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martes, 30 de agosto de 2016

La Baronesa (VIII)

Nunca llegamos a París si por París se entiende la que conocemos como Ciudad de la Luz. Esa que aparece en los folletos turísticos mostrando orgullosamente su esplendor, sus vicios y hasta sus vergüenzas, la de la Tour Eiffel, le Moulin Rouge, la Bastille, le Quai d’Orsai o les Champs Elysees, me sería mostrada por John, mi marido de nombre inglés y sangre española, casi una década más tarde. Un comisionista cualquiera nos señaló el andén de más abajo, donde aguardamos el atestado y decrépito tren de cercanías que debía trasladarnos a la casa de huéspedes sita en un suburbio roto, opaco y amarillento; quizá igual de pobre, pero incomparablemente más feo que mi pueblo, el humilde enclave de la sierra extremeña que seguía aferrado a mi espalda como un fardo de mil toneladas, y de cuya huída no sabía si empezar a arrepentirme.
La casa estaba llena de niños, no había más cuarto que el dormitorio familiar; lo que alquilaban era el sofá cama del comedor, a un precio abusivo por cierto, pero no nos importó demasiado pues, ni entendíamos de negocios ni habíamos tenido cuarto propio nunca. Cuando la patulea en pleno se retiró a sus aposentos y nos vimos solas, nos entró la juerga a las dos. Sin saber por qué, no podíamos aguantar las carcajadas. Ni eso ni el hambre. Nadie se había ocupado de darnos de cenar. Por suerte había un patio y, al otro extremo, una cocina con su fresquera repleta de fiambre y, sobre la mesa, un atadijo de arpillera que guardaba dos o tres hogazas no demasiado resecas. Lo sacamos todo afuera y, sentadas sobre el empedrado, entre geranios y aspidistras, nos miramos por primera vez cara a cara.

Casi atragantándose con los enormes trozos de salchichón que tragaba sin masticar, Catalina me contaba cómo huyó en cuanto pudo porque estaba más que harta de golpes. ¿Quién la pegaba? Todos. ¿Qué hacía?
-Lo normal. Yo era su sirvienta.
-¿Cómo que lo normal? ¿Guisabas?
-Sí.
-¿Limpiabas?
-También.
Incapaz de distinguir, creyó que debía cumplir todas las órdenes y había pasado, de ser solo la chacha, a convertirse en el saco que recibía todos los golpes y, por si eso no fuera bastante, en la puta de todos.
-¿Cuánto cobrabas por todo eso, Cati?
-¿Cobrar? ¿Palizas?
-Palizas no, dinero. ¿Cuánto te pagaban a la semana? Hacías muchos trabajos distintos.
-Cobrar no cobraba, tenía comida y techo, ese era mi pago.
-Te violaban entonces.
-No. Ellos decían que era lo justo.
-Pero ¿a ti te gustaba?
Me miraba como si le hablase en Morse. Días después me explicó que cerraba los ojos y se apretaba las orejas mientras cantaba por dentro una tonada bonita para hacer más llevadero el peso del que le tocase esa vez en suerte.
-Decían que necesitaban más chicas para el sexo, pero yo nunca vi a ninguna.
-¿No te das cuenta de que has sido su juguete?
-¿Qué quieres decir?
No estaba muy segura. Repetía frases que había escuchado no sabía dónde, tenía una vaga idea de que aquello estaba mal pero no habría sabido explicárselo.
-Alphonse estaba buscándote una compañera; si me descuido, habría acabado como tú.
-También yo quería que te atrapase, estaba harta de estar sola y cargármelo todo encima.
El miedo era un manto tan amplio como el cielo y tan cercano que en cualquier momento se podía desplomar sobre nosotras, la sospecha, algo absurda, de que Alphonse nos había seguido e intentaba capturarnos de nuevo me obligaba a pedir un vaso de agua, cada día en un bar diferente, para hojear la prensa en busca de pistas. No recuerdo qué esperaba encontrar, posiblemente una foto suya, detenido, esposado y rodeado de policías para quedarme tranquila al fin.
Nos dormimos allí mismo. Sobre guijarros puntiagudos, pero al aire libre, rodeadas de gatos y flores, respirando el fresco de la noche y con el estómago lleno a rebosar.
Los niños eran cuatro y otro que venía en camino, la mujer era gritona pero nos daba bien de comer. A la siguiente semana cambiamos el estatus. De huéspedes a sirvientas. Fui la elegida para sacar al parque a la tropa cuando el taller obligaba a prolongar el horario a Henriette. Ella pagaba cuando podía y nos proporcionaba alojamiento.
-He recortado esta hoja para que mires los anuncios por palabras. ¿Adónde vas? ¿Pero tú no sabías francés?
Catalina era dócil, puede que demasiado, pero hacerla entrar en razón cuando se le metía algo en la cabeza era como apartar a un ternero de madre. Me costó darme cuenta de que no sabía leer, como intérprete oral no tenía precio pero eso no servía para buscar trabajo en una ciudad tan grande. Le propuse ir de bar en bar preguntando si necesitaban una camarera, pero no parecía tener gran confianza en sí misma, tal vez por su aspecto aniñado, su color, su condición de extranjera. Y lo peor es que me estaba empezando a contagiar de sus prejuicios.
-¿Tú crees que aquí, si se cobra barato, aceptarán hacerlo en la calle?
-¿Es que piensas meterte a puta?
-¿Qué quieres que haga, dejar que me sigas manteniendo?
Miedo a que la policía descubriese a Catalina merodeando por el barrio con intención de golfear y nos metieran a las dos en chirona, miedo a perder la poca estabilidad que habíamos conseguido, a que mi padre me encontrase y tuviera que volver al pueblo, miedo a ser robada, violada, acuchillada, agredida, muerta de inanición, abandonada a mi suerte. A que Henriette nos echase a la calle por indocumentadas y vagabundas. A perder a Catalina. Terror al propio miedo. Miedo al propio terror.


