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jueves, 30 de junio de 2016

Cuando crees que el mundo necesita una obra tuya (instrucciones para autores novatos)

PRIMERO (y fundamental):
Asegúrate de que la obra (u obras) que guardas en tu archivo secreto aportará algo valioso al panorama literario mundial.
Advertencia: No podrás estar seguro si antes no has leído a los grandes maestros. Hasta entonces no sabrás que todo está más visto que el tebeo y pensarás que has puesto una pica en Flandes. Por tanto, debes:
Pasar unos cuantos años disfrutando de lo mejor que la literatura puede ofrecerte.
Buscar tu camino como escritor.
Acabar una obra, revisarla y darla a leer a quienes disfruten de tu confianza lectora.
Releer este texto desde la primera línea.

SEGUNDO:
Imprime tu obra y llévala al Registro de la Propiedad Intelectual de tu provincia. Supone un pequeño desembolso pero merece la pena.
Dentro de unos meses, cuando recibas la confirmación del registro, guárdala como oro en paño. Si detectas que alguien te ha plagiado, te será más fácil reclamar.

TERCERO:
Selecciona la editorial más adecuada o, si lo prefieres, el agente literario que te convenga.
Advertencia: El camino es largo y complicado, cuenta con ello y, pase lo que pase, no te desanimes. Piensa que:
El editor que no arriesga su dinero, por mucho que te prometa, tiene su ganancia asegurada sin apenas esfuerzo y, como le importan un bledo tus ventas, no va a distribuir ni promocionar ni nada. Tendrás que hacerlo todo tú para que al final te la compren cuatro amigos y, por supuesto, tu familia.
Tu obra tiene que coincidir con su línea editorial. En el género, en la política de publicación (preferencia por superventas o productos para minorías), en asuntos y destinatarios favoritos, nacionalidad de los autores, aceptación o no de autores noveles etc. Recuerda que las grandes suelen rechazar las firmas de desconocidos sin molestarse en leer el texto. Para orientarte, consulta atentamente sus catálogos.

CUARTO:
Una vez seleccionada una o varias empresas, envía carta de presentación en la que incluirás tus datos, forma de contacto, personalidad literaria, argumento o asunto de la obra y propuesta editorial adjunta.
Advertencias:
Reserva tu manuscrito para más adelante.
En el apartado Asunto pondrás “propuesta editorial”.
Envía un solo correo por empresa. Personaliza, pues, la dirección y, a ser posible, el destinatario; si conoces nombre y apellido del editor jefe tendrás un punto a tu favor.
Cuida redacción, puntuación y tono (que ha de ser sobrio y correcto).
En ningún caso, debe rebasar la página.

QUINTO:
Esmérate en la propuesta editorial, que constará de los apartados siguientes:
Título y nombre del autor.
Sinopsis de una o dos páginas e índice.
Breve extracto de la obra (alrededor de dos capítulos o una decena de páginas)
Currículum literario que incluya publicaciones previas, contactos relevantes, actividad exitosa en redes y todo lo que contribuya a incrementar tu prestigio.

SEXTO:
Si solicitasen el original, acuérdate de revisarlo.
Advertencia: No te hagas ilusiones, todavía no te han dicho que lo van a publicar.

SÉPTIMO:
En caso de respuesta afirmativa, aún tienes que negociar las condiciones.
Advertencias:
Lo mejor es que te procures asistencia legal.
Recuerda que los derechos para una primera obra oscilan en torno al diez por ciento.


sábado, 25 de junio de 2016

La piel de plátano (elecciones generales españolas 2016)

De niña leía muchos comics –por entonces los llamábamos tebeos, nombre adoptado, por extensión, del gran TBO del que no me perdía un número–tampoco dejaba pasar viñeta o tira cómica que apareciese en los periódicos de casa. El humor es, para un niño, una buena manera de observar el mundo, aunque entonces lo viésemos como un entretenimiento sin más. Porque cualquier diversión infantil es puro aprendizaje, y lo mejor es que no nos damos cuenta.
También leía libros, trataba de entender los artículos serios de la prensa y de rellenar por completo –jamás lo conseguía– el crucigrama de ABC. Probablemente, no saqué mucho en limpio de mis tentativas de entender a los mayores, pero el humor es otra cosa. Ese sí que no tiene fronteras, hace reír a todos y el mensaje –si bien menos universal de lo que parece, pues cada uno lo adapta hábilmente a su forma de ver el mundo– cala hondo y deja una huella difícil de borrar.
Los tebeos hablaban de familias, como la de Melitón Pérez, de abuelitos con gota que cuentan batallas, de señoras arrugadas con bastón y nariz picuda, de miopes al borde de la ceguera, de entrañables ladronzuelos como el caco Bonifacio, de un reportero peculiar, de dos hermanas solteras sin más compañía que ellas mismas (¡ah! el mito de la solterona, cuánto daño hizo a las mentes infantiles), de Carpanta y su insaciable apetito, de las diabluras de unos gemelos con un padre anacrónico llamado don Pantuflo Zapatilla, de una casa de vecinos, a cual más estrafalario, con fachada transparente. También, y al margen de personajes concretos, se bromeaba sobre los caracteres de regiones y  países, se repasaban los tópicos de la época y se aludía a la actualidad con mucha más frecuencia de lo que se quería dar a entender.
Tomado de La viñeta satírica
Un clásico indiscutible era la piel de plátano, asunto banal pero gracioso que daba mucho juego por entonces. El hombre que camina leyendo el periódico –los personajes femeninos de entonces no leían nunca– pisa la piel y da una voltereta en el aire, el ciego ¡cómo no! la mamá que empuja el carrito, el que se despide de alguien sin mirar por dónde camina, chavales que corretean. El mundo entero pisaba esas escurridizas pieles. Si, a nuestra vez, no hubiésemos pisado la calle, la imaginaríamos sembrada de pingajos amarillos. Por cierto, nunca eran de naranja o de pera, que también resbalan lo suyo, sino de plátano. Vaya usted a saber por qué los dibujantes habían cogido tanta afición a esa inocente fruta.
Me pregunto qué efecto producían esas tiras cómicas, esas historietas sobre sus pequeños lectores. Ninguno, probablemente. Las considerábamos motivo de diversión y poco más. Pero un pedagogo con excesivos escrúpulos –y lo políticamente correcto invade nuestros días mucho más que los de entonces a pesar de censuras y demás hierbas– bien podría objetar que tanto plátano suelto por la acera podría producir abundancia de niños miedosos. O de niños sádicos. O de niños que aborrecen la fruta. O bien, de niños más atentos a lo que les rodea, más responsables, más preocupados por su  prójimo, con más sentido del humor, incluso, con mayor afición a los plátanos y, por extensión, a la comida sana. Todo depende del color con que se mire. ¿Eran nocivas aquellas viñetas? Yo creo que no, pero discursos a partir de ellas y sus posibles consecuencias se pueden construir de todos los colores.

