotros tiramos lo que sobra, alguien lo recoge (llevándose, de paso, un buen plus) para que llegue (casi) gratis a las manos adecuadas. Y nosotros pagando y pagando y volviendo a pagar.

Resultado de imagen de autoservicio
Lo que cuestiono no es el reciclaje en sí, sino la gratuidad del proceso precisamente en su punto más débil, nosotros. Es nuestro plástico, porque lo hemos pagado, pero cuando nos molestamos en devolverlo nadie nos da nada por él, ni por su valor como materia prima ni por el esfuerzo que supone clasificarlo, almacenarlo, trasladarlo y devolverlo. Sin embargo, quien lo recoge sí va lucrarse, y las manos a las que va a llegar nos lo venderá de nuevo obteniendo más ganancias por algo que le ha costado muy poco.

Porque los residuos no son solo una cuestión municipal, ese es el principio del proceso. De ahí que las modernas empresas de chatarra manejen cifras de vértigo. Como ven, aquí se forra todo el mundo menos el sufrido consumidor, que es quien lo cede todo, trabaja gratis y pierde de todas las formas posibles.

Antes de que empezase esta moda del reciclaje tal como lo entendemos –que no ha existido siempre aunque lo parezca– éramos infinitamente más ecológicos. Nadie recordará ya a los traperos, pero existían y pagaban por lo que recogían, el vidrio que sobraba en la casa se llevaba al bar y se recibían unas monedas a cambio, se cogían los puntos a las medias, nos pagaban por el viejo papel de periódico, las cacerolas que se estropeaban se llevaban a reparar. Más tarde, cuando se intentaba concienciar a la gente para que usase varios cubos de basura, mi ayuntamiento premió a un matrimonio con un viaje al trópico. Si se utiliza un incentivo así, pensé, esto del reciclaje debe ser un negocio mayúsculo. Alguien más debió darse cuenta de que era fácil llegar a esa conclusión porque no hubo más premios y a partir de entonces se empleó un argumento mucho más efectivo: la culpa.

En lo que concierne a la industria, no es posible volver a aquel estado de cosas porque estamos a años luz de la de entonces, pero si los productos domésticos son más o menos los mismos, la agresión medioambiental resultante podría ser muy parecida. Por un lado, no hay motivo para embalar más de la cuenta, por otro, lo lógico es que se retribuya a quien devuelve el material de desecho, sea del tipo que sea. De acuerdo, se trata de una cantidad ínfima, pero si contamos todos los envases que se utilizan en una sola vida y sumamos todas las vidas que consumen cartones, bolsas y botellas, obtendremos una cifra millonaria.

Hace falta romper el círculo vicioso. Si las empresas que comercian con ello tuviesen que pagar por todo lo que devolvemos tal como ocurría tiempo atrás, el asunto de los residuos dejaría de ser un sustancioso negocio y ya no habría razón para fabricar esa ingente cantidad de basura en potencia. Y lo que no existe no hace falta reciclarlo, un quehacer menos para el ciudadano de a pie.

¿Les parece un asunto complicado? No tiene por qué serlo. Casualmente, mientras pensaba cómo exponer mis ideas he descubierto que alguien más piensa como yo.


Quizá esa telepatía sea el síntoma de que algo está madurando en nosotros, que estamos dejando de asumir culpas ajenas, que podemos empezar a exigir.