(Continuará)

jueves, 25 de agosto de 2016

Miles ahead (2016)

El viernes, 13 de noviembre de 1987, más de siete mil personas vieron y escucharon a Miles Davis en el Palacio de los Deportes de Madrid, dentro de la 8ª edición de un Festival de Jazz que se celebra anualmente en otoño.
“Más de siete mil personas vieron y escucharon…” Tenía que haber utilizado la primera persona del plural. Porque yo estaba allí.
No sé si Davis tocó como siempre o como nunca ya que aquella fue mi primera oportunidad de presenciar una actuación suya en vivo. Y la última. Por desgracia, nos dejó cuatro años más tarde.
Recuerdo bien lo que escuché y vi. Una música espléndida, que nos invadía por completo, en la que nos instalamos y hasta flotamos, que nos mantuvo extasiados durante horas –porque aquello no acababa nunca aunque entonces no nos diéramos cuenta– y un músico arrebatado, lleno de entusiasmo, de energía, vida, inspiración prodigiosa, felicidad, tesón. El concierto duró bastante más de lo previsto, salimos de madrugada, pero así es la música en directo, el jazz sobre todo, cuando se deja llevar por la pasión.
El diario ABC habla de emotividad –en una reseña diminuta en comparación con la importancia del evento en la que se le da el apelativo de Príncipe del Silencio – y no exagero si digo que se queda corto. Emotiva la actuación y la respuesta del público pero también complicidad y fervor por ambas partes. Aquel momento único que hechizó a toda una multitud se despachó en menos de 400 palabras. Injusticias de aquella –tan idealizada y denostada–transición.
“Escuchar a Miles Davis, y además, verle es un espectáculo que, no por repetido, cansa. A su música, la plástica de su actuación, cual prolongación natural, justa y necesaria a ella, se convierte en inusitado “ballet” expresivo del alma que va esculpiendo  en cada nota al trompetista que hoy sigue sacando provecho a la elección realizada en su juventud al suprimir el “vibrato”. Por ello toca como toca y como tocaba.Su inagotable magia arrastra sus paseos sobre el tablado, no sólo los objetivos de los fotógrafos, sino las receptivas y atónitas miradas de todos los espectadores del Palacio, que asistieron a una historia con introducción, nudo y desenlace, cuyo argumento se gestó hace mucho tiempo, y que en el futuro podrá tener muchos finales, pero siempre con la misma moraleja, fruto de su providencial sabiduría.”
ABC –ESPECTÁCULOS – SÁBADO 14 11 1987