***

Mañana será el día de la piel de plátano. Como cada vez que hay elecciones en España, sean generales, locales o autonómicas, todo el mundo va a interpretar los resultados a su conveniencia. Cada uno arrimará el ascua a su sardina y se quedará tan pancho. ¡Perdón! Eso es lo que ocurría antes. Desde diciembre, la sardina y el ascua siguen juntas, la piel de plátano funciona todavía a gusto del consumidor (en este caso, a gusto del partido político de turno), pero ya nadie puede quedarse tan pancho, los límites entre unos resultados y otros son demasiado frágiles, no es fácil que nadie se alce con la victoria absoluta, el miedo, el resquemor, la envidia, la antipatía se están adueñando del patio político y contagiando a los votantes. Y eso nunca es bueno. ¿No soñábamos con el fin del bipartidismo? Pues ahí tienes la polca, ahora báilala, ¡anda! 

viernes, 10 de junio de 2016

Buscando a Susana desesperadamente

Apoyado en la barandilla, Calixto contempla la plaza recién regada y el frescor procedente de las baldosas le expande y aligera. Piensa que pocas veces se ha sentido tan lúcido como en este momento y eso le anima a extraer, una vez más, la carta de su sobre. Alguien que responde por Susana, con fecha del viernes pasado, afirma conocerlo desde siempre, haberle estudiado con detenimiento y haber hallado, gracias a este curioso análisis,  el auténtico sentido de la vida. Se despide con la promesa de esperarle todos los jueves de los próximos 365 días en la mesa del café Goya que cae justo debajo del espejo del fondo, frente a los dos candelabros de bronce, con alguna prenda verde en su atuendo. Falta un detalle fundamental: la hora.
Se alarma cuando piensa que puede estar siendo espiado. En la plaza, gente desperdigada aquí y allá. Pasan dos chavales desenrollando una pancarta. Ojo, la primera silaba es “Su”. Está a punto de convertirse en estatua de sal pero el rótulo se expande ante sus ojos y… ¡falsa alarma! “Su bienestar es nuestra alegría” Y más abajo, a la derecha: “Dónalos cuando no los necesites” junto a un logo que distingue  apenas.
Pasa un pizzero portando su caja de cartón como si fuese una bandeja de pasteles. Pasa otro hombre pilotando su velocísimo carro de ruedas. Pasa…
Olvida eso. Tienes que concentrarte en las mujeres. Pasan tres rubias agarradas del brazo. Esas no. Pasa una mujer con bastón y un vestido de lunares, levanta la vista y saluda. El corazón le da un vuelco, pero en el alfeizar de la derecha, su vecino, apoyado en su propio bastón, agita alegremente su mano libre.
Pasa un perro persiguiendo una paloma.
***
El primer jueves se presentó a las ocho de la tarde. Cada semana iba retrasándose una hora hasta la noche que llegó a las doce en punto y encontró un local oscuro y silencioso, sellado por una burlona tela metálica. Decidió entonces adelantarse una hora cada vez hasta dar con la correcta. Las siete de la tarde, las seis, las cinco… Tras dos meses de puntual sometimiento descubrió que abrían a las diez de la mañana. Por cierto, de la tal Susana, ni rastro.
A menudo, se entretenía imaginando cómo sería su escurridiza corresponsal. ¿Joven y bella? ¿Inteligente? ¿Todo lo contrario? La imaginación parecía sobrarle, eso sí. Con aquella sencilla estratagema había conseguido mantenerle en tensión un puñado de semanas, a él que se tenía por imperturbable. Se preguntaba por qué no aparecía ya, ¿le habría pasado algo? ¿En qué consistiría esa revelación trascendental que había decidido transmitirle? ¿Qué sabía de él? ¿Cómo se las arregló para  acercársele tanto?
Observó otra vez el suelo húmedo y, como siempre, le pareció atisbar hilachas de vapor escapándose por entre las losetas. Cerró a medias los párpados para ver vibrar el aire entre el revoloteo de las palomas. Precisamente esa trayectoria, la forma en que se movían,  siempre en circulos, desvelaba el enigma del cosmos.