Aunque creo que queda algo confuso, con el contenido coincido en lo esencial. Precisamente, el ritmo de la película intenta reproducir todo ese vértigo, el del propio Davis y el de la trompeta jazzística, y lo hace alternando secuencias de diferentes momentos de su vida, dejando en un segundo plano el registro de lo que sucedió para resaltar el carácter y la sensibilidad del músico. Es su temperamento y su forma de tocar lo que inspira esas secuencias atropelladas, repletas de intensidad y dramatismo. Peleas amorosas, peleas en general, amor, infidelidad, esfuerzo, adicciones, violencia, virtuosismo. Y la propia música invadiéndolo todo, dando sentido al guión, implicando al espectador y alzándolo por encima de la sala, más allá del propio argumento.
Cheadle no ha pretendido elaborar una biografía exhaustiva de la estrella, se conforma con presentar unos cuantos fogonazos –salpicados de episodios que recuerdan al género negro –de dos etapas muy concretas de su vida: un momento de los inicios de su carrera y otro, crítico en lo personal y profesional, después de haber llegado a la cumbre. Gracias a la contención y al realismo con que se ha abordado el guión, los posibles objetivos del director, y a la vez guionista: dar a conocer lo que él considera la esencia del personaje mediante una historia amena y una música envolvente, se han conseguido por completo.

·         Director: Don Cheadle
·         Guión: Steven Baigelman, Don Cheadle
·         Reparto: Don Cheadle, Ewan McGregor, Michael Stuhlbarg, Emayatzy Corinealdi, Lakeith Lee Stanfield, Morgan Wolk, Austin Lyon
·         Banda Sonora: Robert Glasper
·         Ejecución musical: Herbie Hancock
·         Fotografía: Roberto Schaefer
·         País: Estados Unidos
·         Estreno: 2015
         ·         Género: Drama, Musical, Biografía
Duración: 100 minutos

sábado, 20 de agosto de 2016

Sin despedirse

Parecía humo y sin embargo era una suave niebla que se había condensado desde el alba alrededor de troncos y ramas del bosque de Astandy, después de que los pastores hubiesen apagado sus fogatas allá abajo, en la base de la ladera, un zócalo rocoso desde el que, en los días más claros, se dominan todos los pueblos del valle. La hija de la señorita Elena se miraba los zapatos. La señorita Elena también. Estaban paradas al borde del andén mientras los castaños seguían erguidos allá arriba. Dolía saber que no se moverían de allí y que ellas no volverían a escuchar su rumor inconfundible en mucho tiempo, quizá nunca.
El suelo de la estación se había cubierto de hojas frescas. Se diría que el viento nocturno había depositado en él, precisamente, las briznas arrancadas de los árboles y arbustos que coronaban el macizo de Ambra. Las pocas bombillas que seguían enteras sorprendían con su luz de trecho en trecho sumándose a la amanecida incipiente. Un bulto con gorra de empleado paseaba con los hombros encogidos. Emboscado en un rincón, muy cerca de la entrada al vestíbulo, un amasijo de ropa olía a vino, miseria, y  mugre. La señorita Elena apartó a la niña unos pasos. Los destellos de las vías brincaron un poco más.
            La señorita Elena, cuando tuvo que excusar su marcha, había dicho que se sentía perdida en el cerro.
        ¿Perdida? ¿En esa casa tan pequeña? – Replicaron algunos.
Notó un gesto avinagrado en muchas caras, pero igual daba después de todo. Siempre, eso sí, que la niña no se diese cuenta. Sólo ella sabía lo poco que había esperado de aquella gente mientras vivió allí.
Y la mujer que solía acercarse a la tahona a diario a pedir los mendrugos de pan sobrantes había enseñado las encías, tan hostil como todos, aunque no entendiese palabra de lo que se estaba cociendo.
La hija de la señorita Elena se había vuelto más y más silenciosa a medida que los niños iban abandonando la aldea.
Pero a veces cantaba.
O decía:
        Cuéntame una historia.
La casa de la señorita Elena era, ciertamente, minúscula, pero por ella habían desfilado los personajes más variopintos. Tahúres y anacoretas, viudas que habían colgado el luto antes de estrenarlo, aparecidos, monstruos surgidos de las aguas, alpinistas, echadoras de cartas, bailarines. Los relatos de la señorita Elena no parecían muy adecuados, pero la hija vagaba por las palabras de su madre como por una selva repleta de enigmas. Observando aquella multitud virtual, aún sin comprender bien sus maniobras, sentía una euforia secreta,  intraducible.
        Mamá, cuéntame una historia.
        Te hablaré del sitio a dónde vamos. Cuando lleguemos verás ríos de gente.
        ¿Qué más?
        Encontrarás tiendas y más tiendas y un arroyo seco en medio por el que pasan coches en vez de agua. En los escaparates verás los juguetes y los muebles y los vestidos más lindos del mundo.
        No sé si me va a gustar.
        Y aviones que pasan rozándote y tiendas con mostradores que contienen cientos de libros, más aún, decenas de estantes de los que asoman lomos tersos mostrando títulos, colores. No podrías leerlo todo ni en diez vidas que vivieses.
Una vez la señorita Elena, Elenita entonces, encontró un desconocido merodeando al borde de la barranca, junto a los peñascos donde nace el río. Tenía la barba espesa y el hambre acuartelada en los huesos. Aunque sabía que la censurarían, habló con él.
        ¿Quién eres? – le preguntó.
        Uno que va de pueblo en pueblo. Vendo en un sitio lo que he comprado en otro.
        ¿Y por qué te escondes?
        ¿Es que no te asustas de verme?
“¿Por qué tendría que asustarme” pensó ella. Era un hombre alegre, la sonrisa le rebosaba por las comisuras y volaba a su alrededor.
        Al contrario, mirarte me gusta.



Luego había vuelto casi todos los años en época de ferias. Una noche, incluso, la sacó a bailar.
        Sigues sin darme miedo- – dijo ella – ¿Ahora me crees?
Él paró en seco para verla.
        Me cuesta creer que seas la misma. ¡Si entonces no podías tener más de ocho años!
        Catorce tenía, listo. Y ahora tengo ya veinte.
No se le apeaba el gesto incrédulo.
        Pues frena de una vez, si sigues creciendo así de rápido, pronto tendrás más años que yo.
        Ja, ja.
Se llamaba Juan Garrido y tenía talento para adivinar qué hacía falta y a quién. El comercio era, por tanto, su lugar natural en la tierra. No le hubiera costado gran cosa ser rico, es más, había estado a un paso de conseguirlo una docena de veces. A Elena le ofreció la luna y ella la aceptó.
            Un mes más tarde, a finales de octubre, cargaron unos pocos enseres en la destartalada furgoneta que sustituía al camión de antaño, junto a alfombras rústicas, flautas talladas en madera, una espuerta llena de quesos de cabra, tarros de miel de colmena y silbatos fabricados con vidrio. En el quicio de todas las puertas había algún gesto hosco mirándoles marchar. No les despidió nadie. El padre viudo vio el cielo abierto, la ocasión que esperaba para casarse había llegado por fin.
            Viajaban constantemente. En poco tiempo Juan logró reunir una pequeña fortuna. Atraer el dinero a sus bolsillos no le costaba ningún trabajo, fluía hacia él como el agua por su cauce. Y con la misma facilidad que entraba volvía a salir. Él no quería nada para sí mismo, era feliz poniendo el mundo a los pies de su mujer.
        Qué quieres que te compre – solía preguntarle.
Al principio eran joyas, ropa cara, pieles. Era vivir sin escatimar gastos, alojarse en los mejores hoteles y alquilar modelos de primeras marcas sólo por divertirse, aunque la furgoneta estuviese más desvencijada que nunca. Para sus mercancías no precisaba mucho espacio, era ligero lo que transportaba entonces.
Hasta el día que compró aquel libro. Elena lo hojeó por mero aburrimiento, eran muchas las horas de tedio que pasaba encerrada en el cuarto más lujoso del hotel esperando a que Juan volviese. Lo devoró. Desde entonces cada nueva incursión por los pueblos suponía para ella horas de lectura por delante. Por fin estaba tranquila y él creyó que habían llegado a un acuerdo, pero al poco tiempo se volvió a quejar.
        ¿Para qué tanto libro si tengo que dejarlos cada vez que me obligas a mudarme?
        Pero ¿los lees o no?
        De cabo a rabo. Por eso me duele que se queden. Es como ir perdiendo amigos por todos los rincones del mundo y no volver a verlos nunca. ¿Por qué no abrimos una tienda y nos estamos quietos de una vez?
        Tienes razón, Elena; es lo que he querido hacer siempre. Aunque aún no ha llegado el momento. Espera a que ahorre un poco más.
            Pero el ahorro no estaba impreso en su carácter. La mala racha, que les esperaba a la vuelta de la esquina se llevó lo que tenían dejándoles fundidos a deudas.
            Y si la prosperidad les había animado a traer un hijo al mundo la pobreza repentina les hacía temer por su suerte. Según Elena, había que olvidar los delirios de grandeza, pedir un préstamo, poner un bar en su pueblo y sacar al niño adelante. Ahora que sabía lo que eran los negocios no la iba a arredrar ningún obstáculo.
            No hubo más que decir, vendieron lo que tenían y se pusieron en camino. La pareja se emocionó al divisar a lo lejos la aldea, el contorno peculiar de cada cima, los rebaños varados en las rocas, el vaho enganchado a las laderas. El autobús les dejó en un recodo, se cogieron de la mano y fueron saltando entre los árboles. Con cuidado, evitando sacudidas para que el vientre de Elena no se bambolease más de la cuenta. Cuando la pendiente se volvió abrupta, se deslizaron hacia abajo como dos cachorros llenos de júbilo.
            Y entonces, en mitad de una carcajada, Elena escuchó un golpe seco a su izquierda y vio el cuerpo de Juan tendido en la broza del bosque. Un chorro negruzco le manaba del cuello.
            Fue un tiro perdido, dijeron. Habían visto cazadores allí cerca. El asunto se enterró. Elena supo al fin lo que era el odio, palpó la cruel hostilidad de la gente, sin ningún motivo concreto, porque eran distintos de ellos, porque sí. Decidió abrir una escuelita y enseñar a leer a quien quisiera, niños o grandes, pero no les dio el gusto de verla llorar.
La señorita Elena nunca había contado esta historia a su hija. No le había dicho:
        Cuando me muera, si tengo los ojos abiertos, querría que él viniese a cerrármelos.
Pero de haberlo hecho, hubiera añadido:
        Tú fíjate cuánto amor.
Bajaba de las cumbres el relente. La señorita Elena tiritó un poco, apretó aún más la mano de la niña pero no se movió de su sitio. Aún faltaba más de media hora para que llegase el tren.

lunes, 15 de agosto de 2016

Perderse (Poema)

Perderse en el rastro infinito del océano.
Aspirar la húmeda arena.
Dejarse enceguecer por el sol de mediodía,
 conmover por llantinas y ladridos
y gritos de triunfo entre las olas.
Pero la tarde es ya gris tras la ventana.
El aire se ha impregnado de  otoño,
la llovizna está empapando el césped
y no encuentras ni un  destello amarillo
derramado en el cristal de media tarde.

Vasili Kandinski - El jinete azul (1903)
Escuchar al guacamayo parloteando
en la fluidez de las palmeras
más acá de ese asfalto
dónde el vértigo es dogma
y la velocidad emblema temerario.
Pero el carámbano ya cuelga en el 
alfeizar
Y vuelves a cargar sobre los hombros
el blanco lienzo de tu calle,
su atmósfera de hielo,
la lentitud. El silencio como agujas.

Intuir una barbilla chorreante
de jugo frutal multicolor,
e infinitos horizontes entoldados,
con el torso chamuscado por horas de 
canícula
entre chorros de grasa goteante 
rebosando del borde de las fuentes.
Pero te ciegan las cortinas del diluvio
que anega los arriates.
Un barrizal atasca los neumáticos
en la explanada que colinda con el parque
produciendo una catástrofe en cadena
que se disolverá a la vuelta de dos siglos.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La Baronesa (VII)

No podía sospechar lo que me había caído encima, para bien y para mal, todo hay que decirlo. Teníamos una conversación pendiente y a continuación otras muchas. Aún no sabía ni cómo se llamaba, aunque me importaba un pito, la verdad, no así la razón que la había llevado hasta el tren. Si el tal Alphonse había decidido usarla como espía, estábamos perdidas las dos. Aunque a alguien con esa pinta, desvalida y hambrienta, ni yo le encargaría algo como eso. Lo que provocaba, en todo caso, eran ganas de invitarla a un bocadillo, arrojarle unas monedas o una mirada de lástima. Y muy despistada tenía que estar en caso de que fuese una ladrona; desde luego, si lo que pretendía era robar algo, conmigo iba lista.
Me volví y allí estaba, enmarcada por el dintel, sin atreverse a entrar en aquel tugurio asfixiante con olor a pies y a picadura, borroso por el humo, donde no había ni un solo asiento libre. Pero estábamos delgadas: en el mío, estrechándonos un poco, podíamos caber las dos. Fue entonces cuando, detrás de ella, abriéndose paso entre el gentío del pasillo, una avalancha de risas, colorines, pelos rubios y largas piernas se abalanzó sobre Catalina y se la llevó por delante como un trofeo. Me apetecía tanto como ametrallarme una teta, aún así me levanté para ir en su busca porque, y hasta años después no pude explicármelo, acababa de convertirme en su mentora.
Alguien se la echó a los hombros evitando así que la arrollasen las decenas de pies que iban y venían buscando espacio donde asentar las posaderas. Veía la coronilla negra y rizada de Catalina dando tumbos en zigzag hasta que llegó al compartimentos 26, el penúltimo. En cuanto asomé la cabeza, me acogió un coro de voces dulcemente desabridas que nosotras bautizaríamos después como Les blondes. De hecho, así es como mi compañera se refería al grupo y esa fue la primera palabra francesa que aprendí.
Ils sont arrivés./ Se tenant par la main,/ l’air émerveillé/ de deux chérubins/ portant le soleil./ Ils ont demandé/ d’une voix tranquille/ un toit pour s’aimer/ au cour de la ville,/ et je me rappelle/ qu’ils sont regardé/ d’un air attendri/ la chambre d’hôtel,/ au papier jauni/ et quand j’ai fermé/ la porte sur eux/ y avait tant de soleil/ au fond de leurs yeux/ que ça m’a fait mal.
Dos tocaban la guitarra y todas cantaban a grito pelado. Me extrañó la sonrisa cómplice de Catalina cuando me senté a los pies de las chicas junto a ella. Resultó que comprendía la letra. “Es una canción pecaminosa, cuenta la historia de dos amantes que se acuestan juntos y el sol les castiga dejándolos ciegos.” Todavía no he podido entenderlo, pero después tuve  que escuchar la canción cientos de veces hasta caer en la cuenta de que lo que decía era otra cosa. Claro que en aquel instante, atónita como estaba yendo de sorpresa en sorpresa, me traía al fresco lo que podía significar.
-¿Sabes francés?
-Claro, soy de Guinea.
-¿Y dónde está eso?
-En España, creo que cae por el sur.
-¡Ah!
Jamás habíamos visto aquellos pelos tan rubios. Todavía no aparecían más que en el cine y al cine habíamos ido más bien poco. Catalina nunca, yo solo a ver producto nacional, que era el que traían a mi pueblo, en blanco y negro y rebanado por la censura.
-¿Cómo os llamáis? –La que preguntaba era madrileña. Había otra española, del norte, asturiana o santanderina si no recuerdo mal.
-¿Os gusta la música española?
-A mí sí, el flamenco.
-Nosotras la odiamos, es más chic la chanson française.
 -No pensamos volver nunca, allí nos aburrimos como ostras.
-¿Dónde vivís? ¿Conoces la calle Goya, cerca del Retiro? Allí están mis padres, en París aún no tengo casa fija.
Catalina bajó la cabeza. Dije que no había pisado Madrid, tampoco había visto el mar.
-Pues no sabéis lo que os perdéis.
Eso sí lo sabíamos. Ser como ellas, rubias, desenvueltas, elegantes, viajar por placer, reírse con el estómago lleno, haber aprendido a cantar…
Les acompañábamos como podíamos, yo trataba de imitar a Catalina, que berreaba más que cantaba: «Quand on n’a que l’amour/ pour vivre nos promesses/ sans nulle autre richesse/ que d’y croire toujours./ Quand on n’a que l’amour/ pour meubler de merveilles/ et couvrir de soleil/ la laideur des faubourgs...»
Nos invitaron a sardinas en lata y, de postre, chocolate Chobil con galletas María. Todo un festín para ambas. Ellas se reían todo el rato mirándonos, no sé si por burla o porque les hacíamos gracia. Daba igual. Aquel era el rato más alegre que había pasado en mucho tiempo. Bebimos cerveza –tenía que pegar la boca al gollete de la botella de litro para que pasase aquella masa pastosa–, nos mareamos, intentamos cantar y nos reímos con ellas como locas. Catalina hablaba por las dos, con tanto desparpajo que parecía conocerme de siempre, traducía las frases que podía y así descubrí su incalculable valor como intérprete.
Aunque allí no hacía falta entender el idioma, entre la niebla cervecera sentía las vibrantes cuerdas de la guitarra y me veía envuelta en un halo feliz. Como si vivir consistiese en escuchar esos rasgueos y esas notas, emocionarse entre el humo y las canciones, como si el corazón se pusiese al rojo vivo y el pulso se acelerase con el empuje de las cuerdas invitándonos a empezar una nueva ronda. Otro trago, un pitillo más, el penúltimo.
Al despedirse, la más alta me regaló un pañuelo empapado en perfume. Caminamos hasta el compartimento sorteando rodillas y espaldas; nos sentamos a duras penas, pues los vecinos se habían repantingado a su gusto, y dormimos, por fin, la borrachera, entrelazadas una con otra para no ocupar más que una plaza, la mía, agitadas por nuestras respiraciones, las patadas y codazos mutuos, y los destellos ocasionales que atravesaban el sueño más accidentado y lleno de sobresaltos que he vivido nunca hasta que di a luz.


(Continuará)

viernes, 5 de agosto de 2016

La Baronesa (VI)

Viajar no siempre es bonito. Se disfruta, claro, pero solo si te puedes sentar cómodamente en la butaca frontera a la ventanilla y ver cómo pasan los raíles, la mancha borrosa de los pueblos, picos, riachuelos, nubes, árboles; solo si puedes permitir que el traqueteo te adormezca porque sabes que no hay peligro de que el revisor te sorprenda, abofetee, agarre del pescuezo y arroje a la vía por polizona. No negaré que levantarse del asiento siempre fue un ejercicio doloroso por el poli-piel que se pegaba a mis muslos, que la carbonilla y el humo de los andenes solían provocarme lágrimas, pero en aquel tiempo no sentía nada de eso. No podía verlo, sencillamente. Comparadas con mis vivencias anteriores, esas molestias debían parecerme insignificantes. Es ahora, que sé lo que es llevar una vida confortable,  cuando me doy cuenta de la miseria que suponía viajar de aquel modo, rodeada de papeles grasientos con restos de tortilla de patatas –y envidiando esa tortilla, esa fruta, esas ristras de embutido que transportaban mis convecinos–, con pollos vivos, conejos y hasta algún cordero camuflado en un cesto de mimbre, y las inevitables pulgas, chinches, moscas procedentes de esos bultos. Nada de esto me importaba aquel día. Me acurruqué mirando a la lejanía (y a mi propio horizonte) de frente, dispuesta a aceptar cualquier pirueta que el destino tuviera a bien brindarme, presintiendo que había puesto rumbo a una juventud, la mía, que parecía aguardarme en París. Un pedazo de carbón tibio, como los que alimentaban el tren o sacaba mi madre del hogar antes de ponerse al rojo, empezaba a calentarme el pecho. El futuro, la vida, tenían que ser bellos ahora, pues a mí me temblaban los párpados y el corazón se me encogía mirando aquellas briznas de algodón rojizo agitarse sobre el azul de las cordilleras o las motas blancas sobre un tapiz verdoso que, entornando los párpados, igual podían ser flores en el césped que ovejas pastando al fondo del paisaje.
Los del diván de enfrente eran tres hombres con boina, enormes orejas y un indudable aire de familia. ¿Padre, hijo y abuelo? Del zurrón del más viejo sobresalía una cresta. Roja pero inmóvil. Imaginé ahí dentro al gallo dormido. Los tres me observaban con fijeza excesiva. Me levanté. Había una fila enorme delante del cuarto de baño, muchos abandonaban y se iban al vagón contiguo, se rumoreaba que había una chica escondida allí. Noté un calambre extraño resbalando por mi espalda. Yo era la chica que se escondía dentro de los váteres, aquella intrusa no tenía derecho… Lo peor es que presentía algo raro, el malestar me llegaba hasta las piernas y amenazaba con explotar dentro como un globo que se pincha. Decidí quedarme el tiempo que hiciera falta y cuando todos se fueron llamé:
-Hola. ¿Eres una chica? ¿Te puedo ayudar?
Silencio.
-Ya se han ido todos, estoy sola. No te preocupes.
Escuché un crujido, luego una especie de arcada.
-Pero van a volver enseguida. ¿Qué te pasa? ¿Necesitas algo?
Una voz, como de bebé afónico, dijo:
-¿Quién eres?
-Pues… Me llamo Rosario.
Se produjo un alboroto suave: el grifo chorreante, chasquidos metálicos, algún golpe en la pared; luego el crujir del cerrojo, un lento avance de la puerta hacia dentro y el rostro de la mulata enmarcada por la rendija minúscula.
-¿Tú? ¿Me has seguido?
Paul Gauguin - Arearea
-Iba detrás de Alphonse para buscarte. No quiero volver allí.
Di media vuelta (y tropecé con un cordón suelto) para escapar de una muerte segura. Si la había enviado el tal Alphonse –de cuyo prenom me enteraba entonces–, cumpliría su encargo sin titubeos. Me preguntaba qué espíritu maligno había conseguido empujarme hasta esa puerta, recordaba el gesto de odio de la chica, sus dientes rechinando y reluciendo, las manos aferrándose a mis hombros para arrojarme de aquel otro tren en marcha. Todo sucedía mucho más rápido de lo que tarda en contarse. Cuando vi a la gente avanzando por el pasillo y, en milésimas de segundo, sentí el discreto resbalar del quicio encajándose de nuevo, empecé a comprender que la otra, atrapada y vulnerable, estaba en mis manos y no al revés.
-Necesito hablar con el revisor, mi amiga…
Pero el hombre ya venía hacia mí, tan furioso como era de esperar, rezongando y agitando en mis narices la máquina de picar billetes. Recordé que aún me quedaba dinero, ya más bien poco, y caí en la cuenta de que aquel podía ser el talismán que limaría resquemores y, quizá, hasta abriría alguna puerta. La del váter, en este caso. En un momento, la fiera inventó un cólico inoportuno y yo ¡cómo no! acabé pagando su billete, el recargo y la multa.
Cuando entré en el compartimento, seguida por cinco pares de ojos, ya no era la misma, ese intervalo me había convertido en madre sin comerlo ni beberlo. Y no eran palabras vacías: en lugar de una boca a mi cargo, la mía, ahora tenía dos.

(Continuará)